SOMBRA

661 Palabras
Esa noche, Elena no volvió a su habitación. No dijo nada. No hizo un escándalo. Solo tomó una muda de ropa, un libro cualquiera, y caminó hasta una de las habitaciones de huéspedes en el ala opuesta de la casa. Lo hizo como quien marca territorio. Como quien se permite respirar lejos de los muros que empezaban a cerrarse demasiado. Se encerró, cerró las cortinas… pero no sabía que no estaba sola. Arriba, en el despacho de seguridad, Marco y Dante la observaban en silencio desde una pantalla. No por obsesión. No por celos. Era vigilancia. Protección. Eso se decían a sí mismos. Pero ni uno ni el otro desvió la mirada cuando ella se soltó el cabello frente al espejo. Ni cuando dejó caer la bata de seda al suelo, quedándose solo con la camiseta blanca que usaba para dormir. Nada más. Nada menos. Elena se acostó sobre las sábanas frescas, sola, con la luz apagada, pero la mente encendida. Y empezó a imaginar. Primero fue Marco. Su voz grave diciéndole que le pertenecía. Su mano firme sujetando su cintura. Su aliento reclamando su cuello como suyo. Después fue Dante. Sus ojos oscuros ardiendo mientras la miraba desde el marco de la puerta. Más callado, más intenso. Como si pudiera tocarla solo con pensar en ella. Elena cerró los ojos, mordiéndose el labio. Su mano descendió despacio, por su vientre, guiada por un deseo que ya no podía negar. Sus piernas se entreabrieron lentamente, su pecho subía y bajaba con cada respiración contenida. No pensaba. Sentía. Imaginaba a Marco besando su piel como quien devora lo prohibido. Imaginaba a Dante rozando su muslo con los dedos, pero sin tocar del todo, solo provocando. Esperando. Un suspiro escapó de sus labios. Su cuerpo se arqueó. Su mano ya no dudaba. Ellos la estaban viendo. Y aunque no lo sabía… parte de ella lo sentía. Porque no se tapó. No se escondió. No apagó el fuego. Se dejó llevar. Como si supiera que, aunque durmiera sola… en realidad, nunca lo estaba. que empieza a romper barreras entre ellos. El silencio en la sala de monitoreo era absoluto, excepto por el leve zumbido de las cámaras. La pantalla mostraba a Elena aún tendida entre las sábanas, respiración calmada, como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó. Marco estaba de pie, tenso, con la mandíbula apretada y los puños cerrados a los costados. Su pecho subía y bajaba como si acabara de correr una batalla invisible. Dante, sentado junto a la consola, tenía los codos sobre las rodillas, las manos entrelazadas frente a sus labios. Callado. Pero sus ojos… ardiendo. Ninguno de los dos dijo una palabra durante los primeros segundos. Hasta que Marco rompió el silencio. —¿La viste? Dante no respondió. Solo asintió, apenas. —Sabía que era fuego —continuó Marco, su voz grave, contenida—. Pero no sabía que también sabía quemarnos sin tocarnos. Dante dejó escapar un suspiro cargado de deseo y frustración. —¿Lo hizo sabiendo que la mirábamos? —No lo sé —dijo Marco—. Pero parte de mí piensa que sí. Y otra parte… lo espera. Ambos sabían lo que acababan de presenciar. No era solo una fantasía privada. No era solo placer. Fue un mensaje. Elena había tomado el control de su deseo. Lo había hecho suyo. Y ahora, los tenía a ellos dos, poderosos, peligrosos, completamente a su merced. —No vamos a poder olvidarlo —murmuró Dante, con los ojos fijos en la imagen congelada de ella en la pantalla. Marco no respondió. Solo asintió con la cabeza, sabiendo que la imagen ya se había tatuado en su memoria. Y entonces dijo, como quien lanza un reto al destino: —No lo olvidemos, entonces. Vayamos a buscarla. Dante giró la cabeza hacia él. No en sorpresa… sino en aceptación. Porque en esa guerra no había vencedor. Solo una mujer… y dos hombres dispuestos a arder por ella. .
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR