Capítulo 2

1846 Palabras
Cuando Blanca Silva vio a su hijo, se alejó de su marido y corrió hacia él; cuando paró en medio de la cubierta del barco, pensó que su hijo la había visto, que se estaba curando, pero lo cierto era que Jose había parado porque había oído unos pasos correr hacia él. Blanca abrazó a su hijo tan fuerte, que al momento supo que era ella. Desprendía olor a leña de hogar, pastel de manzana y su particular esencia, esa con la que había crecido, el olor que lo rodeaba cuando era niño. Se inclinó para dejar la maleta y la rodeó, era mucho más baja que él, más rellena. ―Mamá ―dijo sintiendo un momento de confort al abrazarla con fuerza. Durante la guerra, si había extrañado a alguien, por encima de los demás a excepción de su prometida, había sido a su madre. Su madre era la mejor, a pesar de los inconvenientes de la vida, de los palos, del dolor… Tenía el corazón más lleno de amor y puro que conocería nunca, era bondadosa y amable con todos. A pesar de que no le gustaba que su madre fuera tan buena y blanda, eso hacía que la amará todavía más. La sintió temblar pegada a él, Jose sabía que eso iba a pasar, que su madre estaría llorando, que se compadecería de él de por vida, que buscaría la manera de hacer que lo que había pasado, fuera culpa de ella, como hacía con todo lo que importaba, culparse. Su marido le era infiel, pero era porque ella no era una buena esposa; el horno se estropeaba, era porque ella no había sabido mantenerlo; su hijo se emperró en ir a la guerra, era porque ella no había sabido mantenerlo en casa… Así era con todo. No sabía si ya había encontrado la manera de culparse de aquello, pero sabía que era cuestión de tiempo que lo hiciera. ―¿Cómo estás, hijo mío? ―preguntó Margaret con la garganta cerrada a causa de las lágrimas―. Estás más delgado ―dijo separándose de él para poder mirarlo a la cara. Su hijo parecía un mendigo, le partía el alma. Tenía la piel bronceada, la barba larga y descuidada, como jamás la hubiera llevado por voluntad, y eso no ocultaba la delgadez de su rostro. En cuanto llegaran a casa, lo llevaría al barbero para que lo arreglaran y acicalaran; si Johnny se viera así, no se reconocería. Recordaba el día que se marchó. La última vez que lo vio, llevaba el pelo afeitado y la barba, su aspecto era pulcro y cuidado; a Jose le gustaba cuidarse, pero al hombre desmejorado y mayor que tenía delante no, o no podía, y eso hacía que no dejara de llorar. Tenía miedo de descubrir cuánto le habría cambiado esa guerra, miedo por si la odiaba por haberle permitido ir; nunca debió hacerlo, aquello era culpa suya, ella pudo impedirlo y ahora su hijo no volvería a ver en la vida, se iba a perder muchas cosas, además de las que ya había perdido. ―Estoy bien ―le contesto él. Sintió que lo miraba, le cogió la cabeza para poder calcular el ángulo, ella lo estaba mirando sin duda, él no podría volver a verla―, no quiero que llores mamá, estoy bien. ―No estoy llorando ―mintió por no herir a su hijo. ―Así no iremos bien ―dijo resignado, su madre le hacía ser paciente―, no quiero que me mientas, debes ser más sincera que nunca. Por favor mamá, necesito creer que puedo confiar en ti. ―Puedes confiar en mí sin dudar ―se quejó ella. ―Entonces no vuelvas a mentirme ―sentencio tajante con la cabeza inclinada hacia donde ella tenía la cara―. ¿Dónde están papá y Maria? Maria, su madre no tenía ni idea de cómo decirle lo de Maria; mientras estuvo fuera no fue capaz de decírselo, a pesar de lo mucho que él preguntó por ella, así que menos ahora. Su hijo estaba muy enamorado, pero ella no quería que fuera a Vietnam. Maria era una pacifista, creía que los americanos no debían meterse en eso y tenía razón. ―Tu padre está justo aquí al lado ―se separó de él y cogió su equipaje, que pesaba más de lo que aparentaba; le cogió la mano―, ven, vamos a saludarlo. Tiro de él, pero Jose no se movió de donde estaba. ―¿Dónde está Maria? ―preguntó cogiéndola de la mano para que no se alejara. No había dejado de pensar en ella. La ausencia de noticias de Maria nublaba sus días mucho antes de que la luz se apagara del todo. Durante esos casi tres años, solo había recibido cinco cartas de ella, los primeros seis meses, y la última no fue nada alentadora. Aun así, él seguía escribiéndole en cada ocasión que tenía, no dejó de hacerlo, ni siquiera cuando su pelotón fue emboscado por primera vez, ni cuando todo se recrudeció, él estaba allí, en medio de una guerra, y ella era su pensamiento alegre. Desesperado, buscaba formas de que las cartas salieran de aquel maldito país, llenas de amor, esperanzas y anhelos, esperando volver a verla pronto, le pedía que lo esperara y confiaba en que lo haría. Maria lo amaba y él a ella, por eso le había pedido matrimonio, por eso quería hacerla su mujer, tenía claro que solo quería estar con ella, que nunca caería en las