comiendo de una nueva historia
Elena jamás pensó que la vida podía cambiar en un solo día. Aquella tarde de lluvia parecía una más: el café humeante en sus manos, el repiqueteo de las gotas contra los cristales, y el silencio tenso de su padre sentado frente a ella. Pero bastó un solo golpe en la puerta para que todo se derrumbara.
—No abras —dijo su padre, su voz ronca temblando por primera vez en años.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió con violencia y dos hombres entraron como si el lugar les perteneciera. Trajes oscuros, miradas frías, y una presencia que helaba el aire. Uno de ellos, más joven, se mantuvo en la entrada como un centinela. El otro, el mayor, caminó hacia su padre sin apartar la vista de Elena.
—Don Víctor —saludó con tono cortés, casi elegante—. ¿Tiene lo que nos prometió?
Víctor bajó la cabeza. Elena no entendía nada, pero el pánico le latía en el pecho como un tambor.
Ella presentía que algo malo se avesinaba muy poco sabía de lo que su padre estaba metido se sentía frustrada sin poder reaccionar como era debido
—No... aún no. Pero tengo una solución —dijo, y luego levantó la mirada hacia ella.
—¿Papá?
El silencio que siguió fue un cuchillo.
—Mi hija... Elena. Tiene 24 años, es educada, trabajadora. Puede ser útil para ustedes. Para él —señaló al mayor de los hombres.
Elena sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Me estás ofreciendo... como pago?
Marco Bellini sonrió. No con ternura, sino con una calma peligrosa.
—Una promesa rota puede costar vidas, Víctor. Pero una esposa... puede saldar muchas deudas.
Elena retrocedió, atónita. Su padre no la miraba. Era real. La estaba entregando.
—Tienes una semana para prepararte —dijo Marco, acercándose a ella—. Después de eso, serás mía.
Elena tembló. No por miedo, sino por furia.
Ese día, una parte de ella murió. Y otra despertó, con una sola promesa:
Jamás sería una víctima. Ni siquiera de su propio destino.
La semana pasó como un susurro en una tormenta. Elena no durmió. No lloró. Su rabia era su único consuelo, su único escudo. Mientras su padre evitaba su mirada, los días se llenaron de preparativos que no tenían nada que ver con amor: un vestido blanco que no eligió, joyas que pesaban como grilletes, y un silencio denso como el humo.
El día de la boda llegó con cielos grises. Un mal presagio, pensó.
La ceremonia fue privada, en una mansión que parecía sacada de una película de crimen y riqueza. Pocos invitados, todos hombres, todos con miradas que decían demasiado sin pronunciar una sola palabra. Elena caminó por el pasillo como si marchara a su ejecución.
Marco Bellini estaba esperándola con las manos entrelazadas frente a él. Impecable, inmóvil, inquebrantable. Su rostro era una máscara de dominio. Cuando ella lo miró a los ojos, no vio a un monstruo… sino a un estratega. Y eso la asustó más.
—Prometo protegerla —dijo Marco, cuando llegó el momento de sus votos—. Pero nunca mentiré sobre lo que soy.
Elena no respondió. No hubo votos de su parte. Solo silencio. El sacerdote no preguntó. Nadie esperaba que ella aceptara. Solo que obedeciera.
Después, en la habitación que ahora compartían, Marco le sirvió una copa de vino. Ella no la tocó.
—No voy a forzarte —dijo, como si eso lo redimiera—. Pero a partir de hoy, eres mi esposa. No por amor. Por poder. Y te sugiero que aprendas a jugar el juego.
Elena lo miró, sin rastro de emoción.
—¿Y si no juego?
Él dio un sorbo al vino y sonrió apenas.
—Entonces perderás.
Esa noche, Elena no durmió en la cama. Se sentó junto a la ventana, observando la oscuridad como si pudiera aprender sus secretos.
No iba a perder. No iba a ser otra muñeca rota en la vitrina de los Bellini.
Iba a aprender las reglas.
Y luego, las rompería todas.
no pensaba en ser sumisa no quería dejarme dominar menos de marco aunque algo de el la atraía su fuerza su carácter pero ella no lo aceptaría tan fácil
Perfecto, aquí tienes el nuevo capítulo con un enfoque más íntimo desde la perspectiva de Marco, donde le confiesa a su hermano Dante lo que Elena le provoca:
La madrugada envolvía la mansión en un silencio espeso, roto solo por el leve murmullo del whisky cayendo en los vasos. Marco estaba en su despacho, sentado frente a la chimenea. La luz del fuego dibujaba sombras duras sobre su rostro.
