La mañana en Cambridge nació envuelta en una bruma dorada, como si el mismo cielo hubiera decidido darle una tregua a los corazones atormentados de Leo y Clara. En el penthouse, el silencio ya no era tenso ni cargado de códigos binarios; era un silencio cálido, interrumpido solo por la respiración acompasada de dos personas que habían decidido, al menos por unas horas, que el mundo exterior no existía.
Leo despertó primero. Se quedó inmóvil, observando a Clara dormir a su lado. La luz del sol se filtraba por los ventanales, encendiendo su cabello rojo como si fuera una brasa viva sobre la almohada de seda negra. Por primera vez en años, Leo no estiró la mano hacia su teléfono para revisar los servidores de seguridad. No pensó en algoritmos, ni en el acosador, ni en las amenazas que acechaban en las sombras de la universidad. Solo pensó en ella.
Se acercó con cuidado y le besó el hombro desnudo, sintiendo la suavidad de su piel bajo sus labios. Clara se movió entre sueños, soltando un suspiro de satisfacción, y abrió esos ojos miel que eran el único refugio de Leo.
—Buenos días, mi pequeña —susurró él, apartándole un mechón de pelo de la frente con una ternura que habría escandalizado a cualquier Novak.
—Dime que no soñé lo de anoche —respondió ella con la voz ronca, estirándose como una gata.
—No fue un sueño, Clara. Y hoy... hoy voy a demostrarte que eres lo único que importa. Ni los números, ni el legado, ni el apellido. Solo tú y yo.
En la cocina, la escena era digna de una película que nadie creería. Brandon, Ian, Nick, Sam y Toby estaban allí, pero no había tensión táctica. Ian estaba preparando panqueques, mientras Brandon ayudaba a poner la mesa con una torpeza graciosa.
—¡Hey, miren quién decidió bajar de su nube! —exclamó Brandon cuando vio aparecer a Leo y Clara tomados de la mano.
Clara se veía radiante. Llevaba una de las camisas de Leo, que le quedaba enorme pero la hacía ver más hermosa que nunca. Leo, por su parte, vestía ropa informal, sin su habitual chaqueta de cuero, con una expresión relajada que sus amigos nunca le habían visto.
—Huele increíble, Ian —dijo Clara, sentándose a la mesa mientras los chicos se deshacían en atenciones—. ¿Toby, puedes pasarme el jugo?
—¡Claro, jefa! Lo que usted diga —respondió Toby con una sonrisa de oreja a oreja.
Leo observó a su manada. Estos chicos, que habían empezado siendo rivales o simples compañeros de clase, se habían convertido en sus hermanos de armas. Brandon le puso una mano en el hombro y le susurró:
—Hoy nos encargamos nosotros, hermano. Relájate. El equipo tiene ojos en todo el campus. Nadie se va a acercar a ella a menos de diez metros. Disfruten su día.
Leo asintió, sintiendo un peso levantarse de su pecho. La lealtad de Brandon era el regalo más grande que Cambridge le había dado, aparte de Clara.
A las diez de la mañana, llegaron a la universidad. Pero esta vez, no fue una entrada de incógnito. Leo estacionó su deportivo n***o justo frente a la puerta principal de la facultad de artes. Se bajó, dio la vuelta y le abrió la puerta a Clara con la elegancia de un príncipe.
Cuando caminaron por el sendero principal, el tiempo pareció detenerse. Leo no caminaba por delante de ella; caminaba a su lado, con el brazo rodeando su cintura de forma protectora, reclamándola ante el mundo.
Los estudiantes se detenían a mirar. Los susurros corrían como pólvora. "¿Esos son Dante y Clara?", "¿Vieron cómo la mira?", "Parecen intocables".
Detrás de ellos, a una distancia respetuosa pero letal, caminaba la Manada. Brandon lideraba el grupo, con sus hombros anchos y su mirada de capitán, dejando claro que cualquiera que tuviera una intención oscura se encontraría con un muro de hierro. Nick e Ian llevaban sus auriculares, monitoreando el ambiente, pero con una actitud relajada que desarmaba a cualquiera.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Leo a Clara, sintiendo cómo ella se apretaba más a él.
—No —respondió ella, mirando hacia arriba con orgullo—. Con ellos detrás y tú a mi lado, siento que podría conquistar el mundo.
—No necesitas conquistarlo, Clara. El mundo ya es tuyo si así lo quieres.
Llegaron a la plaza central, donde los estudiantes solían reunirse entre clases. Leo se detuvo y, frente a cientos de personas, tomó el rostro de Clara con ambas manos. La miró con una intensidad que hizo que a ella le temblaran las piernas.
—Escúchenme todos —dijo Leo, elevando la voz lo justo para ser escuchado, pero con una autoridad que mandó a callar a la multitud—. Clara Rissi no es solo una estudiante más. Es mi mujer. Y desde hoy, quien se atreva a enviarle un mensaje, a seguirla o incluso a mirarla de una forma que ella no desee, se las verá conmigo. Y creanme... no quieren conocer ese lado de un Novak.
El silencio fue sepulcral. Brandon dio un paso al frente, cruzándose de brazos, reforzando la amenaza silenciosa de su amigo. Fue una declaración de amor y de guerra al mismo tiempo.
Clara sintió una oleada de felicidad pura. El miedo que la había perseguido durante meses se evaporó. Ya no era la presa; era la reina del tablero, protegida por el jugador más inteligente del mundo.
El resto del día fue un torbellino de emociones hermosas. Leo cumplió su promesa de dejar de lado los números. Durante el almuerzo en un pequeño restaurante italiano cerca del campus, Leo no miró su computadora ni una sola vez. Hablaron de sus sueños, de lo que harían cuando terminara el semestre, de los viajes que querían hacer.
