Marco llevaba varios minutos caminando por el pasillo, con la tensión apretándole la mandíbula. Elena no estaba en su habitación. Y él sabía a dónde podía haber ido. O peor… con quién. Pero lo que lo impulsó no fue el enojo. Fue ese maldito nudo en el estómago. Esa mezcla de celos, ansiedad y una atracción que lo consumía por dentro. Desde que Dante le había confesado lo que sentía por ella, Marco había intentado contenerse. Dejar espacio. Compartirla, incluso. Pero una cosa era pensarlo. Otra muy distinta era escucharla gemir el nombre de su hermano. Se detuvo frente a la puerta apenas entornada. El sonido lo golpeó como un puñal directo al pecho. Los gemidos de su esposa. La respiración agitada entrecortada. Y una voz grave, muy baja, diciendo su nombre como si fuera un man

