La luz cálida de la lámpara llenaba el cuarto de un resplandor tenue. Elena se sentó en la orilla de la cama, con una taza de té entre las manos. No tenía sueño. No tenía paz. Y tampoco tenía las fuerzas que tanto mostraba frente a Marco y Dante. Había sido fuerte, sí. Había dicho lo que debía. Había puesto límites. Pero eso no significaba que no doliera. Soltó un suspiro largo y dejó la taza sobre la mesita de noche. Se recostó, mirando el techo. Y entonces… lo sintió: la punzada silenciosa de extrañar. Recordó las primeras veces. Los roces de manos. Las miradas intensas. La pasión que la hacía sentirse viva. Y también recordó el momento en que se rompió todo. Las mentiras. Las ausencias. Las ex. Apretó los ojos con fuerza. —No debería… —susurró para sí. Pero el pecho l