—Quiero llevarte a una cabaña en Italia, Clara —dijo él, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Un lugar donde no haya señal de celular, donde el único código que importe sea el de nuestras miradas.
—¿El gran Leonardo Novak sin internet? No creo que aguantes ni una hora —se burló ella con dulzura.
—Por ti, aguantaría una eternidad en el desierto —respondió él con una seriedad que la dejó sin aliento.
Mientras tanto, en una mesa cercana, Brandon y Sam vigilaban el lugar mientras devoraban pizzas gigantes.
—Mira a ese idiota —susurró Sam, señalando a Leo—. Está totalmente perdido por ella. Quién lo diría, el lobo solitario terminó siendo un perrito faldero.
—Cállate, Sam —rio Brandon—. Se lo merece. Ha pasado por mucho. Y ella es la única que puede mantenerlo cuerdo. Si ellos son felices, nosotros estamos bien. Ese es nuestro trabajo ahora: proteger esa felicidad.
Por la tarde, Leo llevó a Clara al jardín botánico de la universidad, un lugar que ella amaba pero que evitaba por miedo a ser observada. Brandon y los chicos se quedaron en el perímetro, dándoles privacidad pero sin bajar la guardia.
Caminaron entre orquídeas y helechos milenarios. Leo se detuvo frente a una fuente y sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo. Clara contuvo el aliento.
—Leo, ya me diste el anillo...
—Esto es diferente —dijo él, abriendo la caja. Dentro había un colgante de oro blanco con una pequeña piedra de ámbar que brillaba como los ojos de ella—. No es un rastreador, no tiene GPS, no tiene micrófonos. Es solo una joya. Es un regalo de un hombre a la mujer que ama. Quiero que cuando lo mires, recuerdes que hoy fuimos libres. No por la tecnología, sino por nosotros mismos.
Clara dejó que él se lo pusiera, sintiendo el metal frío contra su piel cálida. Se dio la vuelta y lo abrazó, hundiendo su rostro en su cuello.
—Te amo, Leo. Gracias por hacerme sentir que soy más que un problema que resolver.
—Eres la solución a todo lo que estaba mal en mi vida, Clara —susurró él, aspirando su aroma a vainilla y fresas.
Lejos de allí, en los pasillos oscuros de la biblioteca, el acosador observaba desde lejos a través de unos binoculares de alta potencia. Sus manos temblaban de furia contenida al ver la sonrisa de Clara, esa risa que él sentía que le pertenecía solo a él.
—Disfruta tu día de gloria, Novak —susurró el acosador, su voz una serpiente de veneno—. Cree que puedes protegerla con tus amigos de fútbol y tus joyas de oro. No entiendes nada. Cuanto más alto subas en tu felicidad, más dolorosa será la caída cuando te la arrebate frente a todos.
Pero el acosador estaba cometiendo un error fatal. Al centrarse tanto en su odio, no se dio cuenta de que Ian y Nick habían sembrado el campus con nuevos sensores que detectaban movimientos erráticos. La red se estaba cerrando, pero Leo no quería saberlo hoy. Hoy, el genio era solo un hombre enamorado.
Al caer la noche, regresaron al penthouse. La Manada se despidió en la entrada, prometiendo estar allí a primera hora de la mañana. Brandon se despidió con un choque de manos con Leo.
—Buen trabajo hoy, hermano. Mañana volvemos al modo táctico, pero hoy... hoy ganamos —dijo Brandon antes de marcharse con los demás.
Leo y Clara subieron al piso superior. Él no encendió las luces; la ciudad de Cambridge brillaba a sus pies a través del cristal. Leo puso música suave, una melodía de piano que llenó el espacio de una sensualidad tranquila.
La tomó de la cintura y empezaron a bailar lentamente en medio de la sala. No había prisa, no había miedo. Solo el roce de sus cuerpos y el sonido de sus corazones latiendo al unísono.
—¿Eres feliz, Clara? —preguntó él, besando su sien.
—Soy la mujer más feliz del mundo, Leo. Porque por primera vez, siento que no tengo que esconderme. Siento que el apellido Rissi y el apellido Novak no son una carga, sino solo una parte de nuestra historia. Lo que realmente importa es esto que sentimos.
Leo la detuvo y la miró fijamente. En ese momento, dejó de ser el chico brillante que podía hackear la seguridad nacional. Era simplemente Leonardo, el hombre que daría su vida por ella.
—Te prometo algo, Clara —dijo con voz solemne—. No importa lo que pase mañana, no importa cuántas sombras intenten alcanzarnos. Este día es nuestro. Y voy a luchar cada segundo de mi existencia para que todos tus días sean así. Eres mi reina, y yo soy tu servidor más leal.
Se besaron con una pasión renovada, pero con una ternura que dolía. Era un beso que sellaba un compromiso que iba más allá de cualquier contrato o alianza familiar. Era el amor puro de dos almas que se habían encontrado en medio del caos.
Esa noche, mientras dormían entrelazados, Leo tuvo un sueño. No soñó con pantallas verdes ni con códigos de error. Soñó con un campo de flores rojas y Clara corriendo hacia él, libre de sombras. Y por primera vez en su vida, Leonardo Novak durmió con una sonrisa en los labios, sabiendo que, aunque la guerra aún no terminaba, él ya había ganado la batalla más importante: el corazón de la mujer que amaba.
Afuera, el mundo seguía girando, y el acosador seguía planeando su próximo movimiento, pero dentro de esas paredes, el amor era la única ley. La reina estaba a salvo, y el lobo estaba en paz.