Nyra
Lo escuché antes de que nadie lo dijera.
Un crujido.
No como el del viento entre los muros, ni el de las vigas viejas del castillo. No.
Este fue distinto. Profundo. Preciso.
La puerta principal.
Abriéndose.
Los pasos llegaron después.
Lentos. Firmes.
Cada uno golpeando el suelo de piedra como si le arrancara un secreto.
—No —susurró Elda. Su rostro palideció—. No puede ser.
No pregunté. El miedo no necesita explicación. Solo reacción.
Me tomó del brazo y tiró de mí con más fuerza de la que yo pensaba que tenía.
Corrimos por un corredor angosto, las sombras cerrándose detrás.
Los pasos seguían allá abajo, avanzando como si el castillo mismo les indicara el camino.
—Rápido —jadeó Elda—. Por aquí.
Nos detuvimos frente a un muro cubierto de musgo. Inofensivo.
Hasta que ella presionó una piedra oculta.
Un clic seco. Un susurro de siglos.
Y el muro se abrió como si exhalara.
Entramos. Una cámara secreta. Oscura, angosta, olvidada.
Elda cerró la compuerta. La piedra volvió a su lugar, y con ella, la luz desapareció.
Solo quedaban los pasos. Ahora en el piso de arriba.
Mi cuerpo se pegó a la pared fría. Sentía mi corazón golpearme dentro como si quisiera escapar de mí.
Respirar dolía.
Y él estaba tan cerca.
No sabía quién era.
Pero lo sentía.
Un aura que no se explicaba, que simplemente era.
Oscura. Intensa. Como si el castillo entero le reconociera.
—¿Quién es? —pregunté, con la voz hecha cenizas.
Elda no respondió de inmediato.
Solo susurró, como si el aire mismo pudiera delatarnos:
—La pregunta no es quién.
Es a qué vino.—
Los pasos resonaban cada vez más cerca. Uno. Otro. Otro más. Como un tambor de guerra golpeando el suelo de piedra.
El eco subía por las paredes y bajaba por mi columna como una descarga.
La cámara era pequeña, demasiado. El aire estaba viciado. O tal vez era yo, con los pulmones encogidos por el miedo.
Mi respiración se aceleró desbocada. Lo sentía en el pecho, punzante, como si algo me estuviera perforando desde dentro. Mis manos temblaban. El suelo temblaba. El mundo se sentía frágil.
Un susurro de terror me gritaba que corriese.
Otro más oscuro decía: Ya es tarde.
A mi lado, Elda intentaba mantenerme en silencio, sus dedos firmes sobre mi muñeca, sus labios apretados como si rezara a dioses que ya no escuchaban.
Pero yo no podía dejar de temblar.
Era él.
Esa sombra que había visto tantas veces desde lejos. Ese rumor de alas negras y ojos como carbón encendido. Zareth.
Estaba al otro lado del muro.
No podía verlo.
Y sin embargo lo sentía.
Como si su esencia se deslizara por las grietas, buscándome.
Como si una parte de él supiera que algo alguien lo estaba esperando del otro lado.
¿Podía sentirme? ¿Podía olerme? ¿Escuchar mi corazón desbocado?
Me pegué más a la piedra, deseando fundirme con ella. Que me tragara. Que me borrara.
Aún así, una parte de mí quería que abriera esa puerta.
Que me encontrara. Que me viera.
Pero, ¿para qué?
¿Para matarme?
¿Para entregarme al consejo como una sombra contaminada, un monstruo, una amenaza que hay que exterminar?
El mundo se detuvo por un segundo.
Los pasos se congelaron justo frente a la entrada.
Mi corazón dejó de latir.
Y entonces, escuché su respiración.
Lenta. Grave. Profunda.
Como si aspirara algo que no comprendía del todo. Como si algo en su instinto estuviera despertando.
¿Me siente?
¿Sabe que estoy aquí?
Quise contener las lágrimas, aferrarme a la frialdad que me salvaba de desmoronarme.
Pero ellas se rebelaron, brotaron de mis ojos como ríos negros, incendiando mi rostro.
Las lágrimas no hacen ruido, pero el alma se rompe en pedazos sordos que destrozan todo por dentro.
Y en ese desgarrador momento, sentí cómo todas mis fuerzas se desvanecían poco a poco, como si un peso invisible me aplastara el alma. Ya no tenía energía para seguir escondiendo esta oscuridad que me devora desde dentro, ni para seguir luchando contra el abismo que crecía en mi pecho. Era como si cada latido fuera un recordatorio cruel de que, a pesar de todo, estaba perdiendo la batalla contra mí misma.
Y si él la escuchaba, si escuchaba todo lo que se me estaba cayendo dentro
Entonces sí, tal vez esta vez sí moriría.