Elena llevaba dos días sin paz. Todo en la casa respiraba a ellos. El sonido de sus pasos. El eco de sus voces. Los recuerdos de sus cuerpos. Y ahora, la provocación deliberada. Pero esta vez, Marco y Dante ya no iban a quedarse al margen. El objetivo no era forzarla. Era hacerla implosionar de deseo. Que fuera ella quien rogara. Que su propio cuerpo se rebelara contra el orgullo que tanto intentaba sostener. --- Aquella mañana, Marco le dejó un regalo sobre la cama. Una caja negra, de tela aterciopelada. Dentro, una lencería roja, delicada y provocadora. Y otra nota: “No necesitas usarla para nosotros. Úsala para ti. Para recordar lo que eres… cuando nadie te está mirando.” Elena la cerró de golpe. Pero no pudo evitar imaginar cómo se vería en ese conjunto. Y lo peor…

