—Buenos días, señor Franco — dije entrando a su oficina, una parte de mí estaba nerviosa, sentía que en cualquier momento iba a encararme, a decirme que yo era una trepadora, una provocadora, que estaba pervirtiendo a su hijo y dañando su compañía. —Buenos días, señorita — contestó él con una sonrisa — ¿cómo le ha ido ayer? — añadió apartando su vista del ordenador. —Digamos que bien, las historias de mis compañeros eran mucho más asombrosas e interesantes, pero al parecer eso no les interesa a ellos en la absoluto, sobrevaloran Industrias Kidman. —¿Cree usted que mi compañía está sobrevalorada? — indagó él con una mirada luciferina. —No es exactamente lo que he querido decir. —¿Pero si es algo por el estilo? —Si me dejase explicar. —Ya le he brindado la oportunidad y parece ser que

