Alaska
Me duché deprisa, dejando que el agua caliente se llevara el sudor del entrenamiento y, con él, parte del enfado. Me quité la ropa y me puse una blusa y una falda corta, sencilla pero favorecedora. Dejé mi cabello suelto, cayendo libre sobre los hombros, y me perfumé un poco; lo justo. No quería exagerar.
Debía ser muy rápida, después dejé mi móvil, como cada vez que salgo con él, para no ser rastreada por Daniel y sus hombres. Era ya casi un ritual silencioso, una pequeña rebeldía que nadie notaba… salvo nosotros.Muchas veces me he escapado con Raúl en Polonia.
Él es la única persona que me visita allí, además de las cuatro visitas al año de mi familia. No hacemos nada malo: únicamente paseamos, patinamos en la nieve, hablamos durante horas como si el tiempo no existiera. Es nuestro secreto.
Amaya y yo siempre nos cubrimos.Ella me cubre con Raúl y yo a ella con Salvatore. Un pacto tácito, inquebrantable.
Cuando estuve lista, me fui por la zona norte de la mansión, esa parte antigua donde no hay cámaras. Conocía cada paso, cada sombra.
Raúl ya estaba allí. Habló con uno de los escoltas y le dio unos billetes con naturalidad, sin prisa.
—Si alguien pregunta, la señorita Alaska se siente mal y no desea salir de su habitación —dice Raúl con tono firme.
—Entendido, señor Macwail —responde el escolta sin cuestionar nada.
Entonces salimos. Corrimos unos metros hasta la calle, donde ya estaba su coche con sus dos escoltas. Nos subimos atrás con rapidez; el motor arrancó de inmediato.Me acomodé en el asiento, todavía con el pulso acelerado.
—No me has saludado, angelito… —dice él, señalándose la mejilla.
Sonreí y le di un beso allí, suave, cómplice.
—Hola, Raúl —susurré.
Él cerró los ojos un segundo, apenas un gesto, como si ese beso fuera suficiente para justificarlo todo y mientras el coche se alejaba de la mansión, supe que, una vez más, había elegido huir…
Luego de veinte minutos de viaje, el coche abandonó la carretera principal y tomó un camino de tierra flanqueado por árboles altos y descuidados. El ruido de la ciudad quedó atrás hasta desaparecer por completo. Solo quedaba el sonido del motor y el crujir de la grava bajo las ruedas.
El vehículo se detuvo frente a un viejo campo cercado por alambre oxidado. A simple vista parecía abandonado: una construcción baja de madera oscura, un granero antiguo, torres de luz apagadas y una extensión de terreno irregular que se perdía en la distancia.
—¿Aquí…? —pregunté, bajando del coche y observando a mi alrededor.
Raúl salió detrás de mí y cerró la puerta con calma.
—Aquí —confirmó.
Caminó unos pasos, las manos en los bolsillos, mirando el lugar con una atención distinta, calculadora.
—Lo adquirí hace poco —explicó—. Oficialmente es una propiedad rural sin valor. Para la mayoría de la gente, no es más que un campo viejo.
Se giró hacia mí. —Para mí, es un lugar de entrenamiento.
Fruncí ligeramente el ceño, intrigada. —¿Entrenamiento de qué?
Raúl señaló el terreno. —Resistencia, control. y precisión.
Hizo una pausa.
—Aquí no hay cámaras, no hay curiosos, no hay protocolos. Nadie viene sin mi permiso.
Caminamos unos metros más hasta llegar a una zona despejada del campo. Allí, perfectamente ordenados sobre mesas de madera y soportes metálicos, había diferentes armas, limpias, cuidadas con una precisión casi reverencial. Había arcos, flechas alineadas por tamaño, protectores, dianas al fondo y otros equipos que no reconocí de inmediato.
Me detuve, observándolo todo con atención.
Raúl se colocó a mi lado. —Elige —dijo—. Lo que quieras.Lo miré un segundo y luego avancé sin dudar.
—El arco —respondí—. De madera laminada, tensión media. Flechas de carbono con punta estándar.
Me giré hacia él.
—Es más silencioso, exige control del cuerpo y no depende solo de la fuerza.
Una sombra de orgullo cruzó su mirada. —Te he enseñado bien.
Tomé el arco con cuidado, comprobé la cuerda, el equilibrio, la postura. Me coloqué frente a la diana, separé los pies, respiré hondo.
Entonces él se acercó.Sentí su presencia antes de sentir sus manos. Me agarró de la cintura, firme pero preciso, y acomodó mi posición con movimientos mínimos, profesionales. No había prisa. No había duda.
