CAPÍTULO 10: EL PRECIO DEL SILENCIO

2745 Palabras
El búnker de Leo vibraba con una energía eléctrica. No había espacio para las dudas ni para el miedo; solo quedaba el frío cálculo de la caza. Leo estaba de pie frente a la consola central, vistiendo un traje táctico de kevlar ligero bajo su chaqueta de cuero, ocultando armas y dispositivos que desafiaban la tecnología convencional. A su lado, Brandon ajustaba un chaleco antibalas mientras revisaba su radio. —Mi viejo tiene a los agentes del FBI posicionados a tres kilómetros. No se moverán hasta que tú des la orden, Leo —dijo Brandon, su voz firme pero cargada de adrenalina—. La zona del muelle 47 está despejada de civiles. Si ese bastardo aparece, no tendrá a dónde correr. Leo asintió, mirando a su "manada". Ian, Nick, Sam y Toby estaban equipados con auriculares tácticos y tablets conectadas a la red privada de Leo. Ya no eran solo atletas de universidad; eran una unidad de élite forjada en la lealtad absoluta. —Escúchenme bien —dijo Leo, recorriendo a cada uno con la mirada—. Hoy no somos el equipo de fútbol. Hoy somos la barrera entre Clara y el infierno. El hardware de Langley va a llegar en un contenedor gris sin marcar. El acosador enviará a sus hombres, pero él estará escondido, operando desde algún punto alto. No busquen al que dispara; busquen al que observa. —Cuenta con nosotros, jefe —dijo Sam, golpeando el hombro de Leo—. Si intentan tocar a la reina, primero tendrán que pasar por encima de la línea defensiva. Antes de partir, Leo entró en la habitación donde Clara terminaba de prepararse. Ella se había puesto ropa táctica que Lucía le había enviado: negra, ajustada, funcional. Al ver a Leo, Clara se acercó y le rodeó el cuello con los brazos. El beso que compartieron no fue de despedida, sino una promesa de victoria. —Vuelve conmigo —susurró ella contra sus labios. —Siempre vuelvo a ti, Clara. Tú eres mi norte —respondió él, dándole una última caricia antes de salir hacia el abismo. Llegaron al puerto a las 11:45 PM. El lugar era un laberinto de contenedores oxidados y grúas gigantescas que parecían esqueletos bajo la luz de la luna. El silencio era sepulcral, solo interrumpido por el rugido del mar chocando contra los pilares de madera. Leo se posicionó en lo alto de una grúa con un rifle de precisión que disparaba dardos de rastreo electrónico. Brandon y el equipo se distribuyeron en los puntos ciegos a nivel del suelo. —Tengo movimiento al este —susurró Ian por el canal interno—. Un camión blindado acaba de entrar. No tiene luces. —Posiciones —ordenó Leo. El camión se detuvo frente al contenedor gris. De las sombras salieron seis hombres vestidos de n***o, moviéndose con una coordinación militar que no encajaba con simples delincuentes. Eran profesionales. Empezaron a descargar las cajas de servidores, pero algo no cuadraba. Leo, a través de su lente térmica, notó que las cajas no emitían el calor característico del hardware encendido. —Es un señuelo —gruñó Leo—. ¡Brandon, aborten! ¡Es una trampa! En ese instante, el cielo se iluminó. Una docena de drones de combate, pequeños y silenciosos, descendieron de las nubes como una plaga. Empezaron a disparar proyectiles de gas lacrimógeno y pulsos eléctricos. —¡Nos tienen fijados! —gritó Toby, cubriéndose tras un contenedor mientras las chispas volaban a su alrededor. Leo empezó a disparar desde la grúa, derribando drones con una puntería inhumana, pero por cada uno que caía, dos más aparecían. El acosador no estaba allí para recoger el hardware; estaba allí para demostrar su poder. —¡Leo, el sistema del FBI ha sido hackeado! —la voz de Brandon sonó desesperada por la radio—. Mi padre dice que perdieron el control de los satélites. ¡Estamos ciegos! A pesar del