Él
Nunca me han gustado los lugares públicos.
Demasiado ruido. Demasiadas sonrisas ensayadas. Demasiadas personas fingiendo virtud bajo luces que solo iluminan la hipocresía y sin embargo, desde hace un año no he faltado a una sola.
Por eso estoy aquí, en Washington, dentro del gran teatro, rodeado de terciopelo rojo, columnas antiguas y lámparas de cristal que proyectan sombras largas sobre el mármol. Ajusto la corbata mientras el murmullo del público llena el aire y los flashes se disparan desde el foyer.
Porque en algún momento de esta noche…
ella aparecerá.
La única razón por la que vuelvo.La única razón por la que tolero políticos, donantes y aplausos vacíos, la bailarina.
Esa joven de cabello dorado, recogido con una precisión casi cruel, y ojos azules tan claros que parecen irreales bajo la luz del escenario. La primera vez que la vi fue aquí mismo, sobre estas tablas, moviéndose como si el mundo no pudiera tocarla. Como si el ruido, la ambición y la suciedad no existieran mientras ella danzaba.
No sé qué fue lo que me atrapó.Tal vez la disciplina escondida detrás de su fragilidad.
Tal vez la soledad que se le nota incluso cuando todos la aplauden.Tal vez esa pureza que no pertenece a un lugar como este.
Pero desde ese instante… algo en mí se activó.
Algo que no he logrado silenciar.Algo que observa. Que calcula. Que espera.
Ella no lo sabe, nadie lo sabe.
Me mantengo en un palco lateral cuando un asistente se acerca.
—La función está por comenzar, señor —dice en voz baja.
Asiento sin mirarlo. Mi atención está fija en el escenario.
Las luces bajan y el teatro se sumerge en silencio y entonces sucede.
Ella aparece.
Entra al escenario como si no caminara, como si flotara. El tul blanco de su vestuario se abre con cada movimiento, delicado, preciso. Su cuerpo obedece a la música con una devoción absoluta, pero su rostro… su rostro es serio, concentrado, casi triste.
Demasiado joven para cargar con tantas expectativas.Demasiado expuesta para no ser devorada.
Aprieto la mandíbula.
¿Cómo permiten que el mundo la mire así?
¿Cómo no ven lo vulnerable que es?
¿Cómo no entienden que este escenario está lleno de ojos que no merecen verla?
Ella gira, salta, cae con gracia perfecta. El público contiene el aliento. Yo no.Yo la observo como nadie más.No como una bailarina.
No como un espectáculo.
La observo como algo que debe ser protegido.
Cuando por un segundo —solo uno— sus ojos azules se elevan y parecen perderse en la oscuridad del teatro, sé que no me ha visto… pero aun así siento que ese instante me pertenece.
Ya no es admiración, ya no es casualidad, es una certeza.Este mundo es cruel con lo que es bello y ella es demasiado luminosa para sobrevivir sola entre sombras.
No voy a permitir que la rompan.No voy a permitir que la usen.No voy a permitir que la conviertan en un trofeo más.
Porque lo supe desde la primera vez que la vi bailar…Ella es mi ángel y mientras yo exista, este mundo no va a tocarla sin mi permiso.