Mónaco se despidió de Marie aquel día con un profundo beso. Esa mañana salió muy tranquilo a trabajar, emocionado porque al fin entregaría la carta de renuncia. Había esperado mucho tiempo pero por fin, el obispo había aceptado verse con él, por eso cuando casi era medio día y caminaba por las instalaciones de la iglesia ayudando al diácono en ordenar ciertas cosas, con sorpresa escuchó los pasos de unos tacones por la entrada principal. Alguna persona que necesitaría ayuda, sin duda pensó Mónaco dejando las cajas en la banca junto a uno de los árboles de la iglesia y con una sonrisa amable se asomó. Su sonrisa desapareció y en sus oídos se instaló un pitido mientras la temperatura corporal descendía. Ella tenía una sonrisa triunfal. No tuvo que buscarlo porque estaba frente a él. -Vay

