El Precio de la Compañía

2072 Palabras
El día llegó, como cualquier otro, con mucho trabajo para Catrina. Estaba inmersa en los preparativos de su próximo desfile, la presión de hacer que cada detalle fuera perfecto para seguir mostrando la excelencia de La Tejedora y sus arañas. Pero también, el nerviosismo se le había anudado en el estómago por una razón diferente. Esa noche cenaría con Evan. Habían pasado tres años desde su divorcio, y Catrina se había autoimpuesto un exilio emocional, un intento por sanar sin la complicación de nuevas relaciones. Había vivido con el corazón a salvo, o al menos eso creía, y también con el temor de lo que Flavio, con sus amenazas y sus celos, pudiera hacer si se enteraba de que ella comenzaba una nueva vida. Pero ya era suficiente. Aunque él la había amenazado incontables veces, Catrina nunca tuvo miedo de sus palabras; lo hizo más por su propia salud sentimental. Habían pasado tres años. Era hora de comenzar de nuevo, de darse nuevas oportunidades. Al mediodía, como los últimos días, fue a casa de Celine para terminar el vestido. Ese día, como los anteriores, no vio a Raed. Llevaba tres días sin verlo. Su apartamento se sentía extrañamente silencioso, aunque en el fondo de su mente, el eco de los besos y las amenazas seguía ahí. En ese tiempo, sin que nadie le dijera nada, su auto apareció en la entrada de su edificio, recién encerado y listo. Catrina lo notó, sintió un tirón de vergüenza y un atisbo de curiosidad, pero su orgullo le impidió preguntar. Jamás preguntaría por aquel coche. Así que, en la noche, como estaba predicho, se preparó para la cena. Se puso un vestido sencillo pero elegante, sin la intención de impresionar, solo de sentirse cómoda en su propia piel. Se encontró con Evan en un lujoso restaurante en el centro de Moscú. Él era un hombre maduro y apuesto, un diplomático extranjero, y su conversación fluía con una facilidad que Catrina no había sentido en mucho tiempo. Se sentía bien, casi normal. Hablaban de política, de arte, de viajes, de todo lo que una persona normal conversa en una cita normal. Evan la miraba con una admiración genuina, y por primera vez en semanas, Catrina se sintió vista, pero no juzgada. Se relajó, la tensión que había vivido con Raed se disipó como el vapor del vino tinto en su copa. No se dio cuenta de que, en un rincón apartado del restaurante, entre las sombras, un par de ojos de hielo la observaban, y la tensión, lejos de disiparse, solo comenzaba a aumentar. El cazador había encontrado a su presa, y no tenía la menor intención de dejarla escapar. Raed no dejó de mirarla. Desde su mesa de negocios, cada sonrisa, cada gesto natural de Catrina al hablar con el hombre que la acompañaba le resultaban una ofensa personal. No era solo la luz del restaurante lo que la hacía brillar. Era la tranquilidad de su rostro, el destello genuino en sus ojos, la facilidad con la que se movía, despreocupada. La estaba pasando bien. Y esa simple certeza, ese reflejo de felicidad ajena, hirió el orgullo de Raed como si fuera una traición. La incomodidad se transformó en un ardor familiar: la ira. Al terminar la reunión, se levantó. Su movimiento fue lento y deliberado. Cruzó el salón, un depredador que se acercaba a su presa sin prisas. Se detuvo a su lado. —Señorita Volkanosky —dijo Raed, su voz grave interrumpiendo la conversación—. Aún espero su agradecimiento por devolver su auto como nuevo. Cuando Catrina lo escuchó, sintió que los nervios hacían que la copa se deslizara en su mano, amenazando con romperse entre sus dedos. Apretó la mandíbula y se obligó a alzar la vista. —No tengo que agradecer —soltó, su voz una navaja de hielo—. Usted fue quien chocó mi auto, así que me siento recompensada por sus daños ocasionados. Raed sonrió, pero la burla no llegó a