Capitulo 9: El Despertar de la Reina

2024 Palabras
El aire en el campus de Cambridge había cambiado. Ya no era solo el miedo a "Dante" lo que flotaba en el ambiente, sino una tensión eléctrica que parecía emanar de la propia Clara Rissi. Esa mañana, mientras se miraba al espejo de su habitación en la mansión, Clara recordó las palabras de Lucía, la hermana de Leo. Recordó aquellas tardes en Londres donde Lucía, con esa elegancia gélida y letal de los Novak, le decía: “Clara, el mundo te verá como una presa si tú te comportas como una. Una mujer de nuestro linaje no llora por la atención de un hombre; ella decide si el hombre es digno de su mirada”. Clara se secó la última lágrima y se puso de pie. Se acabó. No más súplicas, no más confusión. Si Leo quería jugar al extraño, ella le enseñaría cómo se siente ser ignorado por una verdadera Ricci. Se vistió con una seguridad que no había mostrado en semanas: unos vaqueros ajustados de diseño, botas de combate de cuero fino y una chaqueta de ante roja que combinaba con el fuego de su cabello. Se maquilló con precisión, resaltando sus ojos miel con un delineado afilado. Cuando bajó las escaleras, incluso sus guardias se enderezaron más de lo normal. Ella no caminaba; desfilaba. Mientras tanto, en la zona de entrenamiento, la dinámica entre Leo y el equipo de fútbol se había consolidado. Ya no eran solo un grupo de deportistas protegiendo a una chica; se habían convertido en la extensión operativa de Leo. Leo (Dante) estaba en el centro del campo, rodeado por Brandon, Nick, Sam, Ian y Toby. Leo tenía una tablet militar en la mano, mostrando un mapa de calor de las señales wifi del campus. —Escúchenme bien —dijo Leo, su voz era un látigo de autoridad—. El viernes es el movimiento del hardware en el puerto. Pero hoy, el acosador está nervioso. La proximidad de todos ustedes a Clara lo está sacando de su zona de confort. Ian, tú te encargas de los puntos ciegos de la biblioteca. Sam, Toby, quiero que patrullen los estacionamientos. Nick, tú estarás conmigo en las gradas durante la práctica. Brandon, tú eres el escudo principal en el campo. —¿Y si el FBI intenta intervenir antes de tiempo? —preguntó Brandon, ajustando sus protecciones—. Mi viejo está impaciente. Dice que el robo de servidores de Langley es una prioridad nacional. —Dile a tu padre que si entran ahora, el cerebro detrás de esto activará el protocolo de autodestrucción y no quedará ni un solo bit de evidencia —respondió Leo con frialdad—. Necesitamos que el intercambio comience para atraparlo con las manos en el código. —Entendido —asintió Brandon—. El equipo está listo, Leo. Mis hombres saben que si alguien que no somos nosotros le habla a Clara, tienen permiso para ser... poco diplomáticos. La práctica abierta comenzó bajo un sol de tarde que teñía el césped de un verde vibrante. Las gradas estaban llenas de estudiantes, todos esperando ver la interacción entre la pareja más polémica del campus. Leo estaba sentado en la parte más alta, con Nick a su lado, fingiendo leer unos apuntes pero con un auricular táctico oculto. Sus ojos buscaban a Clara. Esperaba verla llegar triste, cabizbaja, buscando su mirada con esa súplica que siempre lo hacía sentir como un monstruo. Pero lo que vio lo dejó paralizado. Clara entró al estadio escoltada por Maya. Caminaba con la barbilla en alto, una sonrisa gélida en los labios y una seguridad que irradiaba poder. No miró hacia las gradas. No buscó a Leo. Se sentó en la primera fila, cruzó las piernas con elegancia y empezó a charlar con Maya como si estuviera en un desfile de modas en París y no en una práctica de fútbol. —Vaya... —susurró Nick