caos, la nueva manada de Leo no retrocedió. Brandon, haciendo gala de su fuerza física, derribó a uno de los hombres de n***o que intentaba flanquear a Ian. Sam y Toby se movían en tándem, cubriéndose las espaldas mientras neutralizaban a los atacantes con una ferocidad que solo la lealtad puede inspirar. —¡No retrocedan! —gritaba Brandon—. ¡Mantengan la línea! Leo bajó de la grúa deslizándose por un cable de acero, disparando en el aire. Cayó en medio del combate, una tormenta de golpes y tecnología. Sus manos eran un borrón de movimiento, desarmando a los mercenarios y usando sus propios dispositivos de pulso contra ellos. —¡¿Dónde estás, cobarde?! —rugió Leo hacia el cielo, sabiendo que el acosador lo veía a través de los ojos de los drones. De repente, todas las pantallas de las tablets del equipo se tornaron rojas. Una voz distorsionada, la misma que Leo había escuchado en el audio, retumbó por los altavoces del puerto, hackeando el sistema de megafonía. "Te advertí, Leonardo. El genio no puede ganar cuando las reglas cambian. El hardware nunca estuvo aquí. Mientras tú juegas a los soldados en el barro, yo estoy entrando en el lugar que más valoras". Leo se quedó helado. El puerto no era el objetivo. El puerto era la distracción para alejarlo a él y a toda la seguridad de la mansión Rueda-Ricci. —¡Clara! —el grito de Leo desgarró la noche—. ¡Brandon, a los coches! ¡AHORA! El regreso fue una carrera s*****a contra el reloj. Leo conducía su deportivo como si el diablo lo persiguiera, esquivando el tráfico y saltando semáforos, con el SUV de Brandon y los chicos pisándole los talones. —¡Ian, intenta entrar en las cámaras de la mansión! —ordenó Leo por el manos libres. —¡Estoy bloqueado, jefe! —respondió Ian, sus dedos volando sobre la laptop en el asiento trasero—. El sistema de seguridad de tu tío ha sido aislado. Es un apagón total en el sector. Cuando llegaron a la mansión, el panorama era desolador. Los guardias estaban inconscientes en el suelo, víctimas de un gas sedante de alta potencia. La puerta principal estaba abierta de par en par. Leo entró como una exhalación, con el arma en la mano y el corazón martilleando en sus oídos. Subió las escaleras de tres en tres y pateó la puerta de la habitación de Clara. Estaba vacía. No había rastro de lucha, pero sobre la cama perfectamente hecha, descansaba una sola rosa negra y un sobre lacrado con el sello de los Novak. Leo lo abrió con manos temblorosas. No era una nota de rescate. Era una invitación. "El Nido del Halcón ya no es un secreto, Leo. Te veo en la isla". Leo cayó de rodillas, golpeando el suelo con el puño. El acosador sabía de su refugio secreto. Sabía de la isla que ni su padre conocía. La vulnerabilidad lo golpeó como un mazo. —Leo... —Brandon entró en la habitación, seguido por el resto de la manada. Al ver la habitación vacía, un silencio pesado cayó sobre ellos—. La encontraremos. Juro por mi vida que la encontraremos. Leo se levantó lentamente. Sus ojos ya no tenían rastro de humanidad. Eran dos pozos de odio puro, fríos como el hielo de los Alpes. —No vamos a buscarla, Brandon —dijo Leo, y su voz hizo que los chicos retrocedieran un paso—. Vamos a ir por ella. —Ian, prepara mi jet privado. No el de la familia, el mío —ordenó Leo, empezando a teclear comandos en su teléfono—. Nick, Sam, quiero suministros para una semana de combate intenso. Toby, contacta a tu contacto en el muelle privado de Maine. Vamos a salir en treinta minutos. —¿Y yo? —preguntó Brandon. —Tú vas a ser mi segundo al mando. Necesito que hables con tu padre. Dile que la operación del FBI terminó. De ahora en adelante, esto es personal. Si alguien intenta detenernos, considérlo un enemigo. El equipo se movió con una precisión militar. En