Marco estaba de pie, tenso, con la mandíbula apretada y los puños cerrados a los costados. Su pecho subía y bajaba como si acabara de correr una batalla invisible.
Dante, sentado junto a la consola, tenía los codos sobre las rodillas, las manos entrelazadas frente a sus labios. Callado. Pero sus ojos… ardiendo.
Ninguno de los dos dijo una palabra durante los primeros segundos.
Hasta que Marco rompió el silencio.
—¿La viste?
Dante no respondió. Solo asintió, apenas.
—Sabía que era fuego —continuó Marco, su voz grave, contenida—. Pero no sabía que también sabía quemarnos sin tocarnos.
Dante dejó escapar un suspiro cargado de deseo y frustración.
—¿Lo hizo sabiendo que la mirábamos?
—No lo sé —dijo Marco—. Pero parte de mí piensa que sí. Y otra parte… lo espera.
Ambos sabían lo que acababan de presenciar. No era solo una fantasía privada. No era solo placer.
Fue un mensaje.
Elena había tomado el control de su deseo. Lo había hecho suyo. Y ahora, los tenía a ellos dos, poderosos, peligrosos, completamente a su merced.
—No vamos a poder olvidarlo —murmuró Dante, con los ojos fijos en la imagen congelada de ella en la pantalla.
Marco no respondió. Solo asintió con la cabeza, sabiendo que la imagen ya se había tatuado en su memoria.
Y entonces dijo, como quien lanza un reto al destino:
—No lo olvidemos, entonces. Vayamos a buscarla.
Dante giró la cabeza hacia él. No en sorpresa… sino en aceptación.
Porque en esa guerra no había vencedor.
Solo una mujer… y dos hombres dispuestos a arder por ella.
al día siguiente
Elena bajó las escaleras con el cabello aún húmedo, recogido en un moño bajo improvisado. Llevaba una blusa blanca, simple, y pantalones sueltos de lino claro. Nada llamativo. Pero cada paso que daba se sentía como si caminara directo al centro de un campo minado.
En el comedor, la tensión la recibió antes que las palabras.
Marco estaba sentado a la cabecera, leyendo el periódico —o fingiendo hacerlo— con una taza de café a medio terminar frente a él. Dante, de pie junto a la ventana, encendía un cigarro que ni siquiera se llevaba a los labios.
Elena sintió un cosquilleo en la nuca. Como si una corriente invisible se deslizara por su columna. Sabía leer silencios. Y ese… era distinto.
Se sirvió café sin mirar a ninguno de los dos, pero su mano tembló ligeramente al hacerlo.
—Buenos días —dijo, rompiendo el hielo con una voz que intentó sonar indiferente.
—¿Lo fueron? —preguntó Marco sin levantar la vista.
Dante soltó una leve risa. Casi inaudible. Pero Elena la escuchó. La sintió.
Se giró lentamente hacia ellos, dejando la taza sobre la mesa.
—¿Pasa algo?
Marco levantó finalmente la mirada. Sus ojos la recorrieron de arriba a abajo, sin vergüenza. Como si la viera desnuda… otra vez.
—Nada en particular —respondió con voz baja, cargada de una calma que no le creía—. Solo estábamos comentando… lo interesante que fue la noche.
Dante la miró entonces. Directo. Profundo. Casi devoto.
—El silencio en esta casa… puede ser muy revelador.
Elena tragó saliva.
No lo habían dicho. No con palabras. Pero ya lo sabía.
La habían visto.
Cada movimiento. Cada suspiro. Cada imagen que había creído solo suya… ahora vivía en sus miradas.
Y lo peor —o lo mejor— es que no se sentía avergonzada.
Se sentía despierta.
—¿Van a decirme algo más claro? —preguntó, levantando la barbilla con un atisbo de desafío.
Marco sonrió.
—No por ahora. Me gusta cuando eres tú quien lo dice primero.
Elena sintió el fuego bajo su piel. No rabia. No vergüenza.
Poder.
Tomó su taza y caminó hacia el ventanal, de espaldas a ellos, dejando su perfume flotando en el aire.
Si querían jugar, que se prepararan para perder el control.