—Relaja los hombros —murmuró—. Confía en el equilibrio, no en la tensión.
Su voz estaba muy cerca de mi oído, baja, concentrada. —Mi padre me enseñó algo —susurró—. Siempre que tomes un arma, asegúrate de una cosa.
Tragué saliva. —¿Cuál?
Ajustó apenas mi postura, un último gesto. —De que estás dispuesta a disparar.
Soltó mis manos, dio un paso atrás.
Yo respiré, tensé la cuerda con calma, alineé la flecha y, por un instante, todo desapareció: el apellido, la mansión, la vigilancia, las expectativas.
Solté y la flecha salió limpia y se clavó en el centro de la diana.Raúl no aplaudió. No hizo falta.Solo asintió, satisfecho.
—Nunca dispares si dudas —dijo—. En nada. Ni aquí… ni fuera de aquí.
Bajé el arco despacio, con el pulso firme.
Continué disparando varias veces más. Cada flecha salía con más seguridad que la anterior. Ajustaba la respiración, corregía la postura por instinto, sentía el peso exacto del arco en las manos. Ya no pensaba: ejecutaba.
Raúl observaba en silencio, sin interrumpir, como si cada disparo confirmara algo que ya sabía.
Después fue su turno.Tomó el arco con naturalidad, como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Su postura era firme, precisa, sin un solo movimiento innecesario. Tensó la cuerda, apuntó apenas un segundo… y soltó.
La flecha dio en el centro sin esfuerzo aparente.
No presumió. Solo dejó el arco a un lado.
Me giré hacia él, todavía con el pulso acelerado.
—Muchas gracias por enseñarme —dije—. Por no verme como una muñeca tonta, como mi padre o mis hermanos.
Sus ojos se clavaron en los míos al instante. Serios. Intensos.
—Que seas hermosa como una muñeca —dijo despacio— no te hace tonta.
Se acercó un paso más. —Te hace visible.
Hizo una breve pausa.
—Y lo que es visible, o se protege… o se aprende a defenderse.
Bajé la mirada un segundo. —Ellos solo quieren cuidarme.
Raúl negó despacio.
—No —corrigió—. Quieren controlar lo que no entienden.
Alzó mi barbilla con un gesto leve, apenas un roce.
—Yo no te enseño porque seas frágil, Alaska. Te enseño porque eres capaz.
—¿Tu padre te enseñó todo esto…? —dije, todavía con el arco en la mano—. Pero… ¿no habías dicho que eres solo un empresario?
Nunca he visto a tu familia.
Raúl no pareció molesto por la pregunta. Al contrario. Se tomó su tiempo antes de responder.
—Ya los verás, angelito —me explicó con calma—. Viven lejos.
Caminó unos pasos por el campo, como si ordenar sus pensamientos le resultara más fácil en movimiento.
—Digamos que somos comerciantes —añadió—. Tenemos una empresa que transporta mercancía a Europa y a otras partes de Estados Unidos. Nada que llame la atención si no sabes dónde mirar.
Me giré hacia él. —¿Eso es todo?
Una leve sonrisa cruzó su rostro, apenas un gesto.
—Es suficiente para vivir bien… y para aprender a cuidarse. Como ya te mencioné tengo dos hermanas y un hermano. Una familia grande, ruidosa y complicada.No son como la tuya. No salen en las noticias ni posan para fotos.
—¿Te llevas bien con ellos? —pregunté.
—A nuestra manera —respondió—. En mi familia se enseña a los más jóvenes a no depender de nadie. A saber defenderse. A no ser ingenuos.
Bajé la mirada un segundo. —Ojalá en la mía hicieran eso —murmuré—. En lugar de esconderme.
Raúl me observó con atención. —Tu familia te protege del mundo.La mía me enseñó a sobrevivir en él.
El viento volvió a moverse entre los árboles. El campo seguía silencioso, aislado, como si aquel lugar existiera fuera del tiempo.
—Algún día —añadió— entenderás por qué no todo el mundo puede permitirse ser inocente.
Le devolví la mirada, sintiendo que cada conversación con él me abría una puerta que ya no sabía si quería cerrar. Aprendia muchísimo sobre combate y manipular diferentes armas, sabía que lo hacia por cariño a mi hermano, pero yo cada vez me enamoro más de él. Si Daniel o mi familia se enteran nos separarian para siempre y no puedo permitirlo. Papá seria capaz de arruinar la empresa de su familia o a él mismo, de desparecerlos y lo quiero demasiado, además él no me ve de esa forma.