Me acurruqué bajo las mantas, escondiéndome del resto del mundo. —Vamos, Sandra—dijo Cristina, tratando de arrancar las sábanas—.Tienes que salir de esto—tomé un pañuelo de papel que estaba al lado de la cama. —Mi vida se ha arruinado. Dejame morir sola. –No voy a tomar más de esto—tiró de la manta con todas sus fuerzas. Bajé la guardia y le permití quitármelo de las manos. Se deslizó por mi cama. Obstinada y negándome a afrontar la realidad, metí la cabeza debajo de la almohada y me cubrí con su calor seguro.Ella sacudió mi hombro. —Durante la última semana no has comido nada más que batidos. Toda tu casa es un enorme desastre y apestas. ¡Vamos! ¡Levántate! Me senté, como ella me pidió, y gemí. —¿Por qué no puedes simplemente dejarme en paz? —Ve a darte una ducha, maldita sea. H

