Ariel gimió al despertarse. Parpadeó varias veces, esperando a que todo volviera a enfocarse y tanteó a su alrededor. Sintió una hierba suave y húmeda, parecida al musgo, bajo los dedos. Se alzó lentamente, sorprendida al no encontrarse atada de ningún modo. Miró a su alrededor y se quedó con la boca abierta, mirando con incredulidad el mundo brillante que la rodeaba. Bajó la vista y se percató de que, en efecto, estaba encima de una especie de cama de musgo de un rojo chillón y sedoso al tacto, y había grandes árboles con forma de champiñones pero del tamaño de manzanos diseminados por la cueva. Alzó los ojos hacia el techo y se percató de que era una brillante mezcla de amarillos, azules y verdes. Siguió con la mirada las paredes, que destellaban con luces del mismo modo en que ya habí

