Cuando se lo hice saber con un simple movimiento de cabeza, Silvi descendió lentamente hasta quedar arrodillada ante mí. Bajó la cremallera de mis tejanos, se deshizo también de los calzoncillos y sostuvo mi polla entre sus manos. Aunque la conocía de sobra, volvió a examinarla como si fuera la primera vez que la veía. Primero le dio un repaso desde la base hasta la punta con la lengua, después se la metió entera en la boca. Desde arriba miraba casi hipnotizado cómo mi hija me la mamaba con el propósito de dejarla bien lubricada para que pudiera practicarle sexo anal. Si me paraba a pensarlo se me podía ir la cabeza, así que me limité a agarrarla por el pelo para acompañar sus movimientos de cuello. Si seguía comiéndomela con esa pericia corría el riesgo de terminar antes de tiempo, de m

