Arwen
El día de mi gran fiesta de cumpleaños no tardo en llegar.
Me gustan mucho las grandes celebraciones, así que mi padre me dejo hacerlo en uno de los salones que pertenecen a nuestra familia. Es muy bonito, antiguo, grande y elegante. Mamá que adora siempre hacer distintas clases de eventos, eligió la decoración, lo que lo dejo aún más impresionante. Para mi entrada contrate a un grupo de chicos, que hacen esos bailes en la oscuridad, con sus siluetas remarcadas con luces led. Los vi en una presentación y fue un gran espectáculo, así que opte por ellos para dar un buen show.
Cuando todos terminan de aplaudirme, luego de esa gran entrada, comienzo caminar por el salón, saludando a todos mis invitados, quienes se desviven entre halagos, felicitaciones acompañada de grandes sonrisas.
Entre tanta multitud, mis ojos se cruzan con los suyos. Le dedico una sonrisa provocativa, porque se que su pequeño cerebrito no podrá resistirse. Él toma de su copa de champagne, sin apartarla de sus labios y noto por su mirada que está teniendo una pequeña batalla interna consigo mismo. A propósito, me doy la vuelta para que así vea toda mi espalda descubierta, que llega justo a la línea donde comienza mi trasero.
Mi padre casi entra en un coma cuando me vio bajar de las escaleras de mi casa con este vestido tan corto y escotado en ambos lados, pero no hubo mucho que pueda hacer para conseguir que me cambie. Era una pelea perdida, así que no se molesto en seguir discutiendo, lo unico que lograría es que le suba la presión arterial.
Sigo avanzando, atravesando el salón, para alegarme un poco. Es cuestión de segundos para que aparezca como un perrito buscando un premio. Me detengo, cuando siento unas manos deslizarse con suavidad por mis brazos. Es él. Puedo oler ese aroma a menta que emana de su cabello.
No tardo siquiera un minuto. Los hombres son tan de manual. Aunque en parte me gusta que sean predecibles, los hace más sencillo de entender.
Me gira con delicadeza. Si hay algo que me sorprende de él, es que para ser alguien tan brusco y tosco en todo sentido, conmigo es como si sus manos fueran... plumas... si, eso... transmite esa suavidad, esa sensación de satisfacción cuando acaricia mis brazos.
Nos observamos fijo por unos segundos.
- ¿Tú quieres que tú hermano me mate? - pregunta con esa voz tan masculina. - Y no en un sentido figurado, sino literalmente.
- Sería divertido, ver hasta donde podría llegar. - respondo. - Aunque, siendo honestos, yo no te llame.
- No con palabras, pero si con esa sonrisita.
- ¿Qué sonrisita? - pregunto divertida.
- Sabes bien. Esa que usas. La que usaste esa noche en el bar.
Pongo mis ojos en blanco. - Ya suelta lo de esa noche. No podemos hablar dos minutos sin que lo mencionas cada tres oraciones.
- ¡Claro que no! ¡No puedo soltarlo! No dejo de pensar en ello. Y ahora que estarás en el asilo todo el tiempo, será mucho peor.
- Aww, soy quien te atormenta en tus pesadillas. Que lindo.
- Si... una pesadilla, disfrazada de un sueño. - se dice para si mismo.
- Si buscabas ofenderme, no lo has logrado.
- Como si algo pudiera ofenderte.
Sonrío satisfecha al oír eso. Me gusta que la gente tenga esa percepción de mi... que nada de lo que digan podría afectarme. Es una virtud de una persona fuerte, que no se deja aplastar, mucho menos pisotear. Eso es lo que quiero. En resumen, ser como mi padre. A él solo le basta decir su nombre y apellido para que nadie dude de él, no necesita probarse con nadie. Ni demostrar, ni explicar, ni dar respuestas.
- Entonces, rubiales, ¿vamos a tú departamento o no? Sino para buscarte un reemplazo. Peter se ve sexy con smoking... claro, si no abre la bocotá, ahí se le van todas las ventajas.
- Enserio estás empedernida con hacer encabronar a tu hermano.
