Capítulo 11

286 Palabras
Marco No sé qué me pasó. Pero mientras una parte de mí quería hacer gritar de placer a Rebeca, la otra me pedía que parase. Que no estaba bien. Que no estaba bien, ajá... Pero, ¿el qué, exactamente? Porque sus jadeos y lo que estaban provocando en mí no era. Pensé en Álex. Sí. En el puñetero Álex. Y os preguntaréis: ¿por qué piensas en ese idiota mientras estás metiéndole mano a Rebeca? Pues porque él sabía que iba a venir. Y me había calentado la cabeza diciéndome que, después de tres días quedando con ella, debería haber intentado algo ya. Que siendo tan blandengue no iba a conseguir ganar la apuesta. «—¿Dónde está el Marco Santana que yo conozco? —Porque este... —bufó con desgana— El otro, como poco, ya le habría hecho un cunnilingus». Y yo no soporto perder. Ni que se metan conmigo. Y menos que alguien como Álex se crea superior a mí. Así que tenía que intentarlo. Pero supongo que me asusté. Me asusté porque estaba dejando que alguien me controlase. Me asusté de verla a ella tan excitada habiéndola apenas rozado —por encima de la ropa, recordemos—. Me asusté de que se me pusiese dura cuando solo me tocó el abdomen. Me asusté de que me gustase tanto su olor. El de su piel, que olía a almendras y que se mezclaba con el de su pelo, que olía a... ¿era coco? No lo sé. Solo sé que se me metió dentro y ya no podría dejar de olerlo. Pero, sobre todo, me asusté porque esta apuesta absurda terminase y se me acabasen las excusas para volver a verla.
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