Luego de cenar nos fuimos a acostar. Yo me quité la ropa en el baño con movimientos lentos, todavía con el pulso acelerado, y me puse una camisa de Raúl: grande, suave, con su olor. Al salir, él me esperaba con unos pantalones de dormir, apoyado en el marco de la cama, observándome como si el mundo se hubiera reducido a ese instante. Me abrazó de la cintura desde atrás, firme pero cuidadoso, como si al mismo tiempo quisiera protegerme y no soltarme jamás. Sentí su respiración en mi cuello, cálida, constante. Princesa se acomodó en nuestras piernas, reclamando su lugar, y Raúl sonrió apenas, esa sonrisa que solo muestra cuando baja la guardia. —Me quieres, Raúl… —indagué en voz baja, apoyando mis manos sobre las suyas, entrelazando los dedos. Él inclinó la cabeza y dejó un beso lento en