sus ojos. Solo había un frío implacable en su mirada. —Daños y recompensas —repitió, su voz un susurro cargado de veneno—. Algo que se me da muy bien, aunque la de hacer daños y caos es mi definición correcta. La espero en mi casa mañana para terminar con lo que nos une: la familia, las telas los trajes. Raed le guiñó el ojo, un gesto que en él parecía una amenaza. El hombre que acompañaba a Catrina, Evan, observó el intercambio, sintiendo la tensión en el aire sin entender la causa. —No prometo nada —respondió Catrina con una sonrisa que no alcanzó a ser del todo sincera—. La noche aún no termina de desarrollarse, y la buena compañía a veces no se suelta. Así que ya hablaremos. La respuesta de Catrina lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Un destello de furia encendió sus ojos, pero no dijo nada. Solo miró de forma amenazante a Evan, la misma mirada que había usado con Flavio en el pasillo. Luego se dio la vuelta y salió del restaurante, sin una sola palabra más. Pero no se fue. Esperó en su coche, con la mandíbula apretada y el motor encendido. Los vio salir del restaurante y subirse a otro vehículo. Raed, con la furia hirviéndole en las venas, los siguió hasta un club cercano. Se quedó estacionado en las sombras, observando cómo entraban juntos. "Cuando bebo hago estupideces", le había dicho ella después de los besos. El recuerdo lo atormentó. ¿Eso quería decir que se besaría con aquel idiota? ¿Que se revolcaría con él, como le había gritado a Flavio? El pensamiento lo enfureció. Los informes, ¿acaso mentían? Esos eran claros: "no tiene novio ni amantes". Y ahora aparecía aquel hombre castaño a interponerse en su juego, en su caza. El veneno de Catrina no era solo para sus enemigos. Era para él también. Raed cerró los ojos, la rabia tan intensa que le quemaba por dentro. El juego había terminado, pero la guerra, pensó, apenas comenzaba. Raed seguía afuera del club. No entraba y ella no salía. La espera, la incertidumbre, la rabia que le quemaba por dentro, todo se mezclaba en un coctel de furia silenciosa. No podía soportar la idea de que ese hombre tuviera algo que él no poseía: la naturalidad de Catrina, su risa genuina, la compañía que ella no le había regalado a él. Entonces, la paciencia del Juez se rompió. —Haz estallar el auto de ese idiota y veremos si no sale —ordenó a su chofer y mano derecha, un hombre conocido en el bajo mundo como El Fugitivo. El Fugitivo, sin pestañear, respondió de inmediato. Bajó del vehículo de Raed con un pequeño dispositivo en la mano. Raed lo vio caminar con calma hacia el auto de Evan, deslizar algo debajo de la defensa y regresar a los pocos segundos, con el rostro impasible. —Listo, Juez —dijo, su voz tan fría como la del propio Raed. Raed asintió. Se quedó mirando, esperando el estallido. Los segundos se estiraron en una eternidad. De repente, un destello naranja rompió la oscuridad de la calle, seguido de una explosión seca y violenta. El auto de Evan se levantó por los aires como una hoja de papel, el metal retorciéndose y las ventanas estallando en una lluvia de cristal. Apenas causó leves daños a su alrededor, ya que El Fugitivo era un experto en la precisión de sus ataques. Después del caos, la gente comenzó a correr. Gritos de pánico se escuchaban por todas partes, y las puertas del club se abrieron de golpe, lanzando a la multitud a la calle. Y entonces salieron ellos. Evan, con el rostro horrorizado y las manos en la cabeza, miraba a la dirección de donde venía el caos, tratando de entender. Catrina, a su lado, buscaba con la mirada en todas las direcciones, sus ojos de hielo escudriñando entre la multitud. Raed, desde las sombras de su auto, sabía que ella no podía verlo. La vio apretar los labios, su postura de acero volviendo al combate, analizando la