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Una Estrella En Una Noche Oscura

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Descripción

Jose es un treintañero granjero que vuelve de la guerra de Vietnam teniendo como consecuencia demasiadas pérdidas y cicatrices muy profundas. Al regresar a casa solo quiere recuperar su vida donde la dejó tres años atrás, pero le resultará imposible cuando, privado de visión, lo único que puede ver es cuánto ha perdido. Karla es una jovencita egocéntrica y deslenguada que nuca ha salido de su urbanización al oeste del país. Tiene grandes pretensiones que difícilmente se verán cumplidas: sueña con trasladarse a Sarare y convertirse en la nueva ambición morena; sin embargo, se verá atrapada en una situación que nunca hubiese imaginado. La vida de ambos está a punto de colisionar y unir sus caminos de forma irremediable y permanente. Jose quiere recuperar su independencia y encontrar la paz mental que tanto necesita, pero Karla no lo ayudará después de verse arrastrada a un lugar donde es incapaz de encontrar su sitio. ¿Podrán dar con ese punto de encuentro donde ambos puedan coexistir? ¿Encontrarán lo que buscan en su nueva vida en común? ¿Podrá surgir el amor entre ellos?...

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Capítulo 1
Jose volvía a casa. El viaje había sido muy largo. Hacía un mes que había salido del centro de veteranos, no había podido subirse a aquel avión. Volver a Estados Unidos se había convertido en una odisea, y su llegada no sería mucho mejor. Se encontraba más hundido de lo que lo había estado nunca, no soportaba la persona en la que se había convertido; se sentía perdido en la oscuridad que le había sido impuesta por todo lo que tuvo que vivir en la guerra. No podía comprenderlo, hubiera preferido morir en medio de aquella maldita guerra a la que fue voluntariamente que volver de aquella manera. Su único consuelo era Maria, volver a los brazos de su prometida, esa que le había dejado de escribir tanto tiempo atrás sin ninguna razon. No quería ser un estorbo, menos para su amada; quería estar solo y, sin embargo, la necesitaba. Había soñado con volver a su lado desde el día en que se marchó. Se sentía frustrado, extraño, perdido… Extrañaba ser independiente, valerse por sí mismo, y eso llevaría tiempo y paciencia. La paciencia nunca fue una de sus virtudes; cuando quería algo, lo quería en ese momento y, cuanto más tropezaba y tenia dificultades, más deseaba que no lo hubieran separado Mario y lo hubieran dejado morir junto a su mejor amigo. Llamaron a la puerta de su camarote, habían llegado a Miami; hacía rato que el barco había atracado en el puerto, había oído los motores pararse. ―Adelante ―dijo con voz grave. Oyó la puerta abrirse y le pareció escuchar unos pasos acercarse; tenía serias dudas sobre lo que oía y lo que creía oír. Sufría terribles jaquecas, todo le resultaba muy confuso y las drogas lo adormecían. ―Señor Silva ―dijo una voz femenina que no reconocía―, ya hemos llegado. Mack le había asegurado que se encargaría de que sus padres y Amanda lo recogieran. Había conocido Mack en Vietnam; era bocazas y fanfarrón, pero un buen amigo. Él era de Sarare y Mack de Houston, deberían haber vuelto juntos, todo hubiera sido mucho más fácil. Pero cuando llegó al avión no pudo subir en él, no podía hacerlo, el sonido del avión en marcha le recordó demasiado al del helicóptero caído que casi acabó con él y con Mack. Este quiso quedarse con él, pero no lo permitió, sabía que tardarían semanas en llegar y el padre de Mack estaba enfermo, así que lo obligó a no cambiar sus planes por él. Suspiro y se puso en pie. Había llegado la hora, empezaba el verdadero infierno. Tendría que aguantar la ira de su padre, la compasión de su madre, que estaba seguro se culparía de su situación. Estaba harto y todavía no se había bajado del barco. Además, no sabía nada de Maria, y el miedo era como un virus, que se te mete en el cuerpo y crece comiéndote y matándote desde dentro. Contó tres pasos hasta el otro lado de su camarote, se inclinó para coger una pequeña maleta donde estaban todas sus posesiones y tanteó en el aire, pero no la encontraba; la camarera se acercó a él, podía notar cómo se acercaba a medida que el intolerable olor de su perfume se hacía más fuerte y mas fuerte. Tocó la maleta y esta cayó al suelo. ―Deje que le ayude ―se ofreció la camarera. ―No necesito