Nunca se me había dado muy bien eso de discutir con Melania, pero diría que en esa ocasión gané yo. No volví a hablar con ella, pero durante los siguientes días me llegaron todo tipo de reproches y acusaciones por su parte mediante nuestra hija. Por suerte, Silvi hizo el mismo caso a las rabietas de su madre y se acabó instalando en mi casa. Aquel piso pequeño en el que vivía se convirtió al fin en un hogar con todas las letras. Regresar del trabajo y que estuviera allí Silvi, esperando para contarme cómo le había ido el día en la universidad, era mucho más que un sueño cumplido. Llegaba tarde, pero me sentía recompensado después de tanto castigo por un error que no había afectado a nadie. Silvi recibía mensualmente su dinero, y más le habría dado si me lo hubiese pedido, porque tanto su

