ElENA

1482 Palabras
Elena recorría los pasillos de la mansión como una sombra. No por miedo, sino por costumbre. Desde que se casó con Marco, la casa se sentía como una jaula lujosa, con barrotes invisibles hechos de reglas no dichas y miradas que pesaban más que palabras. Pero esa noche… algo era diferente. Cruzó el pasillo en silencio, descalza, rumbo a la biblioteca. No buscaba libros. Solo un poco de paz. Había aprendido que los lugares con historia solían esconder los mejores silencios. Sin embargo, al pasar junto al despacho de Marco, oyó voces. No entendió las palabras, solo los tonos. La voz de Marco, más grave, pausada. Y la de Dante… más suave, casi íntima. Rió bajo, como si compartieran un secreto. Elena se detuvo, sin acercarse demasiado. No era su intención espiar. Pero algo en su pecho se tensó. Una intuición que no podía explicar. Esa noche, en la cena, lo confirmó. Dante no le habló más de lo necesario, pero su mirada era distinta. No era descarada, ni agresiva. Era… inquisitiva. Atenta. Como si buscara leer lo que ella escondía. Marco, por su parte, estaba más callado que de costumbre. No frío, pero sí contenido. Sus ojos se posaban en ella con una mezcla extraña de análisis y deseo que la dejaba inquieta. Elena bajó la mirada hacia su plato. Habían cambiado algo. Entre ellos. Y tenía que ver con ella. Después de la cena, subió sola a su habitación —aún no podía llamarla suya— y cerró la puerta tras de sí. Se apoyó contra ella y suspiró largo, sintiendo el peso de dos guerras que no pidió. Una, contra el destino. La otra… contra dos hermanos que empezaban a verla no solo como esposa, sino como algo mucho más peligroso: una elección. Y ella, aún sin mover una sola pieza, ya estaba en el centro del tablero. --- Capítulo 6: Bajo la Superficie Elena no dormía. Otra noche más, con la mente girando como un engranaje oxidado por la rabia y la sospecha. No podía seguir ignorando. No podía seguir fingiendo que no notaba las miradas, los silencios, esa tensión flotando como humo espeso entre los tres. Así que fue directo hacia la sombra más inquietante. Dante. Lo encontró en el invernadero, una habitación de cristal donde las plantas crecían a pesar del acero que rodeaba la mansión. Él estaba ahí, apoyado contra una columna, encendiendo un cigarro que probablemente no tenía permitido fumar. —Si vas a esconderte, al menos apaga el olor —dijo Elena, cruzando la puerta con decisión. Dante no se sobresaltó. Giró lentamente el rostro hacia ella y sonrió como si la hubiera estado esperando. —No me escondo. Solo respiro. —¿Y es aquí donde respiras mejor? ¿Entre mentiras y plantas enjauladas? Dante alzó una ceja. —¿A qué has venido, Elena? —A hacerte una pregunta. Una sola. Se acercó, lenta, con la seguridad de quien no tiene nada que perder. —¿Qué pasa entre tú y Marco? ¿Y por qué siento que tiene que ver conmigo? Dante la observó en silencio. No había burla en su mirada esta vez. Solo una intensidad cruda que la hizo detenerse a medio paso. —Marco y yo compartimos muchas cosas —dijo él, finalmente—. Poder. Sangre. Silencios. Pero esta vez… lo que compartimos no fue planeado. —¿Te refieres a mí? —Sí. A ti. Elena sintió que algo se retorcía en su estómago, pero no se echó atrás. —¿Y qué piensas hacer con eso? Dante dio una calada lenta. Luego la miró de una forma que la desarmó: sin amenaza, sin posesión. Solo una verdad desnuda. —Nada. Porque él te ama, aunque no lo diga. Y porque tú… todavía no decidiste si odiarlo o seguir luchando contra lo que sientes. Elena parpadeó, sorprendida. No esperaba esa honestidad. —¿Y tú? Dante se acercó un paso, quedando apenas a centímetros de ella. No la tocó. —Yo solo te miro. Porque eres la única tormenta que no quiero detener. Elena retrocedió, con el corazón latiendo en los labios. Salió del invernadero sin decir una palabra más. Pero mientras se alejaba, entendió algo: Ya no estaba en el tablero. Ella era la reina. Y los reyes… se estaban moviendo por ella --- Elena sabía que no podía esconderse. Después de la conversación con Dante, el aire en la mansión