su ayuda ―contestó tajante. Se agachó y cogió la maleta, podía verse a sí mismo palmeando el aire, y esa imagen le hacía sentirse la persona más desgraciada del mundo. Había olvidado lo que era sonreír, no encontraba un solo motivo para hacerlo, no sabía si sería capaz de fingir para su madre una sonrisa. Una mano áspera y caliente le cogió la suya, pero se apartó. No le agradaba que lo tocaran, y mucho menos una mujer, iba a casarse con Maria, no quería que otra mujer que no fuera ella o su madre lo tocaran. Tenía un sentido de la moralidad muy elevado, seguramente debido a su familia, la perfecta familia Silva. Qué poco sabía la gente en realidad de ella. Ahora se sentía obligado a que la gente lo guiara, a que cualquiera pudiera tocarlo, se sentía expuesto e indefenso, algo que no le había pasado jamás antes. No era capaz de lidiar con ello a pesar del tiempo. Había muchas cosas a las que no creía poder acostumbrarse de ahora en adelante; debía resignarse, sin embargo, la resignación tampoco era una de sus virtudes. ―Aquí tiene su bastón ―dijo la mujer, que le puso este sobre la palma de la mano. Lo cogió y ella se apartó. Salió del camarote, los motores se habían parado hacia horas, o eso le parecía, le resultaba imposible medir el tiempo sin poder ver un único rayo de sol. Giró a la derecha y contó cuatro pasos cuando la camarera lo interrumpió: ―Es mejor ir por el otro lado ―le advirtió―, así no tendrá que cruzar toda la cubierta. Negó con la cabeza, exasperado, no conocía otro camino. Desde su camarote al pasillo central tenía veintisiete pasos, después giraba a la derecha otros diez pasos y a la izquierda tenía la escalera que lo llevaría a cubierta y al comedor, quince escalones para llegar al comedor, treinta y cinco si quería subir otro tramo de escaleras hasta cubierta. Giró sobre sus pasos y se pegó a la pared, con el bastón y el equipaje no era capaz de tocarla, le resultaría reconfortante poder palparla, guiarse, pero se sentía incapaz de pedirle ayuda a la camarera con el equipaje. Movió el bastón como le habían enseñado. ―Debe girar ―le advirtió la camarera treinta pasos después. Se giró en la dirección de su voz, preguntándose si era estúpida o qué le pasaba, ¿girar hacia donde, en qué dirección? ¿Acaso ella no se daba cuenta de que él no podía saberlo? ―¿Hacia dónde? ―elevó el tono de voz, exasperado. ―Derecha ―dijo ella rápidamente. Derecha, diez pasos y debería tener una escalera a la izquierda, contó los diez pasos y se giró hacia la izquierda, se encontró con una pared, se golpeó contra ella y quiso gritar. ―Es por el otro lado ―dijo la camarera y lo cogió del brazo―, deje que le ayude. ―¡No necesito su ayuda! ―exclamó apartándose de inmediato. No quería que lo primero que viera Amanda fuera a él del brazo de otra mujer, una que lo estaba impregnando de olor a perfume barato―. Indíqueme el camino y no se tome ninguna confianza innecesaria. ―Está bien ―dijo ella con un hilo de voz―, disculpe. La camarera se puso junto a él, nadie en el barco lo aguantaba, ella se había librado de tener que atender sus exigencias y malos modos durante todo el viaje, pero lo había observado en cubierta mirando hacia ninguna parte, que por lo visto era cuanto podía ver, nada. ―Justo ahí tiene los escalones ―le advirtió temerosa de enfadarlo de nuevo. Jose tocó el primer peldaño con la punta de su bastón, paró y dejó la maleta en el suelo, se puso el bastón bajo el brazo y golpeó algo. Una queja advirtió que la había golpeado a ella. ―Deje de moverse de un lado a otro ―dijo él, cansado de que revoloteara a su alrededor y le complicara más las cosas. Cogió la maleta con el mismo brazo que sujetaba el bastón, con la mano libre cogió la barandilla de la escalera, la pierna seguía doliéndole. Contó quince peldaños. ―Gire a la derecha, hay que subir otro piso. ―Ya sé que hay que subir otro piso ―le contestó él girando a la derecha hasta encontrar el siguiente tramo―, soy ciego, no estúpido. Ella pensó que era ambas cosas, pero no se lo dijo. Siguió guiándolo hasta la rampa de salida del barco, donde esperaban dos señores. Ella lloraba a mares, imaginó que debían de ser sus padres. Se parecía al hombre que había junto a ella, alto y muy grande, con el pelo del mismo color oscuro, a diferencia de la señora, que era rubia; ambos tenían una nariz prominente, indudablemente eran padre e hijo.

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