Lizzy mira el uniforme, lo que implica y se dice que ser mucama no debe ser demasiado diferente a atender una casa con un hombre desordenado y ocupado. Además, necesitan el dinero y no le queda de otra más que aceptar.
—Está bien… debió ser un error de mi parte —dice con timidez y se queda el uniforme—. Gracias.
Va a firmar su contrato, ve a las mujeres firmarlo sin leer y marcharse, pero ella no. Solo se sienta a un lado del escritorio y comienza a leerlo.
—Eres la primera que veo que lee un contrato con tanto detenimiento —le dice el chico frente a ella y le sonríe—. Herman Günter, mucho gusto.
—Lizzy Evans —se dan la mano y ella sonríe, porque se siente a gusto con él. No la ve como todos, con espanto—. Estudié administración de empresas y tengo un postgrado en economía internacional. Así que aprendí a leer todo lo que voy a firmar.
—¿Y estás de mucama?
—Era eso o el desempleo, tengo egresada seis meses y ya no puedo seguir esperando —se encoge de hombros, sigue leyendo y el chico no le dice nada más, para no interrumpirla.
Cuando llega a los beneficios, Lizzy abre los ojos y le pregunta a Herman.
—¿Es cierto esto que los empleados que viven lejos pueden optar a transporte o alojamiento en el hotel?
—Sí, el transporte sale del punto más lejano donde viva uno de los empleados. El alojamiento, hace un par de años que nadie lo toma, porque no quieren vivir donde trabajan.
—Y si yo quisiera el alojamiento, ¿podría optar a él?
—Claro —el chico revisa sus antecedentes—. Y no te culpo, vives en Queens. Déjame hablarlo con mi jefe, no es que se autorice ni nada de eso, es solo que como hace tanto no se ocupa ese sector, puede estar con otras cosas.
—Entiendo, espero.
El hombre se pone de pie, Lizzy sigue leyendo el contrato y siente que se le paraliza todo cuando llega al salario.
—Esto… con esto pagaría la hipoteca en un año o menos, si no meto la pata y las propinas son buenas, podría ayudar a Percival a mejorar el taller.
Herman llega con ella, le dice que no hay problema con que se quede, pero de los diez cuartos disponibles, solo uno está libre y tiene un par de cosas ahí.
—Si tiene cama, está bien. Gracias, lo tomo.
—Bien, desde mañana estará disponible para ti, esta es la llave y cuando llegues, al pasar por el registro de empleados, dile al guardia que te muestre la residencia de empleados.
Lizzy firma el contrato unos minutos después, Herman le entrega un par de cosas y ella sale del área administrativa con una enorme sonrisa. No es asistente de Ben, lo que no le molesta para nada, porque tiene trabajo y es lo que más le importa.
Sale del hotel, busca la parada de autobús que hay por la zona e inicia el trayecto hacia casa. Al llegar, se cambia de ropa, busca entre la comida congelada lo que más le gusta y se sienta a comer sola, porque seguramente Percival ya fue a comer o pidió algo en el taller.
Al terminar, sale de la casa y se va a buscar a su hermano. Cuando la ve entrar, Percival deja lo que está haciendo y corre para preguntarle lo único que le importa.
—¿Quedaste? —ella lo ve con sus ojitos ilusionados y siente pena de decirle que no como asistente, sino como mucama.
Así que hace lo primero que se le ocurre. Mentirle.
—¡Sí! Tu hermana tiene trabajo —Percival la abraza como puede para no ensuciarla y la levanta.
—¡Lo sabía! Mi hermana es demasiado inteligente, verás que te llevarás bien con él, tú eres un robot y él un mandón crónico, serán la pareja cuadrada.
—Solo espero no meter la pata, porque la paga es buena y los beneficios también… solo tengo algo que decirte.
—¿Qué pasa, hermanita?
—Desde mañana, me quedaré en el hotel. No quiero viajar seis horas al día, aunque sea en el transporte del hotel.
—Es cierto… bueno, me dará pena no tenerte en casa, pero tendrás un día libre, imagino. Así que nos veremos todas las semanas y me contarás chismes locos, como los hombres con las amantes que son descubiertos y esas cosas.
Lizzy se ríe, se sienta en una pila de llantas y hablan un rato mientras Percival se mete debajo de un auto para revisar quién entiende qué cosa.
Ese día, Percival decide terminar temprano, entrega un auto y se va a casa con su hermanita, para tener su última cena juntos en mucho tiempo, porque es obvio que Lizzy se verá poco por ahí a partir de ese momento.
Como en cada ocasión especial, colocan la fotografía de sus padres en la mesa, chocan sus copas de jugo de arándano y brindan por tener trabajo para salvar la casa de sus padres. Tras perderlos hace seis años por un accidente de tránsito, los dos tuvieron que salir adelante solos. Lizzy tenía dieciséis años, Percival veinte, entre los dos se repusieron lo suficiente para salir adelante, pero nada fue sencillo de lograr.
Aun así, siguen juntos, están cumpliendo sus metas y de eso sus padres estarían muy orgullosos.
Se van a dormir temprano, Lizzy se queda despierta un poco más, porque todo es raro. No solo porque le mintió a su hermano acerca de su trabajo, sino porque saldrá de su casa. Siempre pensó que lo haría cuando se casara, pero nunca se le ocurrió que sería por trabajo.
—No importa que me tenga que ir… lo que importa es que no perderemos la casa y eso es lo mejor de todo.
Al fin se duerme, sueña con sus padres que la abrazan y cuando abre los ojos de nuevo, sonríe porque es lo mejor que puede hacer en ese momento.
Percival le da dinero para que pague un taxi desde la estación de tren al hotel, ya que su maleta podría perderse y él mismo se encarga de llevarla en el primer trayecto de autobús.
—Cuídate. Y, si Ben está muy enojado por algo, solo pon algo de música, bajita, de preferencia rock. Si le pones Queen, Nickelback, será feliz. Si pones Metallica, System of a Down e incluso Kiss, te amará. Pero si pones a tu Josh Groban o tu Olivia Rodrigo… estás muerta. Detesta la música romántica, como tú. Ni siquiera sé por qué la escuchas.
—Para recordar por qué enamorarse es malo —se ríe ella—. Y que el romance solo existe en las canciones, no en la vida real.
—Que hermana más rara me tocó… —ella se ríe y Percival se detiene frente a la estación—. Cuídate mucho, estoy cerca, si te pasa algo solo dime. Puedo ir en mi auto y es la mitad de lo que tardas en el transporte público. Dime cuándo tendrás libre, para ir por ti.
—Tú también cuídate, no comas chatarra, dejé mucha comida congelada, mientras te bañas, puedes ponerla en el horno y ya está.
—Te quiero, enana.
—Y yo a ti, gigantón.
Se dan un fuerte abrazo, él se baja para sacar su maleta y Lizzy se pierde por la estación. Él tiene miedo de que algo malo le pase, ella de que su hermano se entere que le mintió.
Pero lo que ninguno teme es lo que pasará, y es que la vida les cambiará mucho… demasiado. Y no en todo para bien, eso es un hecho.