menos de una hora, estaban cruzando el cielo nocturno rumbo a la costa de Maine. En el avión, el silencio era absoluto. Leo estaba sentado al fondo, analizando datos, buscando la brecha por la que el acosador había descubierto su refugio. Brandon se acercó con dos cafés. —Leo... ella es fuerte. Lucía la entrenó bien. No se rendirá fácilmente. —Lo sé —susurró Leo—. Pero el acosador no busca su muerte. Busca su mente. Quiere romperla para que ella acepte su delirio. No permitiré que pase otra noche bajo su sombra. Mientras tanto, en un refugio subterráneo oculto en las afueras de Cambridge —un lugar que el acosador había preparado durante meses—, Clara estaba sentada en una silla de terciopelo. No estaba atada. El acosador quería que ella estuviera allí por "voluntad propia". Una figura encapuchada, con la voz distorsionada por un modulador, caminaba a su alrededor en la penumbra. —Mírate, Clara. Aquí no hay Novak que te use como escudo. Aquí estás a salvo. Leo te ha mentido desde el primer día. Él no te ama, él te estudia. Eres su experimento —decía la voz, esa voz que bajo el efecto digital escondía la suavidad de Lucas. Clara respiró hondo. Su corazón latía a mil por hora, pero recordó las lecciones de Lucía Novak. “Si no puedes usar tus manos, usa tu mente. Hazle creer que tiene el control hasta que tú tengas el cuchillo”. —¿A salvo? —preguntó Clara, fingiendo una voz quebrada, dejando que una lágrima rodara por su mejilla—. Me sacaste de mi casa, heriste a mis guardias... ¿Cómo puedo confiar en ti si no sé quién eres? El acosador se detuvo. La vulnerabilidad de Clara era su droga. Se acercó, su mano enguantada rozando el cabello rojo de ella. Clara tuvo que luchar contra la náusea. —Pronto lo sabrás. Pero antes, tienes que elegir —el acosador señaló una pantalla. En ella, se veía a Maya encerrada en el sótano del club "Eclipse", donde un sistema de ventilación estaba empezando a soltar un gas amarillento—. He hackeado el sistema de seguridad de Leo. Si tú me das la clave de acceso al servidor privado de los Novak, detendré el gas. Si te niegas, tu mejor amiga morirá mientras Leo intenta rastrearme. Clara miró la pantalla. Sabía que Leo estaba buscándola. Sabía que él estaba moviendo cielo y tierra. Pero también sabía que el acosador quería la clave de Leo no por dinero, sino para destruir el legado de Leo frente a sus ojos. —Está bien —susurró Clara, bajando la mirada—. Te la daré. Pero... necesito aire. Me siento mal. Por favor. El acosador, cegado por su propia arrogancia y por la creencia de que Clara se estaba rindiendo, abrió una de las consolas de alta seguridad para darle a Clara un vaso de agua. Fue un error de un segundo. Clara, usando el anillo que Leo le había dado (un dispositivo que ella sabía que era más que una joya), lo presionó contra el puerto USB de la consola abierta mientras el acosador le daba la espalda. —¿Qué estás haciendo? —preguntó él, volviéndose de golpe. —Nada... solo... —Clara fingió un desmayo, cayendo hacia un lado y tirando el vaso de agua sobre los cables principales del escritorio. El cortocircuito fue inmediato. Las luces parpadearon y, lo más importante, el rastreador de emergencia de Leo recibió una señal de pulso desde dentro del refugio. En el búnker de Leo, una luz roja comenzó a girar. —¡LA TENGO! —gritó Ian—. ¡Coordenadas 42.36, -71.05! ¡Está a solo tres kilómetros de aquí! Leo no esperó. Salió del penthouse como un proyectil, seguido por Brandon y la manada. Llegaron a la ubicación —una antigua imprenta abandonada— en tiempo récord. Leo no usó explosivos; usó su propio cuerpo para derribar la puerta de entrada, impulsado por una furia ciega. —¡CLARA! —rugió Leo mientras bajaba a los sótanos. Brandon y Sam se encargaron de los