4. Sacrificios

1370 Palabras
Eva Mi madre entre sus pocos consejos me dijo que los celos son un arma mortal. Jamás había vivido una escena de celos, los había visto, sí, en las novelas dramáticas de la tarde, pero vivido como tal, jamás. Y a diferencia de las protagonistas esto no me gustaba ni un poquito. —¡Aléjate de mi mujer! —habló entre diente con tanta cólera que la saliva salía entre éstos. Intenté sacar mi escuálido brazo de su agarre pero no funcionaba y sin quererlo me lastimaba. —¡Suéltala imbécil! —contratacó Clark agarrándolo de la camisa. —¡A mi no me dices que hacer! —me empujó hacia atrás haciéndome trastabillar y cayendo sobre mis nalgas raspándome mis manos en el proceso. El ardor picó mis ojos pero aparté las lágrimas poniéndome de pie con prisa. —¡Paren! —gimotee al ver como esos dos hombres compartían puñetazos y patadas. Tapé mi boca con ambas manos al evidenciar la fuerza de Theodorus. Estaba encima de Clark magullando su rostro entre puñetazo y puñetazo cegado por la ira y los celos. —¡Basta Theodorus! —patee el piso impotente por mi incapacidad para apaciguar su furia. Hasta que se cansó al ver que el hombre debajo de él no respondía, solo se limitaba a quejarse y respirar como podía. Estaba aterrada y ya varias lágrimas escapaban de mis ojos. En el mismo momentos que mi futuro esposo se ponía de pie limpiando su boca y sonriendo malignamente me abalancé hacia Clark. —Clark —sollocé y escuché a Theodorus reír —, Clark por favor —moví un poco su cuerpo y él respondió haciéndome sonreír. —Mi … dulce … —¡Ay por favor! —Theodorus volteó sus ojos burlándose de éste asunto. —¡Alguien que llame a una ambulancia! —grité a todos hasta que por fin salieron de su estupor y comenzaron a ayudar al pobre malherido. —Ya basta —me jaló de mi brazo poniéndome de pie y fijando mi mirada en la suya —, eres mi mujer, debes de preocuparte exclusivamente por mí —apreté mi dentadura. —Todavía no soy tu mujer —me zafé de su agarré y volvió a tomarme aún más duro. —¿Ah sí? Pues eso lo vamos a cambiar —me sacó de la plaza. Me arrastró hasta nuestra casa mientras constantemente miraba hacia atrás, mientras la ambulancia llegaba, mientras lo subían a ella y se llevaban a ese buen hombre yo era arrastrada por … mi futuro amor. « Clark » Sollocé y pegué un brinquito al volver a la realidad y sentir como la puerta de nuestro hogar era azotada. « Nuestro » Me abracé al querer estar en cualquier lado menos allí. —Estoy impresionado —suspiró quitándose su camisa con afán —, ¿esperabas que saliera para meterte en la cama de otro hombre? —se burló. —¿Qué? ¡No! —Claro —alzó sus hombros para restarle importancia —, yo igual también lo hago —abrí mis ojos de par en par. —¿Qué? —dejé caer mis brazos al costado de mi cuerpo y lo seguí hasta la habitación —¿Qué has dicho? —Que tengo otra … otras mujeres —se corrigió como si fuese relevante el hecho de ser plural. No sabía que pensar o que sentir, ni siquiera sabía si en ese preciso momento podía sentir algo. —¿Por … qué? —mi labio inferior temblaba mientras él sonreía. —Porque tu aún no puedes complacerme como una verdadera mujer —se lamió los labios —¿o quieres hacerlo? —Pero … —volví a abrazarme para encontrar calor, o tal vez apoyo —dijiste que esperarías, que tendríamos un tiempo de noviazgo y después … —chasqueó la lengua interrumpiéndome. —Tengo necesidades Eva —se acercó a mí con paciencia y tomó mi rostro entre sus mano, cosa que me producía miedo —, necesidades de un verdadero hombre que son insaciables —, no puedo esperar toda la vida —tragué saliva y apreté más mi agarré enterrándome