No podía creer que él estuviera acá. Raúl, mi Raúl. El corazón me dio un salto violento dentro del pecho apenas lo vi de pie frente al escritorio de la directora, tan serio, tan seguro, tan fuera de lugar en ese internado lleno de reglas y silencios. Yo me quedé quieta en la puerta, como si moverme pudiera romper la escena. —Mi madre nos está esperando para celebrar el cumpleaños de Alaska… —Miente Raúl con voz firme, educada, mientras extiende un papel—. Aquí tiene la autorización de mi hermano Daniel. La directora ajusta sus lentes y toma el documento con cuidado, leyéndolo despacio, como si buscara un error entre líneas. —Señor Harrington, su hermano no me ha llamado —dice ella, levantando la vista apenas, con tono desconfiado. Raúl no pierde la calma. Ni siquiera parpadea. —Ha est