dos mercenarios que custodiaban la entrada, neutralizándolos con una eficiencia brutal. Leo llegó a la sala principal justo cuando el acosador, dándose cuenta de que el pulso de Clara lo había delatado, activaba el protocolo de huida. —¡Maldita sea, Clara! ¡Eres más Novak de lo que pensaba! —gritó el acosador, su voz ahora llena de un odio real. Leo entró en la sala, con el arma en alto. Vio a Clara en el suelo, tratando de levantarse. Sus ojos se cruzaron y, por un momento, el tiempo se detuvo. —¡Leo, cuidado! —gritó ella. El acosador lanzó una granada de destello. El estallido de luz blanca cegó a todos. Leo disparó hacia donde estaba la figura, pero escuchó el sonido de una trampilla cerrándose. Cuando su vista se aclaró, el acosador ya no estaba. Se había deslizado por un túnel de alcantarillado que Leo no tenía en sus mapas. Leo corrió hacia Clara, levantándola del suelo y apretándola contra su pecho con una fuerza que casi le quita el aire. Estaba temblando. El gran Leonardo Novak estaba temblando de puro terror. —Estás bien... estás bien... —susurraba él, besando su frente, su cabello, sus manos—. Perdóname, Clara. Perdóname por dejar que te tocara. Clara se aferró a su chaqueta de cuero, llorando de alivio. —Lo engañé, Leo. Le puse un virus en su consola. Él cree que se escapó, pero... tú puedes rastrearlo ahora, ¿verdad? Leo se separó un poco, mirándola con una mezcla de asombro y adoración. —Lo hiciste... mi pequeña genio. Usaste el virus de inyección que te enseñé. Brandon entró en la sala, jadeando. —¡Leo! ¡Maya está a salvo! Ian logró hackear el sistema de gas justo a tiempo. Está asustada, pero viva. Leo asintió, pero su mirada volvió al túnel por donde el acosador había escapado. A varios kilómetros de allí, en un callejón oscuro, una figura salió de una alcantarilla. Se quitó la capucha. Estaba sudado, con la respiración entrecortada y una herida en el hombro donde una de las balas de Leo lo había rozado. Miró hacia la dirección de la imprenta, y su rostro amable se transformó en una máscara de psicopatía pura. —Crees que ganaste esta ronda, Leo —susurró, apretando los dientes mientras se vendaba la herida con un trozo de su camisa—. Pero Clara acaba de demostrarme que es perfecta para mí. Tiene el fuego de los Rissi y la mente de los Novak. Me delató... y eso solo hace que la quiera más. Sacó un teléfono desechable y marcó un número. —Plan B. Activen el protocolo de la universidad. Si no puedo tenerla en mi refugio, la tendré frente a todo el mundo. Y preparen el "regalo" para el tío Marcos. Es hora de que las familias empiecen a caer. Leo llevó a Clara de vuelta al penthouse. La manada estaba allí, todos exhaustos pero con una sensación de victoria agridulce. Sabían que el acosador seguía libre, y que ahora era más peligroso que nunca porque se sentía humillado. Leo sentó a Clara en el sofá y le trajo una manta. Se arrodilló frente a ella, tomando sus manos. —No te voy a dejar sola ni un segundo más, Clara —dijo Leo, su voz profunda y decidida—. De ahora en adelante, el "Dante" de la universidad se acabó. Mañana entraré contigo de la mano. Que todo el mundo sepa que eres mía. Que él sepa que si quiere volver a intentarlo, tendrá que pasar por encima de mi c*****r. Clara asintió, pero en su mente seguía dándole vueltas algo. El acosador sabía cosas que solo alguien muy cercano podría saber. Miró a Leo, y luego a Brandon. —Él me dijo que tú eras la razón de mi peligro, Leo —susurró ella—. Y aunque sé que lo dijo para manipularme... él hablaba como si nos conociera de toda la vida. Leo apretó la mandíbula. —Lo encontraremos, Clara. Y cuando lo haga, le enseñaré lo que pasa cuando tocas el legado de un genio.
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