-¿Y qué es esto exactamente?. Abrió la boca y luego la cerró mientras buscaba las palabras. -¿Es sexo, Amelia? ¿Una boca en tu coño? ¿Una última incursión antes de que te aten? ¿Qué quieres de mí?. -No importa, dijo, enderezando los hombros y volviendo a ponerse la máscara de princesa. -Probablemente no podrías darme lo que quiero. -No seas una mocosa, le dije, imaginándome ya cogiéndola por las rodillas. Si me ponía más duro, mi polla estallaría. -¿Qué vas a hacer al respecto?. La chispa volvió a brillar en sus ojos mientras acortaba la distancia entre nosotros. -Me pareces del tipo que habla por hablar. En un susurro, le agarré el pelo con el puño, sujetándola con fuerza mientras me inclinaba hacia ella, con nuestras bocas a un centímetro de distancia. -Sigue diciéndote eso, preciosa. Ella abrió la boca, pasó la lengua rosada por el labio inferior y miró de mi boca a mis ojos. Probarla no era una opción. La solté y ella puso morritos cuando me aparté de ella. -No eres mía para tocarte así. La decepción la hizo fruncir el ceño mientras yo negaba con la cabeza, tratando de aclarar mi mente. Cogí mi botella de agua y salí de la habitación, necesitaba aire. Esperaba que nadie viera mi pene erecto al salir. Me encantaban las mocosas. Me picaban los dedos por ponerla en su sitio. Pero ella pertenecía a otra persona. AMELIA Metí ropa a diestro y siniestro en mis grandes maletas de diseño, sin importarme lo más mínimo lo que había en cada una de ellas. Tenía que enviarlas a la casa de William por la mañana, antes del día de nuestra boda. Si todo salía bien, estaría en el extranjero bajo un alias mucho antes de eso. Emes Falú lo había conseguido. Había escondido mis nuevos documentos en la mochila que tenía debajo de la cama. Rachel Stevens. Mi nueva identidad. Había un pequeño inconveniente en mi plan. Edward se había instalado frente a mi puerta la noche anterior y había vuelto a ocupar su puesto. Quedarme no era una opción. Tenía que encontrar una solución. Si intentaba salir de la habitación, él me acompañaría o encontraría a alguien que lo hiciera. Joder. Me senté encima de la maleta e intenté cerrarla bien. Tenía que hacer ver que lo había aceptado todo. Que había aceptado mi destino. Nunca aceptaría casarme con William. Preferiría morir. Me aparté el pelo de la cara y volví a tirar de los bordes afilados de la cremallera, dejándome marcas rojas en los dedos, antes de rendirme con un gemido. El reloj marcaba las horas en la pared y cada segundo que perdía me ponía nerviosa. Tenía que estar en el autobús a las once como muy tarde. Había organizado un intrincado patrón de paradas que finalmente me llevaría al aeropuerto para coger el vuelo al sur de España. Un Uber habría sido mucho más directo, pero sin el desvío sería demasiado fácil rastrearme. Lo que también significaba dejar atrás mi teléfono, mi reloj inteligente y cualquier otra cosa que contuviera software de localización. Ya los había escondido en mi escondite secreto, detrás de una tabla suelta. A lo largo de los años, había acumulado muchos secretos. Diarios llenos de angustias adolescentes, dinero, cualquier cosa que no quería que mi hermana «tomara prestada». Cuanto más tardara alguien en encontrar algo mío, más tiempo tendría que desaparecer.
Primero, tuve que lidiar con el montón de problemas alto y tatuado que asaltó mi puerta. Una de las sudaderas oscuras de Chase me esperaba en el armario, junto con unos pantalones de chándal holgados y unas botas resistentes. Incluso compré una gorra para meterme el pelo dentro. Con la capucha puesta, mi aspecto debía de estar a años luz de mi estilo habitual, bastante femenino. Edward no podía ver mi ropa de disfraz o arruinaría por completo el sentido de disfrazarme. De pie frente al espejo, me miré. Nuestra discusión del día anterior había afectado a Edward. La dura erección en mi espalda me lo aseguraba. Pero aún así me había rechazado. Necesitaba decir que sí, ceder al deseo. Era imprescindible para mi plan de fuga. Intentar seducirlo solo me ayudaría a escapar, me dije a mí misma. Entonces, ¿por qué me había excitado tanto su tacto? Sí, era atractivo y había apreciado su físico varias veces a lo largo de los años, pero no era más que otro chico. Había tenido muchas relaciones antes y, aunque eran divertidas, ninguna me había llenado de una emoción tan deliciosamente perversa como la que había experimentado atrapada entre la erección de Edward y la encimera de la cocina. Cuando me agarró del pelo, prácticamente me derretí. Me convertí en un enorme montón de lujuria. Había sido extraordinario. Los hombres a menudo se sentían amenazados por lo que yo era. Mi apellido siempre me daba ventaja. Cuando Edward me trató sin guantes de seda, bueno, mentiría si dijera que no sentí nada entre mis muslos. Me quité los boxers y los cambié por unos pantalones cortos de pijama escandalosamente cortos, cubiertos de pequeños corazones rojos y rosas.