La luz grisácea del amanecer de Massachusetts se filtraba por las persianas automáticas del penthouse de Leo, revelando una escena que nadie en Cambridge creería. El búnker tecnológico y el salón de lujo se habían convertido en un campo de batalla de agotamiento.
Brandon estaba desparramado en el sofá principal, roncando levemente, con los pies de Leo (Dante) prácticamente encima de su hombro. Leo, por su parte, dormía sentado en el suelo, apoyado contra la base de la consola central, con una mano de Toby (uno de los receptores del equipo) colgando desde el sillón y descansando directamente sobre su mejilla.
En medio de la sala, rodeado de planos impresos de la mansión Rueda-Ricci y diagramas de flujo de datos, Nick dormía en posición fetal usando un fajo de papeles como almohada. Tenía una mansión a su disposición, pero había caído rendido analizando puntos ciegos de cámaras. Por último, Sam tenía la cabeza apoyada sobre las rodillas de Brandon, murmurando algo sobre una jugada de fútbol en sueños. Botellas vacías de agua mineral y latas de bebidas energéticas decoraban el suelo como restos de una guerra intelectual.
El silencio fue roto por el sonido del código de seguridad de la puerta principal. Ian, el más tranquilo y analítico del grupo de Brandon, entró cargando varias bolsas de papel con el logo de una cafetería cercana. Se detuvo en el umbral de la sala y, al ver el espectáculo, soltó una carcajada limpia que resonó en las paredes de cristal.
—¡Arriba, bellas durmientes! —gritó Ian, riendo con ganas—. El mundo se acaba y ustedes están haciendo un collage humano.
Brandon fue el primero en reaccionar. Se estiró, sintiendo un calambre, y luego hizo una mueca de asco al ver los pies de Leo cerca de su nariz.
—¡Quita tus garras de Novak de mi cara, Leonardo! —gruñó Brandon, empujando las piernas de Leo—. Casi me haces perder el sentido del olfato.
Leo abrió los ojos de golpe. No se despertó confundido; sus pupilas se enfocaron al instante, recuperando esa frialdad de depredador. Apartó la mano de Toby de su rostro con un gesto rápido.
—Y tú, Toby, la próxima vez que intentes acariciarme dormido, te romperé los dedos —amenazó Leo, aunque con un tono menos cortante de lo habitual.
Nick se levantó del suelo, quejándose de la espalda y tratando de despegarse un papel pegado a su frente. —Dormí sobre el plano de la cocina de los Novak... ahora tengo el diseño de la isla marcado en la mejilla.
Ian dejó el desayuno en la mesa de la cocina y se volvió a reír mientras los veía insultarse y estirarse.
—Son un desastre —dijo Ian, repartiendo cafés—. Pero aquí tienen. Desayunen rápido, porque tenemos que planear el próximo paso antes de ir a esa prisión llamada universidad.
Se reunieron alrededor de la isla de la cocina. La atmósfera cambió de inmediato. Leo extendió un mapa digital en la tablet de Ian.
—Mi padre es el Agente Especial al Mando del FBI —dijo Brandon, ya con el café en la mano y la mirada seria—. Si vamos a ir al puerto el viernes, puedo conseguir que algunas patrullas de incógnito rodeen la zona sin hacer ruido. Pero necesito saber qué estamos buscando exactamente.
—Buscamos el origen de la señal —dijo Leo—. El FBI es útil, Brandon, pero si el acosador ve un solo coche oficial, desaparecerá. Necesito que tu padre mantenga a su gente a dos kilómetros a la redonda. El trabajo sucio lo haremos nosotros.
—Hecho —asintió Brandon—. Mi viejo sabe que algo grande pasa conmigo y no hará preguntas si le digo que es por seguridad nacional.
Media hora después, el grupo salió del edificio. Ya no eran los chicos cansados y despeinados. Vestían sus chaquetas de la universidad y Leo llevaba su clásica chaqueta de cuero n***o. Caminaban en formación, con Leo y Brandon a la cabeza.
Cuando el deportivo n***o de Leo y el SUV de Brandon entraron al estacionamiento de la universidad, el ambiente cambió. Los estudiantes que estaban charlando se quedaron mudos.
Caminaron hacia la entrada principal como si fueran los dueños de la tierra. La noticia de la paliza en el club "Eclipse" y en el gimnasio se había corrido como pólvora. Ver al capitán del equipo, Brandon, caminando hombro a hombro con el "chico nuevo", Dante, a quien se suponía que odiaba, era una imagen que nadie podía procesar.
El miedo era palpable. Los chicos se apartaban del camino, bajando la mirada. Las chicas susurraban, intimidadas por la belleza letal de Leo y el aura de poder que emanaba el grupo. Parecían dioses bajando al inframundo.
