El único momento en el que los tres coincidíamos en casa con total seguridad era por las noches, pero Belén llegaba tan cansada del trabajo que muy pocas veces accedía. Eso sí, cuando tenía ganas, me lo pasaba en grande. La única pega era el obligado silencio, no nos podíamos permitir ni un solo gemido, ni que se oyera el cabecero de la cama o nuestros pasos por el pasillo en plena noche. Cuando llegaba el fin de semana, si teníamos la suerte de que nuestros padres se fueran, empezaba la verdadera diversión. Las mellizas se habían puesto serias con Daniela al advertirle que si se le ocurría chivarse su vida se convertiría en un infierno, lo que nos permitió seguir teniéndola controlada... y gemir todo lo que quisiéramos. La única norma en la cama seguía siendo que ellas no se tocaba, per