mis propia uñas en mis brazos. —Yo … —¿Si? —empezó a acariciar mis mejillas. Tenía tanto miedo, estaba tan confundida y mis pensamientos no dejaban de rebotar entre Clark y el presente. —Yo … —el suspiro volteando los ojos y alejándose. El amor no es como en los cuentos de hadas, el amor duele, te hace sufrir, te obliga a sacrificar tus cosas más valiosas, todo por un futuro mejor. ¿Verdad? —Acepto —atrapé mi labio tembloroso entre mis dientes y caminé hacia él. Sentado en la cama, con su cuerpo recargado en sus manos y sus piernas abiertas. Un lobo hambriento sonrío y repaso mi cuerpo con deseo, mientras yo le entregaba hasta mi alma. Todo por un futuro mejor, ¿verdad? Theodorus no paró en toda la noche, no saciaba su hambre voraz. Tenía moretones y marcas por todo el cuerpo que según él solo demostraba que ahora era completamente suya. Suspiré al reflejo de una destruida Eva, ese espejo mostraba lo lastimera que era, pero sonreí. Fingí mi más grande sonrisa y me vestí con prendas que solo dejaban a la luz mis manos y mi cara. El amor propio arregla lo que otras personas puedan romper, eso lo tenía más que claro, así que me puse lo más bella que podía y salí mirando para todos lados. Paranoica, tal vez, pero no quería que Theodorus se enterara a donde iba, así que evitaría que algún conocido me reparase y llegaría si o sí a mi meta. Loca, más que claro, pero así como el amor propio es un confort, el amor verdadero eliminaría huellas de una fachada nada más. Allí estaba caminando a paso seguro hasta la habitación del hospital donde se encontraba Clark. Tomé varias respiraciones profundas y entré tragando saliva. Fue una sorpresa para ambos y nos quedamos en absoluto silencio solo mirándonos. Su rostro estaba hecho un desastre pero no tenía nada más, excepto por un glorioso cuerpo esculpido por el mismo Dios de la creación. Clark se encontraba empacando sus cosas, posiblemente ya de alta para ir a su casa, con su camiseta entre sus manos y su torso desnudo me sonrío y yo cerré con seguro. —No esperaba verte. —Y yo no esperaba venir —inhalé y exhalé con fuerza. —Eva yo … —se removió su cabello nervioso. —No creo que nos podamos volver a ver —él asintió con una sonrisa triste. —Me iré de la ciudad —abrí mis ojos de par en par. —¿Qué? —Eres demasiado buena para esa basura Eva —se aproximó a mí tomando una de mis manos entre la suya —, su familia es peligrosa y me amenazó —cerré los ojos aguantando las lágrimas. —Lo siento tanto Clark —volvió a sonreír para limpiar una lágrima rebelde. —Escapemos, vámonos para siempre —ahora fue mi turno de reír aun llorando. Que contradicción, reír mientras la tristeza te inunda. —No puedo —él asintió alejándose un paso y soltándome, inmediatamente el dolor en mi pecho aumento —, pero podemos escapar por un breve momento —volví a tragar saliva. Esa sensación en mi pecho me advertía que no estaba bien, que solo iba a causarme más dolor pero … me había entregado a alguien que me obligaba a amar, ¿por qué no hacerlo a quien verdaderamente se robó mi corazón? Y la diferencia era tan grande que mi subconsciente me preguntaba una y otra vez por qué no me escapaba con él, que era lo mejor, que estaría mejor. Su delicadeza, su pasión, su toque, el deseo que sentí. En una camilla de una habitación de hospital fui la mujer más feliz y la más triste al mismo tiempo. Besó cada moretón con su mandíbula apretada, juró vengarse, juró amarme, y yo lo hice también. Y al despedirnos ninguno volvió a mirar atrás, menos yo, que sabía al averno al que me dirigía.
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