Elena dio un paso atrás, riéndose suave, con una ironía deliciosa en los labios. —¿Eso era todo, Dante? Esperaba algo más… convincente. Sabía que estaba jugando con fuego. Sabía que lo provocaba al límite. Pero también sabía lo que hacía: quería verlo romperse. Quería sentir lo que pasaba cuando ese hombre dejaba de contenerse. Y lo consiguió. Dante no dijo una palabra. Solo la tomó. No con violencia. Con firmeza. Con una decisión que cortaba el aire. En un segundo, la tenía acorralada contra la pared del cuarto, su cuerpo aún húmedo rozando el de ella, sus labios peligrosamente cerca, sus manos cerradas a ambos lados de su rostro. —Querías jugar, Elena… —murmuró, con voz ronca, grave, tan cargada de deseo que era un acto en sí mismo—. Ahora vas a aprender lo que es rogar por más.

