PROVoCACION

618 Palabras
Elena pasó el resto del día como si nada hubiera pasado. Se paseó por la casa con movimientos lentos, casi felinos, con ropa que no mostraba demasiado, pero sugería justo lo necesario. Descalza. Pelo suelto. Cierta sonrisa en los labios que no era amable… era un juego. Sabía que la observaban. Sabía que no necesitaban cámaras para hacerlo. La tensión estaba en todas partes. En las paredes. En el aire. En sus propias venas. Se sentó a leer en el salón principal, las piernas dobladas sobre el sillón, la camisa grande abierta justo hasta dejar al descubierto un hombro, la piel apenas cubierta por la tela fina de un short. Cada página que pasaba, cada cruce de piernas, cada vez que se mordía el labio... era una declaración silenciosa: “Si van a mirarme, entonces que lo hagan. Pero que ardan.” Dante pasó por el pasillo dos veces. No dijo una palabra. Solo la miró. Largo. Hondo. Con esos ojos que podían desvestirla sin tocarla. Pero fue Marco quien entró en la habitación con los pasos firmes de quien ya no piensa. La puerta se cerró detrás de él. Elena levantó la vista del libro, despacio. Sonrió apenas. —¿Necesitás algo? Marco no respondió de inmediato. Se acercó a ella, sin prisa. Pero con esa tensión en el cuerpo, en los hombros, en la mandíbula, como si cada fibra luchara por contenerse. —¿Estás jugando, Elena? —¿Con qué? —dijo, dejando caer el libro a un lado—. ¿Con ustedes? ¿Conmigo? ¿Con la idea de que me están mirando todo el tiempo? Marco se detuvo frente a ella. Sus ojos la taladraban. Y cuando habló, su voz salió baja… pero afilada. —No sabés lo que estás provocando. Elena se levantó del sillón. Despacio. Como si cada centímetro de distancia que acortaba fuera una provocación más. —Sí sé —susurró, tan cerca que sus labios casi rozaron los de él—. Y no me voy a detener. Marco respiró hondo. Su cuerpo entero vibraba de contención. —Una de estas veces… no me voy a contener. —Entonces no lo hagas —dijo Elena, sin miedo, sin dudar—. Demostrame que no solo sabés mirar. Fue todo. Marco la tomó del rostro con una mano, con fuerza, con hambre. No la besó. Aún no. Solo la sostuvo así, pegado a su boca, su aliento caliente contra su piel, sus ojos ardiendo en los de ella. —No sabés en qué te estás metiendo —murmuró, pero su voz temblaba más de deseo que de advertencia. Elena sonrió, provocadora. Imparable. —Entonces enseñame. Después del encuentro con Marco, Elena se sintió como una llama viva. No porque hubiera cedido. Sino porque había ganado. Lo había llevado al borde… y él aún temblaba ahí. Necesitaba aire. O al menos, algo que calmara el incendio entre sus piernas. Caminó por el pasillo como si no buscara nada, pero sus pasos la llevaron, inevitablemente, hasta el ala donde dormían los hermanos. La puerta de la habitación de Dante estaba entreabierta. La luz del baño estaba encendida. Se escuchaba el agua corriendo. No pensó. No tocó. Solo empujó suavemente con los dedos. El vapor escapó por la rendija. La habitación estaba caliente, húmeda… cargada. Dio un paso dentro, con el corazón latiendo fuerte, y antes de decir nada, sus ojos lo vieron. Dante. En la ducha de vidrio, con el agua cayendo sobre su espalda, una mano apoyada contra la pared… y la otra envolviendo su m*****o con movimientos lentos, intensos, desesperados. Elena se quedó congelada. No por pudor. Por lo que vio. El cuerpo de Dante era pura tensión. G
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