La tarde de domingo había pasado tranquila y silenciosa. No habíamos entablado mayor conversación que algún que otro comentario al respecto del documental que veíamos pasar en la televisión, y como respuesta del otro algún asentimiento con la cabeza o una pequeña risita. Nos mantuvimos de esa forma por un buen par de horas hasta que finalmente, nos habíamos quedado dormidos ante la comodidad del calor ajeno y lo agotados que aún se mantenían los cuerpos buscando eliminar aún el alcohol de nuestro torrente sanguíneo. No había tocado mi teléfono en todo ese transcurso de tiempo, ni tampoco estaba muy segura de querer hacerlo. Tampoco era consciente de la hora, como si tan sólo el tiempo volara de manera arbitraria mientras yo me encontraba transcurriéndolo despreocupada y desinteresadamente.