escena, buscando la explicación de lo que acababa de pasar. Raed sonrió para sí mismo, una sonrisa tan fría y cruel como la noche. No necesitaba que ella lo viera. La bomba no solo había destruido el coche de Evan. Era un mensaje. Un mensaje claro, violento y sin palabras. Él se encargaría de que supiera que la bomba le pertenecía. Que la había hecho estallar por ella. Y esa era solo la primera lección. El Juez no solo dictaba sentencia. Él la ejecutaba. Unas horas después, Catrina llegó a su apartamento. El interrogatorio de la policía no había servido de nada; no descubrieron quién había estallado el auto de Evan. "¿Acaso Flavio se atrevió?", pensó ella con una punzada de preocupación que no se permitía sentir a menudo. Pero cuando cruzó la puerta de su hogar, el pensamiento se disipó. Ahí estaba toda su familia, y también los Richter. La sala, usualmente un remanso de paz, se sentía como una zona de guerra. —¿Qué diablos hacías con un desconocido, Catrina? —reclamó Can, su voz un rugido que resonó en la sala—. ¿Acaso buscando la muerte por negocios que no son míos? ¡Pudiste morir en ese auto! Catrina, abrumada por la presencia de todos y la furia de su padre, sintió que la cabeza le daba vueltas. El miedo en los ojos de Can era palpable, una exageración nerviosa que revelaba la pura y terrible idea de perder a Catrina, lo único que quedaba del amor que un día le brindó a su difunta esposa. —Papá, no sé cómo pudo pasar eso. Evan no tiene negocios sucios, es un hombre bueno —respondió Catrina, intentando defenderlo. Cuando Raed la escuchó, sintió una rabia que apenas pudo ocultar. Se levantó de la silla donde estaba, su cuerpo imponente se interpuso en el camino entre Catrina y su padre. —¿Y tú cómo lo sabes? —escupió Raed, su voz tan helada como su mirada—. ¿Tanto conoces a ese hombre Volkanosky como para asegurar que es un ángel? —Bueno, no íntimamente, si es a lo que usted se refiere, señor Raed —agregó Catrina, sin temor—. Pero le aseguro con todo mi hierro que Evan no es un hombre que nade en sus aguas o en las de mi padre. Creo conocerlo lo suficiente como para salir sin temor con él. Raed, inmutable, dio un paso más hacia ella, su aliento cálido rozando su rostro. —Pues creo que debes alejarte, porque después de esa explosión ese tal Evan es un muerto que camina y no queremos luto en esta familia. Catrina no supo qué responder. Pudo jurar que en el fondo de sus ojos, Raed le estaba gritando: "Yo puse la bomba. Tu amigo pronto estará muerto." El subtexto de la amenaza era tan claro que le heló la sangre. —Papá, quiero una investigación para saber quién lo hizo —pidió Catrina, su voz llena de desesperación. —¿Crees que tengo tiempo para perder con un don nadie? —rugió Can—. ¡Aléjate de él y sus problemas! Fin de esta maldita discusión. ¿Crees que tengo la paciencia para tus caprichos, tus ganas de jugar con un muerto de hambre? ¡Qué mierda pasa contigo, Catrina! Can, lleno de ira, analizó la única verdad que escuchó de Raed: que el hombre podría estar sentenciado a muerte, y eso lo hacía un peligro para Catrina. —Pero papá, te digo que Evan no puede tener un enemigo… —dijo Catrina, intentando defenderse una vez más. —¡Basta! —gritó Can, señalando la puerta—. ¡Fuera de mi vista! Y escucha: tienes prohibido ver a ese hombre, ¿me oyes? ¡Prohibido, maldita sea! Catrina vio la sonrisa cruel de Raed y, en ese instante, supo que él había ganado. La guerra no era por venganza, sino por posesión. Se dio la vuelta y se largó escaleras arriba, escuchando los gritos de Can en la sala. El corazón le latía con furia, la misma que había sentido en el restaurante. Ahora tenía una certeza que la atormentaba: fue Raed, y no Flavio. Solo por maldad... o para advertirle que ella le pertenecía.
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