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La hija de las sombras

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Descripción

Nyra ha vivido toda su vida en las sombras, huyendo de un pasado que la condena y de un linaje que la marca como un peligro para todos. La traición ha sido su única compañía, la soledad, su única certeza. Hasta que sus pasos la cruzan con Zareth, el guerrero más temido, el hombre que juró no entregar jamás su corazón y que, sin saberlo, estaba destinado a ser su guardián.

Entre batallas, secretos y heridas imposibles de sanar, nacerá una conexión tan feroz como el fuego que los habita.

Juntos enfrentarán guerras, criaturas que desafían la muerte y profecías que laman por destruirlos.

Pero el mayor desafío no será la espada ni la magia.

Será aprender a confiar. A quedarse. A amar sin condiciones.

Porque cuando las puertas del Sur caigan y lo que duerme despierte, solo el amor será su mayor fuerza.

Y juntos

Juntos serán imparables.

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Capítulo 1
Nyra Umbrathiel siempre tiene frío. Incluso cuando el sol intenta colarse por los vitrales viejos, el aire se siente denso, como si respirara los recuerdos de alguien más. Todo aquí huele a tiempo detenido. A soledad. Despierto antes del alba, como cada día. No porque quiera, sino porque mi cuerpo ya no confía en los sueños. Me siento en el borde de la cama y estiro la mano hacia la caja de madera. Tallada con símbolos antiguos, de esos que Elda no me deja leer. La abro con cuidado. Las pastillas están alineadas como soldados en formación. Tomo una. Sabe amarga, pero es la única forma de mantener a raya el temblor que me habita. No tengo miedo o tal vez lo tengo tanto, que ya se me volvió parte del cuerpo. Solo sé que cada día pesa más sostenerme. Como si en cualquier momento pudiera dejar de hacerlo. Y nadie se daría cuenta. Camino descalza por las baldosas frías. Bajo a la cocina, siempre vacía. Elda deja mi desayuno envuelto en lino: pan de raíz, sopa sin sal. Nadie me espera. Nadie me habla. Y yo, como buena sombra, no interrumpo el silencio. “No fui creada para ser vista. Solo para existir en lo oculto.” Cuando el crepúsculo comienza a deshacerse en los árboles. Me encierro en la biblioteca. Mi refugio. Libros polvorientos. Historias que no me pertenecen. Hadas que vuelan, reinos que arden, héroes que salvan; Nadie como yo. Yo solo observo desde las grietas. No soy protagonista de nada. Solo el secreto enterrado al fondo de una historia que nadie se atreve a escribir. Cierro el libro que no me llena con un suspiro lento. Otro final que no me toca. Mis ojos bajan, como siempre, hacia mi muñeca. Aburrida. Vacía. Pensando en nada… hasta que la veo. Ahí está. La marca. Esa espiral suave, casi imperceptible, pero tan antigua como mi primera respiración. Nunca ha desaparecido. A veces brilla, como si recordara algo que yo no puedo alcanzar. Como si supiera un secreto que mi cuerpo sí conoce, pero mi mente ha olvidado. No sé por qué la tengo. No hay registros. Ningún libro la menciona. Elda, cuando la ve, guarda silencio. Como si callar fuera más seguro que responder. Solo sé que ha estado ahí desde siempre. Y que a veces, cuando todo está en calma, me da la sensación de que me pertenece y al mismo tiempo, de que no debería estar en mí. Me siento en el alféizar, con las rodillas pegadas al pecho y la frente contra el cristal helado. Afuera, el bosque muerto parece respirar conmigo. Un suspiro largo, agrietado. Nada florece en Umbrathiel. Ni flores. Ni promesas. Solo ramas negras que arañan el cielo y una niebla tan espesa que a veces creo que podría tragarme. Dibujo espirales invisibles sobre el vidrio. Siempre termino haciendo la misma forma, aunque jure que no voy a repetirla. Mis dedos la trazan como si la conocieran desde antes que yo tuviera nombre. —No deberías estar tan cerca de la ventana —dice Elda al entrar, con esa voz que parece hecha de hojas secas. Lleva su bandeja de siempre: pan que cruje como hueso viejo, caldo espeso y una flor marchita. Siempre deja una. Una flor que muere apenas toca esta habitación. Como todo lo que entra aquí. —Nadie me ve —murmuro, sin mirarla—. Nunca lo hacen. Escucho el golpe suave de la bandeja sobre la mesa. Luego, un silencio cargado. Casi un reproche. —Precisamente por eso —responde ella, y esta vez su tono es más bajo, como si lo que viene no quisiera ser oído ni por la casa. Porque el día que lo hagan será demasiado tarde. Trago saliva. Mis dedos se congelan sobre el vidrio. Pero no me doy vuelta. No le doy eso. —¿Demasiado tarde para qué? Ya conozco la respuesta. Pero quiero oírla. Necesito que alguien la diga en voz alta, aunque sea solo una vez. Elda no contesta. La escucho girar hacia la puerta. Pero antes de irse, lanza una última frase. La deja caer como si fuera una piedra dentro de mi pecho. —Las cosas que crecen en las sombras rara vez florecen sin destruir algo. Y se va. Dejándome con el olor del caldo, el crujido del pan y esa flor, que parece estar pudriéndose más rápido de lo normal. Como si supiera algo. Como si sintiera lo que se avecina. A veces me pregunto cómo se sentiría no contenerla. Soltar la magia. Romperme en mil pedazos de luz y sombra. Dejar que el poder arrase con todo. Incluso conmigo. ¿Es así es como terminan los monstruos como yo? En silencio. Solos. Con las manos temblando por no haber sido amados nunca. Hay noches en que me acuesto deseando no despertar. No porque quiera morir. O eso trato de creerme. Porque aveces no sé cómo seguir existiendo sin romperlo todo. Y sin embargo cada mañana abro los ojos. Como si mi cuerpo aún no se diera por vencido. Como si algo en mí , algo pequeño, torpe, cansado, aún quisiera quedarse. ¿Y sería tan malo, desear que todo esto termine ya?

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