La resaca de Catrina no fue la única consecuencia de la noche. Para Raed, la mañana siguiente trajo una claridad brutal. El beso, la mordida, la confesión de ella en el coche… todo lo había dejado con una certeza que lo abrumaba: el juego había terminado. Ahora solo había una meta. Para lograrla, necesitaba información.
Esa tarde, el juez se reunió con su futuro cuñado, Can Volkanosky, en el despacho de la mansión. El aire estaba impregnado con el aroma de cuero y tabaco ruso, un ambiente de poder que Raed conocía bien. Los dos hombres estaban sentados en sillones de gran tamaño, frente a frente, discutiendo negocios y planes de expansión.
Después de repasar cifras y estrategias, un silencio se instaló en el despacho. Raed, con su mente maquinando, tomó la decisión más audaz que había tomado en mucho tiempo.
—Can, quiero preguntarte algo —dijo Raed, su voz grave resonando en el silencio—. Sé que es privado, pero me gustaría saberlo.
Can lo miró, encendió un cigarrillo con un encendedor de plata y soltó una bocanada de humo. Había algo en la mirada de Raed que le decía que la pregunta era importante.
—Pregunta, Juez —respondió con una sonrisa. Su apodo resonó en la habitación, una señal de respeto—. Ahora somos familia, Celine me contó que tienes la audacia de enjuiciar a todo lo que te rodea. No hay secretos en esta familia, y menos ahora que perteneces a ella.
Aquellas palabras reforzaron la tranquilidad de Raed. Can sería un mafioso, un hombre del mundo oscuro, pero en las semanas que llevaba en Rusia, había notado que si era un hombre de palabra y valoraba la familia por encima de todo.
—Quiero preguntarte por qué las mujeres de tu casa no se casan —dijo Raed, la pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla—. Tamara y tu hija, Catrina… ¿qué destino tienes para ellas?
Can sonrió. La pregunta, tan directa y personal, no lo incomodó en lo absoluto. Al contrario, lo tomó como un signo de interés genuino, de una nueva lealtad familiar.
—Te diré una cosa, cuñado —dijo Can, su voz un susurro cargado de sinceridad—. No sé qué hacer con esas fieras. Tamara es incontrolable. Estuvo casada con uno de mis socios, pero fue en una misión y no volvió. Así que quedó viuda después de un año de matrimonio. Pero ella no es buena escogiendo; escoge puros bastardos, hombres estúpidos que ya conocemos, golpeadores, borrachos, hombres que no ofrecen nada, ni siquiera un apellido estable.
Hizo una pausa, su mirada se perdió en la nada. Catrina. Raed sabía que era la parte más difícil de la respuesta.
—Y Catrina, bueno, Catrina es otra historia. Es más como yo, una mujer de acero. A veces, yo mismo, que soy su padre, quisiera meter la mano en su pecho y tocar el corazón para saber si también es de hielo. Algo le hizo Flavio, ese maldito bastardo, que no le ha dejado posar sus ojos en otro hombre. Pero todo es cuestión de tiempo, Juez. Las mujeres siempre consiguen quien despierte la fiera que duerme dentro. Y pues mi hija, no creo que sea inmune, no por completo, aunque en estos tres años lo he dudado un poco.
Raed escuchó cada palabra de su cuñado con un interés que ni él mismo sabía que poseía. Sus puños se cerraron. La confirmación que necesitaba le llegó. Estaba más que claro, Catrina, después de Flavio, tal vez no conocía otros hombres, otras caricias. Tal vez seguía así, inmaculada como el hielo congelado en los Alpes. Una virgen emocional y física, esperando ser despertada.
—Comprendo —dijo Raed, la voz más baja de lo normal, analizando las palabras de Can—. Pero entonces, sí estás abierto a que una de ellas se case. Solo necesitan un hombre, un apellido, un buen trato.
