Capítulo 6: Un callejon oscuro

1026 Palabras
Después de una hora, Eddy y su hombre de confianza llegaron a la ciudad. Eddy tenía pocos aliados cercanos, pero de todos ellos, Luis era el único en quien realmente confiaba. No era solo un hombre leal, era alguien que había estado a su lado desde la infancia, apoyándolo en silencio, sin jamás cuestionar sus decisiones. Eddy sabía que, en el fondo, Luis no siempre estaba de acuerdo con los métodos que empleaba, pero la lealtad de este hombre era inquebrantable. A pesar de su carácter frío y calculador, Luis nunca traicionaría a Eddy. Lo que lo diferenciaba de los otros hombres era su entrenamiento impecable: conocía cada técnica de defensa personal y era un experto en armamento. Si quisiera, podría liderar su propia organización criminal, pero, para Eddy, Luis representaba algo más que un subordinado; era una figura paternal. Aunque Eddy, en su soberbia, jamás lo admitiría en voz alta. Al llegar al destino, Luis le abrió la puerta del auto con una eficiencia acostumbrada. En silencio, le ofreció un vaso de café y lo saludó con un gesto respetuoso. Eddy tomó el vaso sin mirarlo, asintiendo apenas mientras revisaba su celular. Su atención estaba fija en las imágenes de aquella joven mujer que lo obsesionaba. —Luis, comunícame con el espía. Hazlo ahora —dijo con impaciencia, la frustración era evidente en su voz. La falta de nuevas imágenes lo ponía nervioso. Necesitaba saber que todo marchaba según lo planeado. A cada segundo que pasaba sin noticias, temía que su cuidadosa venganza pudiera fracasar. Iba tras ella, y nada podía interponerse en su camino. La llamada fue conectada rápidamente. El espía, al otro lado, no dudó ni un segundo en contestar. Sabía muy bien quién estaba al teléfono y comprendía que cualquier retraso o falta de información podía costarle la vida. El jefe no era conocido por su paciencia. —Señor, disculpe por no enviar fotos antes —la voz del espía sonaba nerviosa—. La joven no ha salido de casa hasta hoy. Apenas logré captar sus movimientos esta tarde. Ahora está en la plaza principal, comprando útiles escolares. Hace un rato estaba con su madre, pero la mujer ya se ha ido. La joven está completamente sola... creo que ha entrado a una hamburguesería. El uso de la palabra "creo" hizo que la furia de Eddy estallara. —¿Crees? Así como tú "crees", yo también creo que te mataré por tu incompetencia —espetó, su voz era fria, llena de ira contenida. Eddy odiaba la incertidumbre. Era un hombre de acción, acostumbrado a que todo se hiciera de inmediato, exactamente como lo había ordenado. No había lugar para el error. Pocos segundos después, las fotos llegaron a su teléfono. Imágenes de la joven en una hamburguesería. Junto a las fotos, una disculpa innecesaria que decidió ignorar. A lo lejos, el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un suave naranja que se reflejaba sobre el mar. Era una escena idílica, el tipo de vista que las parejas enamoradas disfrutaban mientras se tomaban de la mano y reían sin preocupaciones. La plaza estaba cuidadosamente diseñada para resaltar la belleza de los rosales que adornaban sus alrededores. Los colores vibrantes de las flores y el cálido brillo del atardecer creaban el escenario perfecto para el romance. La joven, al pasar por los pasillos de la plaza, suspiraba al ver a las parejas felices. La envidia y el anhelo se entrelazaban en su pecho. Creía en el amor, en esas historias de cuentos de hadas donde dos almas se encontraban entre flores y promesas eternas. Pero su destino no era amor. No habría tulipanes ni sonrisas para ella. Solo la aguardaban odio y venganza. Desde lejos, el espía la observaba. Su teléfono vibró en su bolsillo. Era Eddy. Solo una frase atravesó la línea con una frialdad que helaba los huesos: —Ya sabes qué hacer. El espía colgó. Durante un breve instante, sintió una punzada de lástima por la joven. La había estado siguiendo durante tanto tiempo que había llegado a notar algo dulce en ella. La sonrisa con la que observaba a las parejas era genuina, llena de sueños. Pero sabía que esos sueños estaban a punto de convertirse en pesadillas. No podía desafiar las órdenes de Eddy. Si lo hacía, moriría. La joven, ajena a todo, continuaba divagando por la plaza, perdida en sus pensamientos. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el cielo ya comenzaba a oscurecer. La realidad la golpeó: era tarde, y su madre se preocuparía si no volvía a casa pronto. Apresuró el paso, dirigiéndose al estacionamiento donde esperaba encontrar a su chofer. Sin embargo, no importaba cuánto buscara, el auto mostaza no estaba en ninguna parte. Su frustración creció. ¿Cómo podía haber desaparecido? Recordando la ubicación de la parada de autobuses, decidió dirigirse allí antes de que saliera el último. No le molestaba tomar transporte público. En sus años en el extranjero, había aprendido a adaptarse, viajando en autobuses como cualquier otra persona. Las monjas que la cuidaban le daban lo justo para los transportes cuando le tocaba hacer las compras. Sin embargo, una sensación inquietante la asaltó. Desde que había llegado a la ciudad, no podía deshacerse de esa sensación de ser observada, como si alguien la siguiera en las sombras. El temor hizo que acelerara el paso, pero lo que más la inquietaba era la soledad de las calles. No había nadie alrededor, lo que le parecía aún más extraño. Y para llegar a la parada de autobuses, tenía que atravesar un callejón oscuro. Por un momento, pensó en dar la vuelta y pedir un taxi, pero había gastado casi todo su dinero en las compras. Al llegar a la mitad del callejón, unos hombres emergieron de entre las sombras. Salieron de detrás de cajas apiladas, rodeándola rápidamente. Sus palabras eran sucias, cargadas de lujuria. La observaban como depredadores, destacando la belleza de su cuerpo, pero no con admiración, sino con un deseo escalofriante. Intentó retroceder, pero otro hombre bloqueó su salida, sonriendo con crueldad. —No vas a ningún lado —dijo, su voz era como un veneno goteando lentamente.
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