a su lado—. Parece que la "estúpida" se quedó en casa y hoy vino la jefa. Leo apretó los dientes. Una mezcla de orgullo y un deseo abrasador le recorrió la espina dorsal. Esa era la Clara que él amaba, la que Lucía había entrenado. Pero verla tan dueña de sí misma, tan indiferente a su presencia, le dolió más que cualquier insulto. Lucas se acercó a ella, intentando sentarse a su lado. —Clara, ¿estás bien? Te noto... diferente. Clara ni siquiera giró la cabeza del todo para mirarlo. —Estoy excelente, Lucas. Simplemente me di cuenta de que he estado perdiendo el tiempo preocupándome por cosas que no merecen mi energía. La vida es demasiado corta para gastarla en personas que no saben lo que tienen frente a ellos. Lucas parpadeó, desconcertado por el tono afilado de ella. —Bueno, me alegra que estés mejor. ¿Quieres que después vayamos a...? —No puedo, Lucas —lo cortó ella con una sonrisa educada pero distante—. Tengo planes con mi tío Marcos y luego tengo que revisar unos documentos familiares. Ya sabes, cosas de los Ricci. Leo, desde arriba, escuchó todo a través de los micrófonos ambientales que había sembrado en las gradas. Sus puños se cerraron. "Esa es mi chica", pensó, pero al mismo tiempo, la distancia que ella estaba marcando lo hacía sentir fuera de control. El Acosador al Límite A lo lejos, oculto tras el cristal ahumado de una de las cabinas de prensa que se suponía vacía, el acosador observaba a través de un lente de largo alcance. Sus manos temblaban sobre el teclado de su laptop. —No... así no es como debe ser —susurraba el psicópata, su voz una distorsión de obsesión—. Ella debería estar llorando. Debería estar asustada, buscando refugio ... buscando refugio en mí. ¿Por qué sonríe? ¿Por qué camina como si fuera la dueña del mundo? El trastorno erotómano del acosador estaba entrando en una fase de crisis. En su mente enferma, el empoderamiento de Clara no era un signo de fortaleza, sino un "mensaje" de que algo estaba mal en el guion que él había escrito para ella. —Es Dante —gruñó, viendo a Leo en las gradas—. Él le está dando esta falsa seguridad. Él está ensuciando su pureza con esa arrogancia Novak. Tengo que acelerar el envío. El viernes es muy tarde. Necesito que sepa que nadie puede protegerla de mi amor. El acosador tecleó un comando. En el teléfono de Clara, un mensaje apareció, pero esta vez no era una foto. Era un video de diez segundos de ella misma, en ese mismo instante, desde el ángulo de la cabina de prensa. Clara sintió la vibración de su teléfono. Lo sacó, vio el video y, por un segundo, su corazón se detuvo. Miró a su alrededor, buscando la cámara. Pero en lugar de entrar en pánico como antes, recordó la lección de Lucía Novak: "Si el enemigo te mira, devuélvele una mirada que le haga dudar de su propia existencia". Clara levantó el teléfono, miró directamente hacia las cabinas de prensa (aunque no sabía exactamente dónde estaba él) y, con una calma aterradora, borró el video frente a la lente. Luego, guardó el teléfono y volvió a sonreírle a Maya. Leo vio el movimiento de Clara. Vio cómo ella escaneaba el lugar con la frialdad de una estratega. —Nick, rastrea la señal de salida de su teléfono. ¡Ahora! —ordenó Leo por el auricular. —¡Lo tengo! —respondió Ian desde la biblioteca—. La señal rebotó en la cabina de prensa 4. ¡Dante, el tipo está en el estadio! Leo no esperó a que terminara la frase. Saltó las gradas con una agilidad que desafiaba la gravedad. Los estudiantes gritaban mientras él pasaba como un rayo n***o. Brandon, desde el campo, vio la señal de Leo y gritó a su equipo. —¡Toby, Sam! ¡Cierren la salida norte! ¡Nick, con Dante! ¡MUEVANSE! El