Capítulo 1: El regreso
Los años han pasado. Los niños dejaron de ser niños y crecieron, mientras que los buenos recuerdos quedaron atrapados en el ayer. Esos momentos que alguna vez te impulsaban a seguir adelante día tras día, son los mismos que ahora se han convertido en ecos lejanos. Al menos así había sido para ella.
La pequeña niña que fue enviada a un convento a la fuerza a los doce años, ahora tenía veinte. A petición de sus padres, regresaba, aunque una parte de ella, en lo más profundo, los extrañaba. Aun así, no podía evitar preguntarse si las cosas seguirían siendo como antes. Aunque sus estudios en el extranjero no implicaban grandes gastos, la delicada situación financiera de la empresa familiar había llevado a sus padres a traerla de vuelta. Lo que jamás imaginó fue que, al regresar, su peor pesadilla comenzaría. Sus sueños se desvanecerían, y sus esperanzas morirían lentamente.
La vida no siempre es justa. A veces te arroja directamente al infierno sin advertencia. Pero cuando eso sucede, solo te queda intentar levantarte y volar. La pregunta es, ¿logrará esta joven renacer de las cenizas o quedará atrapada en ese pozo sin fondo, cayendo dolorosamente, sin final a la vista?
Su cuerpo ya no era el mismo de antes. La niña había crecido y su figura ahora era la de una mujer. Aunque sus ojos seguían siendo tan hermosos como siempre, y sus cabellos dorados no habían cambiado en lo más mínimo, ella ya no era la misma. Había crecido en el anonimato, lejos de su familia, y aunque seguía siendo encantadora, el peso de los años y la distancia la habían marcado.
Cuando bajó del avión y miró a su alrededor, una sensación extraña la envolvió. Sentía que alguien la observaba. Esa sensación, que pocas veces había experimentado, la transportó a su infancia, a un tiempo que la había marcado para siempre.
Una imagen apareció en su mente con una claridad perturbadora: un niño regordete, su mejor amigo. Con ese recuerdo vino un dolor profundo, una melancolía que no había sentido en años. Era alguien a quien nunca había olvidado. Y sin saberlo, lo recordaría por el resto de su vida, ya que él sería el culpable de todas sus desgracias y del infierno que estaba a punto de desatarse a causa de algo que sucedió hace tanto tiempo.
**Vistazo al futuro**
—¡Por favor, déjame ir!
**Fin del vistazo.**
**Fragmento del pasado**
—¡Corre, vamos! —gritaban los niños.
Ellos corrían por el instituto, pero ese día no jugaban como siempre. No, ese día corrían para formar un círculo alrededor del grupo de bravucones que habían encontrado a su próxima víctima.
El bullying se había convertido en algo habitual en la escuela. Nadie hacía nada al respecto, y el miedo de interferir se había instalado en los corazones de todos los que observaban.
Al centro del círculo, un niño regordete sollozaba. Estaba sentado con la cabeza entre las piernas, intentando consolarse a sí mismo mientras los insultos caían sobre él como dagas.
—¡Basura! —gritó uno de los bravucones.
Cada palabra era una herida más en el corazón del pequeño. Todos miraban, pero nadie se atrevía a intervenir. Todos, menos una niña. Ella sentía cómo su corazón se llenaba de indignación. Nunca había soportado ver a otros abusar de los más débiles, y en ese momento supo que tenía que hacer algo.
Se acercó al niño sin vacilar.
—¡Ya basta! —les gritó a los demás, con su pequeña figura plantándose frente a ellos con valentía.
Se agachó hasta quedar a la altura del niño. Le miró a los ojos y, sin decir una sola palabra, le transmitió que no tenía nada que temer. Luego, le ofreció su mano para ayudarlo a levantarse.
Pero el niño dudaba. Temía que si se levantaba, aquellos que lo insultaban pudieran arremeter contra él o, peor aún, lastimar a la niña que había salido en su defensa.
**Fin del recuerdo.**
Oculto en las sombras, un joven sacó su teléfono y, sin dudar, marcó el número dos en su marcación rápida. La llamada se conectó al instante.
—La chica ya llegó a la ciudad —informó con tono sereno.
Del otro lado de la línea, la respuesta fue breve, casi un susurro:
—Síguela.
El joven no hizo preguntas. Sabía que su jefe no toleraba la curiosidad. Colgó la llamada y volvió a enfocarse en su misión, tomando fotos desde la distancia. Mientras observaba a la joven, no podía dejar de notar lo hermosa que le parecía. ¿Por qué su jefe estaba tan obsesionado con ella? Incluso cuando estuvo en el extranjero, la había hecho vigilar.
Toda la semana, el espía siguió cada uno de sus movimientos, desde el aeropuerto hasta su casa. Tomaba foto tras foto, sin detenerse, cumpliendo fielmente su deber, aunque la razón detrás de todo ello seguía siendo un misterio para él.