—Míralos —susurró Sam—. Parece que estuviéramos en el corredor de la muerte. Nadie respira.
—Que no respiren —dijo Leo, con los ojos fijos en la entrada de la biblioteca—. Eso significa que saben que las reglas cambiaron.
Clara estaba sentada en una de las mesas exteriores de la biblioteca, tratando de estudiar. Maya estaba a su lado, pero Lucas estaba más cerca, rodeándola con el brazo mientras le leía unos apuntes.
—No dejes que te afecte lo de anoche, Clara —decía Lucas con voz suave—. Dante es un psicópata. Deberíamos hablar con el decano para que lo expulsen. No es seguro tener a alguien así cerca de ti.
Clara no respondió. Sus ojos miel estaban fijos en el sendero principal. De repente, lo vio.
Vio al grupo de atletas acercarse, y en el centro, como un núcleo de gravedad, estaba él. Dante. Se veía impecable, peligroso, y lo que más le dolió a Clara fue ver la complicidad con la que Brandon lo trataba. ¿Qué le hizo? ¿Cómo lo compró?, se preguntó ella con rabia.
Leo se detuvo a pocos metros de la mesa. Sus ojos se cruzaron con los de Clara. Los celos volvieron a quemarle las venas al ver la mano de Lucas en el hombro de ella. Quería lanzarse sobre él y borrarle esa sonrisa de "buen amigo" a golpes, pero se obligó a mantenerse firme.
—Brandon —dijo Leo, sin dejar de mirar a Clara.
—Entendido —respondió Brandon. El capitán del equipo se acercó a la mesa de Clara—. Hola, Clara. Maya.
—¿Qué quieres, Brandon? —preguntó Clara con frialdad—. ¿Vienes a terminar el trabajo de tu nuevo jefe?
Brandon suspiró, sintiendo el peso de la mentira necesaria. —Vengo a decirte que esta tarde hay una práctica abierta del equipo y luego una cena. Como capitanes de las porristas y estudiantes de honor, Maya y tú están invitadas. El decano quiere que haya unidad después de los... incidentes.
—No voy a ir a nada donde esté él —dijo Clara, señalando a Leo.
Leo dio un paso al frente, ignorando a Lucas por completo. Se inclinó sobre la mesa, quedando a centímetros de la cara de Clara.
—No te estoy preguntando, Rissi —dijo Leo con una voz tan baja que solo ella pudo sentir la vibración—. Vas a ir. Porque me divierte ver cómo intentas ignorarme y fallas en el intento.
—¡Eres un idiota! —le gritó Clara, levantándose y empujándolo—. ¡Te odio, Leonardo! ¡Ojalá nunca hubieras venido a esta universidad!
Leo recibió el empujón sin moverse. Sus manos quisieron atrapar las de ella, atraerla y decirle la verdad, pero en su lugar, se limitó a sonreír con una arrogancia falsa que ocultaba un corazón sangrando.
—El odio es solo amor que no sabe a dónde ir —se burló Leo—. Nos vemos en la práctica. Brandon, asegúrate de que lleguen.
Leo se dio la vuelta y se alejó con su grupo. Brandon se quedó un segundo más, mirando a Lucas con una sospecha que antes no tenía.
—Tú también estás invitado, Lucas —dijo Brandon con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Sería una pena que te perdieras el... espectáculo.
Lucas asintió, aunque por un segundo su máscara de amabilidad flaqueó. —Ahí estaré, Brandon. No dejaría sola a Clara ni un minuto.
Mientras caminaban hacia el edificio de ciencias, Leo sacó su teléfono. Tenía un mensaje de Daniel, el dueño del club de peleas.
"Dante, el cargamento no es de armas. Es hardware. Servidores de grado militar que fueron robados de la base de Langley. Alguien está montando un centro de datos masivo en el puerto. El viernes es la entrega final de las claves de acceso".
Leo apretó el teléfono. —Un centro de datos masivo... —susurró—. El acosador no quiere solo ver a Clara. Quiere procesar algo más.
—¿Qué cosa? —preguntó Ian.
—Quiere conectarse a la red nacional —dijo Leo, con el rostro pálido—. Si logra entrar con ese hardware, podrá ver no solo a Clara, sino a cada Ricci y Novak en el planeta a través de cualquier cámara, de cualquier teléfono. El viernes no solo vamos a salvar a Clara... vamos a evitar un desastre global.
Se detuvieron frente al aula. Leo miró hacia atrás, viendo a Clara alejarse con Lucas. La furia y el miedo se mezclaban en su pecho. Sabía que el viernes sería el día en que todo terminaría, o el día en que lo perdería todo.
—Prepárense —dijo Leo a su grupo—. El viernes, el Lobo sale de cacería. Y esta vez, no habrá humo que lo detenga.