equipo de fútbol abandonó la práctica en medio de una jugada, corriendo hacia las salidas. El entrenador gritaba confundido, pero a los jugadores no les importaba. Eran la manada del Lobo ahora. Leo llegó a la cabina de prensa 4 y derribó la puerta de una patada. El lugar estaba vacío, pero el aire todavía olía a ozono de equipos electrónicos recalentados. En la mesa, había una sola cosa: una nota escrita a mano sobre una foto de Leo y Clara en el club "Eclipse", tachando la cara de Leo con tinta roja. "Ella no es una reina para ti, Novak. Es mi altar. El viernes, verás cómo se quema tu legado". Leo salió al pasillo, jadeando, con la nota arrugada en su puño. Bajó hacia la pista de atletismo, donde Clara estaba de pie, observando el caos que él había provocado. Brandon y los demás estaban rodeándola, formando un escudo humano infranqueable. Clara se acercó a Leo. No había miedo en sus ojos miel, solo un fuego frío que Leo no había visto nunca antes. —¿Lo encontraste? —preguntó ella, su voz firme, sin un ápice de temblor. Leo la miró, sorprendido por su entereza. —Se escapó. Pero dejó esto. Le mostró la nota. Clara la leyó sin pestañear. Luego, levantó la vista hacia Leo y se acercó tanto que él pudo sentir el calor de su aliento. —Escúchame bien, Leonardo —dijo ella, y por primera vez en semanas lo llamó por su nombre real en público, aunque en un susurro que solo ellos y Brandon escucharon—. No sé qué planes tienes para el viernes. No sé qué negocios traes con mi tío o con tu familia. Pero si crees que me vas a dejar encerrada en una mansión mientras tú juegas al héroe, estás muy equivocado. Soy una Ricci. Y si este psicópata cree que soy su "altar", va a descubrir que los altares también pueden arder y quemar a quien los toca. —Clara, no es el momento para esto —dijo Leo, sus celos y su instinto de protección chocando violentamente—. Vas a ir a casa con Brandon y te vas a quedar ahí. —No —respondió ella, dándole la espalda—. Voy a ir a casa porque yo lo decido. Y el viernes... el viernes voy a estar donde yo quiera estar. Brandon, llévame a casa. Tengo cosas que preparar. Clara se alejó con una elegancia destructora, dejando a Leo parado en medio del campo, rodeado por sus amigos atletas que la miraban con un respeto renovado. —Vaya... —susurró Sam—. Creo que la reina acaba de declarar la guerra. Leo miró hacia el horizonte, donde el sol se ponía, tiñendo el cielo de un rojo sangre que presagiaba lo que vendría. El viernes no solo sería una entrega de hardware; sería el campo de batalla donde un Novak, una Ricci y una sombra se enfrentarían por última vez. —Nick, Ian... —dijo Leo, su voz volviéndose profunda y letal—. Olviden el protocolo de sigilo. Quiero que hackeen cada cámara de la ciudad. Quiero saber quién compró esa tinta roja, quién alquiló esa cabina, quién respira cerca de ella. Si el viernes quiere fuego... le voy a dar el infierno entero. Brandon se acercó a Leo, poniendo una mano en su hombro. —Estamos contigo, hermano. El equipo no va a dejar que esa sombra toque a la jefa. Mi viejo ya tiene a los francotiradores listos para el puerto. Solo danos la señal. Leo asintió, pero su mirada seguía fija en el camino por el que Clara se había ido. Ya no solo tenía que luchar contra un acosador y contra sus propios demonios; ahora tenía que luchar contra la voluntad de una mujer que había decidido que ya no necesitaba ser salvada, sino ser la que diera el golpe final. —Prepárense —sentenció Leo—. Mañana es jueves. La última noche de paz. Porque el viernes... el viernes el genio deja de pensar y el lobo empieza a devorar.
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