tentaciones en las que caía su padre; él sí amaba a Maria y no iba a tener la necesidad de engañarla. Las dos últimas cartas ni siquiera pudo escribirlas él, fue lamentable y violento tener que dictarle las palabras a su amigo Mack. En la primera, le habló de la pérdida de Mario, de sus heridas y de cuánto la amaba. Era consciente de que quizás Maria ya no querría estar con él, lo comprendería, ya no era la persona de la que se había enamorado, nunca lo sería. Había perdido la alegría, la fuerza, el amor propio y su seguridad, además de la vista. Maaria tenía buen corazón, esperaba que lo perdonara por haberse marchado, anhelaba poder superar todo lo sucedido a su lado, entre sus cálidos brazos. Esperó ansioso su contestación, pero nunca llegó. Sí llegaban las cartas que su madre enviaba al hospital durante los meses que estuvo allí, pero nunca le hablaba de Maria por más que preguntó. Su pierna ya estaba casi curada, apenas cojeaba, pero sabía que no volvería a ver. Le habían dicho que sus retinas habían sido dañadas, si no había vuelto a ver a esas alturas, no lo haría nunca. Mack le escribió la última carta a Maria, le pidió que fuera a buscarlo con sus padres; ella no quería que fuera a la guerra, comprendería que no quisiera estar con él, si ese era el caso, aunque lo dudaba, pero al menos quería hablar con ella una última vez. ―¿Dónde está Maria, mamá? ―volvió a preguntarle. ―Ella no está aquí, hijo ―dijo su madre, incapaz de decirle que lo había dejado―; vamos a casa, te lo explicaré todo en casa. Jose se temió lo peor, sin embargo dejó que su madre tirara de él. ―Hola hijo ―la voz de su padre, el mismo tono cortante que empleaba siempre. ―Hola padre ―apretó los labios―. ¿Dónde está Maria? Si su madre no quería decírselo, lo haría él. Él no mostraría compasión o consideración, le diría la verdad sin miedo a herirlo, pues para su padre el dolor, si no era físico, era opcional. ―Te ha dejado ―contestó su padre en el mismo tono llano. ―¡Pedro! ―lo censuró su mujer, mirándolo llena de reproche. Sintió que se rompía por dentro. La única esperanza de vida que le quedaba era Maria; los ojos se le llenaron de lágrimas. Lágrimas que seguramente no le dejarían ver, pero su oscuridad era imperturbable, nada se movía en el mundo n***o en el que vivía, solo sus recuerdos y sus sueños. Sin Maria, ya no habría sueños, la esperanza se marchaba con ella. Dos enormes lágrimas bajaron por sus mejillas y se perdieron en el espesor de su barba. No quería llorar, menos delante de su padre; ahora estaba seguro que no lo dejarían volver a su casa, su madre nunca le permitiría ir solo y, sin Maria, estaba perdido para siempre. ―Llorar no te va a servir de nada, chico ―le advirtió su padre―; tú querías convertirte en un hombre, ya lo eres, pero además ahora vas a ser una carga para mí y para tu madre. Palabras duras y toscas, no esperaba otra cosa, ya estaba acostumbrado. Su padre no tenía corazón y el de su madre era demasiado grade, el mundo estaba muy mal repartido. ―Eso no es cierto, Jose ―dijo su madre. Jose reparó en que estaba llorando de nuevo, lo cierto era que no había dejado de hacerlo―, poco a poco todo se solucionará, lo arreglaremos. Deseó haber muerto en la guerra de nuevo, un pensamiento recurrente que lo perseguía. Nada se iba a solucionar, él lo sabía, su padre también y, tarde o temprano, su madre se enteraría, y eso le partiría el corazón, su bondadoso y amable corazón. ―¿Dónde está? ―preguntó―. ¿Sigue en la hacienda o está en casa de sus padres? ―Vive en Washington ―contestó Pedro mientras su mujer le reprochaba con la mirada. ―¿Qué pinta Maria en Washington? ―preguntó sin comprender qué hacía ella tan lejos. ―Sus padres dicen que ahora se ha hecho pacifista, forma parte del movimiento contracultural Hippie o algo así ―le explicó su madre, ella no entendía de esas cosas―; creo que a su madre no le hace mucha gracia. Cuando sepa que has vuelto seguro que vuelve, no debes perder la esperanza. ―No le des falsas esperanzas ―opinó el padre―. ¿Por qué iba esa chica a querer volver con él ahora? Sus padres empezaron a discutir. Jose pensó que su padre tenía razón, ella no iba a volver, no iba a perdonarle que se hubiera marchado. Aunque lo hiciera, ya no tenía nada que ofrecerle, no volvería a ser el hombre que fue, el hombre del que ella estaba enamorada; ese hombre fuerte y decidido que podía protegerla se había quedado en Vietnam, con todo el horror que allí vivió, con Mario. ―Vámonos a casa ―dijo intentando mantener la compostura, intentando no mostrar cómo por dentro se rompía. Su madre lo cogió del brazo y lo guío hasta el coche que los llevaría a Sarare. Intentó darle conversación, pero él no quería hablar, nada de lo que dijera haría que su madre se sintiera mejor. Dijo que necesitaba descansar y cerró los ojos.
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