se había vuelto más espeso, como si las paredes susurraran secretos entre sí. No le sorprendió cuando, esa misma noche, Marco entró a su habitación sin tocar. Llevaba la chaqueta aún puesta, como si no pudiera quedarse quieto ni un segundo más. —¿Disfrutaste tu charla con mi hermano? —preguntó, sin rodeos. Elena lo miró, firme. No había culpa en sus ojos, pero sí una tormenta contenida. —¿Estás molesto? Marco cerró la puerta detrás de sí, con calma. —No. Estoy… aclarando las cosas. Caminó hacia ella despacio, con esa elegancia contenida que la desarmaba más que cualquier amenaza. —Tú me perteneces, Elena. Ese fue el trato. Esa es la verdad, te guste o no. Ella no apartó la mirada. —¿Y qué significa pertenecer, Marco? ¿Ser tuya como una propiedad? ¿Como una deuda con perfume? Marco sonrió, pero sus ojos ardían. —No. Significa que lo que eres conmigo… no lo eres con nadie más. Que cuando me miras, cuando me hablas, cuando me desafías… eso es mío. No tu cuerpo, Elena. Tu fuego. Ella se quedó en silencio. Había verdad en sus palabras. Y eso era lo que más la asustaba. —Pero te diré algo más —añadió Marco, con voz grave—. Sé lo que Dante siente. Lo vi en su forma de hablar de ti. En su forma de callar cuando entras a una habitación. Y lo acepto. Elena frunció el ceño, confundida. —¿Aceptas? Marco asintió, y se acercó lo suficiente para que ella sintiera su aliento. —Acepto que no puedo encadenar algo que arde. Que si compartirte con él significa no perderte por completo, lo haré. No porque no te quiera solo para mí… sino porque te quiero lo suficiente como para no apagarte. Elena tragó saliva. Nunca lo había visto así. Tan abierto. Tan brutalmente sincero. —¿Y qué esperas de mí, entonces? Marco la miró con una mezcla de deseo, rabia y algo parecido a ternura. —Que no huyas. Que no juegues. Que si vas a estar con él… también estés conmigo. Que lo hagas sabiendo que aún cuando estés entre sus brazos… seguirás siendo mía. Elena sintió que el mundo giraba distinto. Ya no había respuestas fáciles. Solo decisiones difíciles. Y una verdad que no podía negar: Marco Bellini no era un hombre. Era una elección que lo cambiaba todo. -- Elena cerró la puerta detrás de Marco sin tocarla. No necesitaba hacerlo. Su presencia seguía ahí, en el aire, en su piel, en el eco de esas palabras que no sabía si la enfurecían o la encendían. "Aun si estás con él… seguirás siendo mía." Apoyó la espalda contra la madera y cerró los ojos, dejando que la oscuridad la envolviera. ¿Cómo podía sentirse tan atrapada… y tan deseada al mismo tiempo? Marco había sido su prisión y su guardián. El hombre que la había tomado como parte de un trato sucio, pero también el único que, en medio de ese infierno, le había dicho la verdad sin adornos. Con él se sentía viva… como si cada palabra fuera un desafío, una batalla que nunca estaba del todo perdida. Y luego estaba Dante. Silencioso, observador, peligroso de otra manera. No necesitaba levantar la voz para sacudirle el alma. Su forma de mirarla no pedía permiso, pero tampoco exigía rendición. Con él, sentía algo distinto: una curiosidad profunda, una tensión que le hacía olvidar el mundo cada vez que estaban a solas. Y lo peor de todo… era que deseaba a los dos. Diferente. Intenso. Real. Se llevó una mano al pecho, donde el corazón latía demasiado rápido. ¿Era posible sentir eso por dos hombres a la vez? ¿Y más aún… por dos hermanos? Marco la quería, la reclamaba, y aún así le había dicho sí. No por debilidad, sino por control. Le había dado permiso sin rendirse. Le había abierto una puerta sin dejar de ser dueño de las llaves. Elena sintió que su mundo estaba ardiendo. Y no sabía si quería apagar el fuego… o dejarse consumir por él. Quizá no tenía que elegir. Quizá el poder no estaba en resistirse... sino en hacerlos arder a ellos también. Con esa idea palpitando en su mente, se sentó al borde de la cama, la respiración agitada. La reina ya no estaba atrapada en el tablero. Estaba moviendo piezas. Y los reyes… se estaban dejando jugar. ---
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