- En teoría, son hombres que él aprobó. ¿Qué mejor?
- ¿Buscar uno de tú edad, no eh?
- ¿Acaso has visto a los de mi edad? Antes me hago lesbiana.
Suspira con pesar. - Arwen... Arwen...
- Si comienzas a regañarme como mi padre, se te ira el encanto.
- A ver si así logro alejarme...
- Oye, que nadie se aleja de mi. - digo con algo de fastidio. - Además, te olvidas de algo.
- ¿Qué? ¿Qué voy a ir a la cárcel? O mejor dicho que voy a morir de camino de allí, porque antes tú hermano o tú padre harán explotar el camión que me lleva.
- No, rubiales. Todo lo contario. Ya soy legal.
- Créeme, me llego la indirecta con tú sutil fiesta.
- Es más sencillo perderse entre el alboroto y el caos. - digo. Me acerco más a él y lo observo. Puedo ver en su mirada que lo pongo nervioso. Me gusta esa combinación entre chico malo y niño bonito. - ¿Por qué viniste entonces si quieres alejarte de mi?
- So... so... solo... - tartamudea. - Solo quería hacértelo saber.
- Pudiste haber mandado un mensaje de texto.
- Prefería hablar de estas cosas en persona, no por mensaje de texto.
- Oh, vaya... no eres de los que dejan a las chicas por mensaje de texto.
- No a cualquier chica... a ti.
- Que te quede claro, a mi no me dejas.
- Ya lo sé. Nadie deja a un Marshall.
- Ahí te equivocas. Nadie deja a Arwen Marshall.
Pone sus manos en mi cuello y me encamina hacia la pared, con la cuál mi espalda choca. Comienza a bajar sus manos, presionando y sintiendo mi piel. Se detiene cuando llega a mi pecho y hunde más su mano en mi lado izquierdo.
- ¿Qué haces? ¿Sentir mi corazón? - le pregunto burlona.
- Si. - me responde serio, algo pensativo. Vuelve a fijar sus ojos celestes en mi. - A veces siento que no eres real, que no eres de este mundo.
Pongo mis ojos en blanco. - Los hombres y sus cursilerías baratas.
Me mira con una leve sonrisa. - ¿Por qué eres tan escéptica?
- ¡No lo soy! - me quejo.
- Eres como el grinch del amor.
Quito sus manos de mi pecho. - Has cortado todo el momento. Ya me estaba poniendo cachonda.
Lanza una risa, en la que se le ven esos dientes blancos tan perfectos.
- Me han dicho que soy arriesgado, pero no tanto como para hacerlo contigo a unos metros de tú hermano.
- ¿Te preocupa mi hermano? ¿Qué acaso no salías con su esposa?
Se pone serio. - Era antes. - dice. - Y para que te des una idea, tengo una relación más avanzada contigo, que la que tuve con ella.
- Ósea inexistente.
- Exacto. Ese es mi punto.
- Bueno, rubiales. Te ofrecí una oportunidad unica en la vida y la desaprovechaste, la cuál era tenerme en exclusiva. Ahora tendré que volver con mis invitados. - me aparto de la pared. - Me embriagare toda la noche.
Me encamino hacía para regresar al bullicio de la fiesta, pero me detengo en seco cuando el me detiene al tomar mi muñeca. Lo miro.
- ¿Puedo ser tú transporte está noche? - me pregunta. Veo como traga. - Tengo un casco para ti.
- Dar un paseo en motocicleta por Nueva York a la madrugada con el frío golpeando... - comienzo a decir. Noto algo de decepción en su mirada. - Suena... estupendo.... - sonríe.
- Tendrás mi chaqueta.
- Oh vaya... - digo con una amplia sonrisa sarcástica, pero que esconde algo de verdad. Ríe.
Aún sigue sosteniendo mi muñeca cuando la gira y la lleva a sus labios para dejar un beso. Luego me suelta.
Me doy la vuelta y sigo caminando, para regresar a la fiesta. Pero aún pensando en él. Y en el secreto que ambos compartimos...