Elena se encontraba sentada en la terraza, tomando un café al atardecer. El aire era fresco, y por primera vez en semanas, su cuerpo no se sentía tenso. Samuel llegó sin hacer ruido, con esa serenidad que lo caracterizaba. Traía una pequeña caja de madera entre sus manos. —¿Puedo sentarme? —Siempre puedes. Se sentó a su lado y puso la caja sobre la mesa. —¿Qué es eso? —preguntó Elena, curiosa. —Una invitación —dijo él, abriendo la tapa. Dentro había dos pasajes de tren y una postal antigua de un pequeño pueblo junto al mar—. Es un lugar tranquilo. Casi nadie lo conoce. Pensé que… podríamos ir. Solo unos días. Sin presiones. Sin etiquetas. Elena tomó la postal con delicadeza. El mar lucía sereno. El cielo despejado. Las calles empedradas. Todo lo contrario a su caos actual. —¿Y