—Bueno, tampoco podría decirte que yo tengo planes, porque no los tengo —respondió Can con una risa amarga—. Como te digo, esas mujeres son unas fieras indomables. No quiero casar a Tamara con cualquiera, uno que la haga infeliz y ella busque caricias en otras manos. Sabes que eso significaría la muerte. Y mi hija, ella misma necesita despertar la fiera. No quiero volver a cometer el mismo error que cometí antes: casarla con alguien que ya no quiera. Es mejor dejar que el destino hable por sí solo.
Raed asintió a sus palabras, pero no dijo más nada. Su mente estaba en un torbellino. Can, con toda su experiencia, le había dado la respuesta que necesitaba. El ruso le estaba diciendo que la puerta estaba abierta. El destino ya estaba hablando. Le hablaba a él. Le gritaba que no dejara escapar a aquella mujer. Él lo tenía todo para poseerla: poder, dinero y, sobre todo, ese poder que tal vez otros hombres no tenían sobre ella, sobre su fiera dormida.
Porque aunque ella quisiera negarlo y él mismo también quisiera ocultárselo, esa fiera hacía rato que estaba despierta. Y no dormía. Estaba observándolo, detallando cada movimiento, cada palabra, a través de las rendijas azules que eran los ojos de Catrina. Y el juez, por primera vez en su vida, sintió que no era él quien tenía el control, sino el destino. Y el destino, era ella.
Los Minions pasaron la sala de reuniones estaba cubierta por un humo tenue. El aroma a tabaco ruso, cuero y un whisky caro impregnaba el aire. Los ceniceros rebosaban de colillas, el líquido ámbar en los vasos de cristal grueso brillaba bajo la luz cálida. Can Volkanosky y Raed Richter llevaban horas discutiendo contratos, rutas de expansión y alianzas estratégicas. El silencio que se instaló ahora era pesado, una pausa de contemplación después de una jornada intensa.
Can dejó caer la pluma sobre la mesa, con un sonido sordo. Encendió un cigarro con calma, y tras soltar una bocanada de humo, clavó sus ojos en el alemán. La mirada del ruso no era de negocios; era de un hombre que quería saber.
—Juez… —dijo con voz grave, arrastrando las palabras como quien mide cada sílaba, sabiendo que su pregunta era una invasión—. Ahora seré yo quien haga una pregunta.
Raed levantó la vista, arqueando apenas una ceja, el gesto una mezcla de curiosidad y la eterna cautela que lo caracterizaba. Se sintió expuesto, algo que rara vez le ocurría.
—Dime —prosiguió Can, su voz baja y directa—, ¿por qué un hombre tan poderoso, con tanto dinero y con todas las mujeres que podría tener a sus pies… no se ha casado?
La pregunta lo tomó desprevenido. Por un segundo, el juez sintió cómo algo se le atoraba en el pecho. No era común que lo desarmaran, y menos el padre de la mujer que lo estaba volviendo loco en silencio. Podría haber inventado cualquier excusa, un argumento frío y diplomático sobre no mezclar negocios y placer. Pero, por alguna razón, no quiso mentir.
Acomodó su espalda en el sillón, llevando el vaso de whisky a sus labios. Con una media sonrisa cargada de sinceridad, una rareza en él, respondió:
—Te diré la verdad, Volkanosky. No me agradan los matrimonios arreglados. Todos estos enlaces por poder, por tierras o por intereses… no son para mí. —Lo dijo sin titubear, con la serenidad de quien se confiesa sin miedo al juicio—. Si algún día llego a casarme, será con una mujer que me ate de verdad. Una mujer capaz de sujetarme desde los pantalones, ¿entiendes lo que digo? Pero, al mismo tiempo, que esa misma mujer tenga la fuerza de amarrar mi corazón. Que sea la única que pueda matarme… sin necesidad de un arma.
Can lo observó fijamente. No era burla lo que se reflejaba en su sonrisa, sino un gesto extraño de entendimiento, de respeto.
—Hablas como un maldito romántico… o como un idiota —soltó entre risas roncas—. Pero al menos hablas con verdad.
Raed se encogió de hombros, la ironía pintada en su rostro.
—Puede que sea ambas cosas —replicó—. Pero es lo que espero.