Dante entró sin pedir permiso, como siempre.
—No puedes dormir —dijo, dejando caer su cuerpo en el sillón de cuero frente a él.
Marco no respondió de inmediato. Le pasó un vaso, luego se quedó observando las brasas.
—No es el negocio lo que me quita el sueño.
—Es ella.
Dante sonrió de lado. Siempre había sido el más agudo de los dos. El más impulsivo, también.
—Elena —dijo Marco, como si el nombre le pesara en la lengua.
—Pensé que no ibas a encariñarte. ¿No era solo una deuda con piernas?
Marco apretó la mandíbula.
—No es cariño. No es amor. Es… otra cosa.
—¿Y qué es?
El silencio se alargó. Marco bebió un trago lento, luego habló sin mirarlo.
—Es fuego, Dante. Bajo toda esa rabia, esa mirada desafiante… hay algo que me quema. No me teme, pero tampoco me admira. No se rinde. Camina por esta casa como si no le debiera nada a nadie, como si llevar mi nombre no la hiciera menos libre… y eso, maldita sea, me desconcierta. Me provoca.
—¿Te excita?
—Sí. Pero no solo eso. Me desafía. Me obliga a ver cosas que no quiero ver. A sentir cosas que nunca planeé sentir.
Dante lo observó en silencio, con los ojos entrecerrados.
—Estás perdiendo el control, hermano.
—Tal vez. Pero no lo voy a demostrar. No a ella.
—¿Y si lo nota?
Marco lo pensó. Luego esbozó una sonrisa fría, casi melancólica.
—Entonces quizás también empiece a jugar.
lo que marco no imaginaba era que su hermano dante sentía la misma atracción que el por Elena y pensaba en confesarlo sin importar como lo tomara por qué para dante Elena era de el y no le molestaba compartirla con su hermano
Perfecto, aquí tienes el siguiente capítulo, donde Dante le confiesa a Marco su atracción por Elena, y Marco lo toma con madurez, aunque no deja de ser impactante para él:
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El fuego seguía crepitando, pero ahora el silencio entre los hermanos era más denso. Marco giró el vaso en su mano, como si el whisky pudiera darle respuestas.
Dante lo observaba con una mezcla de curiosidad y algo más profundo. Algo que no había querido nombrar hasta ahora.
—Marco…
—¿Qué?
—No quiero que malinterpretes lo que voy a decir. Pero… sería peor callarlo.
Marco alzó una ceja, ladeando la cabeza hacia su hermano.
—Habla, entonces.
Dante inspiró hondo. No acostumbraba medir sus palabras, pero esta vez lo hacía.
—También me siento atraído por Elena.
El ambiente pareció detenerse por un segundo. El crujido de la leña fue lo único que se atrevió a romper el silencio.
Marco no se movió. No frunció el ceño. Solo lo miró, como si estuviera procesando una ecuación imposible.
—¿Desde cuándo? —preguntó al fin.
—Desde la primera vez que la vi. Esa noche en su casa, cuando no bajó la mirada, cuando su furia era más digna que el miedo de su padre.
Marco se quedó callado. Luego esbozó una sonrisa, breve pero real.
—Es imposible no verla, ¿verdad?
—Lo es.
—¿Y qué piensas hacer con eso?
—Nada —respondió Dante sin dudar—. Solo quería que lo supieras. No por permiso… sino por respeto.
Marco asintió despacio. Luego levantó su vaso, como si brindara por la sinceridad.
—Gracias por decírmelo. No me molesta, Dante. Me sorprende, sí. Pero no me molesta. Quizá porque ella nos mira a los dos como si fuéramos solo sombras con diferentes nombres.
—Entonces no hay problema entre nosotros.
—No. Pero te advierto algo —añadió Marco, su voz más baja, más pesada—. No la subestimes. No pienses que puedes acercarte a ella sin que eso te marque. Elena no es una mujer. Es un campo de batalla. Y si entras… no saldrás ileso.
Dante sonrió, sin miedo.
—Tal vez eso es lo que quiero.
Marco rio suavemente, sin alegría. Luego bebió el resto de su whisky.
—Maldita sea, hermano… Estamos jodidos los dos.