Nikolaos Konstantino Llegué a Rusia después de varias horas; la distancia entre Grecia y Rusia siempre se me hacía eterna, no tanto por los kilómetros, sino por el peso que cargaba en la cabeza durante el trayecto. El avión descendió entre un cielo gris, espeso, como si Moscú supiera exactamente con qué ánimo llegaba. Apenas puse un pie en la pista, el frío me golpeó el rostro. Ese frío ruso que no solo cala la piel, sino los pensamientos. Ajusté el abrigo oscuro sobre mis hombros y avancé con paso firme, escoltado por dos hombres de confianza de mi tío Takumi. Aquí nada era casual, nada era cordial sin un propósito. —Bienvenido, Zar. —dijo uno de ellos en un ruso impecable—. El Shogun lo espera esta misma noche. Asentí sin detenerme. El trayecto hasta la residencia fue silencioso.