El ruso dio una larga calada a su cigarro antes de hablar de nuevo. Su tono se endureció, como si hablara no solo como socio, sino como jefe de familia.
—Ya tienes treinta años, y esa mujer no ha llegado. Debes consolidarte, Richter. Tener un hijo, una hija… el linaje no puede morir contigo. Yo mismo lo intento con Celine. No sé si podamos darle un hijo a estas alturas de la vida, pero lo intentaremos. Porque ella merece ser feliz… y yo quiero darle todo lo que tú me entregaste al dejarme a tu hermana.
Raed bajó la mirada unos segundos, sintiendo un extraño orgullo por la sinceridad de aquel hombre. La franqueza de Can era un reflejo de su propia. Luego, alzó su copa y le respondió:
—Como dijiste tú mismo, Volkanosky… todo se lo dejaremos al destino. A ese maldito que hoy me habla al oído… aunque todavía no sé si debo hacerle caso.
El ruso sonrió y alzó también su vaso.
—Entonces brindemos por el destino. —El choque del cristal resonó en la sala como un presagio.
Can no sospechaba que la sombra de esa mujer que estaba despertando la fiera en el juez era la misma que le llamaba hija. Y Raed, mientras bebía el whisky que le quemaba la garganta, sintió que el destino le rugía más fuerte que nunca. Era una llamada que no podía ignorar. Catrina, con su veneno y su belleza, era su destino. Y él, el juez, estaba listo para entregarle su corazón.
Cuando Raed salió de la mansión Volkanosky, el aire frío de Moscú parecía un eco de su propia tranquilidad. Había ganado una batalla silenciosa, una que le daba la certeza de que el camino estaba despejado para ir tras lo que quería. El destino, como le había dicho Can, le había susurrado al oído, y él, el Juez, había escuchado con atención.
Al llegar a su propia mansión, una figura se acercó a su Mercedes. Era uno de sus hombres de confianza. Raed lo miró, y sin mediar palabra, el hombre le entregó las llaves del Audi. El mismo que él había chocado con su propio vehículo.
La luz de las farolas de la mansión se reflejó en la pintura recién encerada del auto. Brillaba con un lustre perfecto, un contraste absoluto con el recuerdo del golpe y el polvo de la carretera. Raed se acercó, lo rodeó con lentitud y pasó su mano por la carrocería. Había mandado a arreglarlo por completo, a borrar cualquier imperfección, cualquier marca de lo que una vez fue.
Abrió la puerta del conductor y se sentó, sintiendo el aroma a cuero nuevo. Volvió a ver las tarjetas de invitación. Las sacó y las observó. No había nada de Flavio en este auto, pensó Raed. Ni su esencia ni su nombre. Solo el metal frío y la elegancia del coche.
Colocó las llaves nuevamente en su lugar, se aseguró de que todo dentro quedara como si él nunca hubiera revisado su interior. Quería que ella, al llegar al día siguiente a trabajar en el vestido de Celine, lo encontrara listo. Sin ninguna explicación por parte de él, sin un mensaje, sin una nota. Solo la evidencia de un trabajo bien hecho, un regalo anónimo de un hombre que no necesitaba dar explicaciones.
Para Catrina, el Audi y aquel Ferrari que le rechaza a Flavio, era un símbolo de su pasado, de su matrimonio fallido y de su humillación. Pero para Raed, el mismo auto se había convertido en un lienzo en blanco, una oportunidad para reescribir la historia. Él no le daría regalos de conveniencia, ni le haría promesas vacías. Le daría hechos. Pequeños actos de control y posesión que, en su mundo, valían más que cualquier palabra.
Salió del auto, lo dejó estacionado y se dirigió a su despacho. El aire de la noche era gélido, pero Raed sentía un calor que no venía de las chimeneas. Era la anticipación, el deseo de ver la reacción en el rostro de Catrina.
¿Lo entendería? ¿Se enojaría? ¿Se sentiría intrigada? No importaba. El juego de la gata y el ratón había terminado. Ahora solo quedaba la caza.