El agua caliente seguía cayendo sobre su espalda, pero Dante ya no sentía nada. Su cuerpo se había quedado inmóvil, como congelado… excepto por sus ojos. Fijos en ella. Elena. De pie en el umbral, con el pecho agitado, los labios rojos entreabiertos y esa expresión en su rostro… entre el escándalo y la fascinación. No dijo una palabra. Pero lo había visto todo. La forma en la que él se tocaba pensando en ella. El momento exacto en el que su nombre escapó de su boca, como un rezo, como un veneno dulce que no podía contener. Y no se fue. No aún. Dante sintió que algo dentro de él se quebraba. ¿Por qué no se fue? No por vergüenza. Ni por miedo. Porque ahora sabía que estaba tan rota como él. Su respiración se volvió más pesada. Lenta. Ardiente. —No era para que vieras eso —dijo c

