El despertar de Angel (Isabella I)
Siempre me han considerado alguien un poco “tonto”, ingenuo. De esos a los que incluso un mendigo con ropa Nike podría estafar sin demasiado esfuerzo. Y, si soy sincero, no están del todo equivocados.
No es porque sea “estúpido”, como interpretan los demás mi comportamiento. Es solo que… siento que debo ayudar a los otros sin importar el costo. Como si fuera un credo autoimpuesto, una ley silenciosa que rige mi vida.
Desde niño he vivido una existencia llena de miserias. Cuando nací, mi padre murió, y mi madre se volvió inestable. A veces, cuando me miraba a los ojos, veía cómo su sonrisa se marchitaba hasta convertirse en una mueca de asco, como si en mis rasgos se reflejara el fantasma de su ser “amado”.
Su comportamiento cambiaba sin previo aviso. Un día estaba bien: me sonreía como si fuera una joya preciosa. Al siguiente, me miraba como si yo fuera el culpable de la muerte de papá.
A pesar de todo, yo la amaba.
Sí. Yo la quería.
En sus días felices me mimaba demasiado. Era sobreprotectora hasta asfixiar. No me dejaba hablar con nadie, y mucho menos con mujeres. Como si su mente relacionara el deceso de papá con ellas. Y, tristemente, no estaba tan equivocada…
Cuando cumplí dieciocho años, mi abuela paterna decidió hablar.
—Hijito mío… —se arrodilló frente a mí, como si la culpa le pesara demasiado—. Todo es mi culpa. Si tan solo lo hubiera educado bien… si tan solo hubiera sido un hombre que pensara con la cabeza y no con su parte baja…
Lloró durante largo rato. Yo la consolé todo ese tiempo. Fuera lo que fuera, estaba seguro de algo: ella no tenía la culpa.
—Lo siento mucho, ángel —continuó—. Yo fui quien le presentó a esa mujer a tu padre.
Su respiración se volvió errática.
—¿Yo lo maté…?
Fue como si al decirlo en voz alta liberara todo aquello que había reprimido durante años.
—Ángel —me dijo luego, con una mirada que helaba la sangre—. Tu padre tenía otra familia… y yo lo sabía. No era solo eso. Conoció a esa mujer porque era hija de una de mis amigas. No andaba en buenos pasos: se drogaba, le gustaba la fiesta. Le pedí incontables veces que la dejara, que recordara que estaba casado con tu madre. Nunca me hizo caso.
El día en que naciste, ella se enteró. No sé cómo logró ocultar la mentira durante tanto tiempo. Yo era una muda. Una que sabía que tenía el poder de destruirlo todo, pero tenía miedo… miedo de lo que pudiera pasarte a ti.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Ella se enteró y, junto a unos amigos de mala vida… dicen que fue un error. Que solo querían asustarlo para que dejara a tu mamá. Pero tu padre, al creer que iban a asaltarlo, se defendió con uñas y dientes. El cuchillo que llevaban terminó clavado en su pecho. No llamaron a nadie. Esa noche, tu papá dejó de respirar.
Yo apenas la escuchaba. Sus palabras empezaron a vaciarse de sentido.
—Dos días después me enteré de todo —añadió—. Vinieron los peritos a confirmarme su muerte. Tu madre pensó que él la había abandonado porque no te quería. Cuando le dieron la noticia, omitieron todo sobre la otra mujer. Tu mamá no era tonta… estoy segura de que lo intuía, pero nunca te dijo nada.
Terminó de hablar, pero yo ya no estaba allí.
Así que mi mamá sufrió… y yo también. Porque ese hombre no pertenecía a un solo hogar.
Mi abuela era viuda. Solo era ella y su “querido hijo”. Tal vez por eso lo protegió, incluso sabiendo el daño que nos causaría.
No le pedí más explicaciones. Me fui sin decir una palabra. No la culpaba; era una mujer débil, rota.
No lloré cuando murió, dos meses después de aquella conversación.
Tampoco lloré en el funeral de mi madre, que —como si el destino se burlara— se suicidó dos semanas después de la abuela.
Pensé que estaba mejorando. Pero, como siempre, mamá era buena mintiendo.
Me quedé solo. Sin nadie a quien recurrir. Pasé una semana encerrado en casa, alimentándome de ramen instantáneo y jugando videojuegos.
Luego, para mi mayor sorpresa, mis tíos comenzaron a pelearse como hienas por la herencia de la abuela. Pero fue aún mayor cuando me enteré de que la casa donde vivíamos mamá y yo —antes de papá, luego de la abuela— ahora pertenecía a uno de mis tíos.
Como siempre… la abuela también era buena mintiendo.
Sus “te quiero” eran balas silenciosas.
Sus “te amo” eran mentiras dulces.
Y yo era el estúpido por creer que, al menos, me amaba un poco.
Me independicé. Conseguí un trabajo a medio tiempo y me mudé a un departamento. La empatía cruel de uno de mis primos me ayudó a hacerlo.
—Oye, ángel. En esta familia te odiamos, basurita —dijo.
—Eres solo un bastardo nacido de una bastarda pobre y tonta.
Me lanzó un fajo de billetes.
—Espero que vivas una buena vida.
Y se fue.
Sus palabras eran duras, pero yo sabía que me quería.
—Sí… —dije entre sollozos—. Él me quería…
Tenía que mentirme. Ser tan bueno mintiendo como mamá y la abuela. Porque, si no lo hacía, no creo que hubiera tenido el valor suficiente para seguir viviendo.
Recogí los billetes del suelo y corrí.
Corrí alejándome de esa vida, queriendo destruir mi pasado con cada paso. Rompiéndome. Transformándome.
No sabía qué me tenía preparado el futuro, pero fui hacia él.
No sabía cuánto cambiaría…
Me alojé en un departamento de la ciudad. El primer día que crucé el vestíbulo, la vi.
Una diosa con piel humana.
Despertó algo en mí que no sabía que existía. Un sentimiento nuevo. Mi cuerpo comenzó a arder; la piel me hormigueaba y sentía la temperatura subir de forma antinatural. Tenia la piel blanca. Labios carnosos y rojos. Un cuerpo que solo podía describirse como surrealista. Senos grandes, exagerados, imposibles de no mirar y una cintura estrecha que desafiaba la lógica.
Bajaba las escaleras junto a un hombre de aspecto áspero, alguien que caminaba como si fuera el dueño del aire que ella respiraba. Él me barrió con una mirada de desprecio, buscándome un arma o una intención, pero solo encontró a un tipo insignificante. Me descartó como quien mira una mancha en el suelo.
Ella, en cambio, hizo algo que me detuvo el corazón.
Al pasar a mi lado, sus ojos se clavaron en los míos y sus labios, rojos como una herida abierta, se curvaron en una sonrisa lenta. Fue una invitación silenciosa, un reconocimiento de algo oscuro que ambos compartíamos sin habernos hablado.
En ese instante, el dolor de mi pecho no fue por tristeza, sino por un hambre nueva. Sentí que mis manos picaban por tocarla y mi pulso martilleaba contra mis oídos. Mi credo de ayudar al prójimo se hizo cenizas bajo sus pies. Lo supe entonces: mi vida no volvería a ser la misma porque, por primera vez, no quería ser bueno…