Rebeca
Mi madre está mucho más animada que de costumbre.
Ese es el primer pensamiento que tengo cuando la veo cruzar la puerta. Lleva el pelo, tan castaño como el mío, recogido en una trenza que le llega hasta la mitad de la espalda y ese vestido largo repleto de flores de distintos colores que solía ponerse cuando yo era pequeña, en vez de usar esa ropa blanca tan fea que le dan aquí. Pero eso no es lo que me llama la atención, sino la sonrisa que lleva en los labios que, aunque no le llega a los ojos ni es la más alegre que le he visto esbozar, le ilumina notablemente el rostro.
Sonrío al verla. Es inevitable no contagiarse.
—Estás... diferente —recalco, a modo de saludo.
Diferente y con vida, quiero decirle. Pero le han repetido tantas veces que parecía una muerta viviente, que no me apetece recordarle esos momentos tan malos. Y menos ahora, que la veo mejor que desde que tengo uso de razón. Seguía estando muy delgada y su piel aún no había cogido ese colorcillo (ni muy blanco ni muy moreno) que la caracterizaba, pero a mí me bastaba con lo que veía en ese momento.
Sabía que era todo un logro para ella, y eso era lo más importante.
—¿Diferente en qué sentido?
Volví a sonreírle.
—En el bueno. Por supuesto.
Cuando terminé de hablar, me dio un abrazo largo y apretujado, infundándome calidez. Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo mucho que la había echado de menos y de que tenía que venir a verla más a menudo.
—¿Nos sentamos?
Asentí, siguiéndola hasta un banco de piedra que había en el patio. No había casi nadie fuera debido al frío que hacía, pero a nosotras no nos importaba. Siempre que venía, sacábamos un par de chocolates calientes de la máquina del pasillo y con eso nos bastaba para entrar en calor.
—¿Cómo va todo, cariño?
La pregunta del millón.
—Estoy sacando muy buenas notas. Y...
No me explayé mucho más. Le conté cómo me iba en todas mis clases, que mi compañera de habitación seguía siendo tan cascarrabias y rarita como de costumbre y que Sofía seguía siendo un terremoto. No saqué a relucir el tema de Marco, básicamente porque seguía enfadada con él por lo que pasó la última vez que nos vimos, pero ella notó que algo iba mal.
Consejo: no intentéis ocultarle nada a vuestras madres. Son muy listas.
—Hay algo que no me cuentas.
—Mamá...
—Cielo... —rodó los ojos— ¿Qué ocurre? Puedes contármelo.
A ver... lo que se dice poder, puedo. Pero no quiero. Y es que, ¿cómo le decía que el hermano mayor de mi mejor amiga (personas a las que ella tenía un cariño especial, por cierto) me había dejado a medias justo cuando estaba llegando al orgasmo y que, después de cinco malditos días, no se había dignado a pedirme perdón ni a dirigirme, siquiera, la palabra?
—No es nada, mamá. Solo estoy agobiada con la Universidad y...
—Hay un chico que no te hace caso —soltó de repente.
—¿Eh...?
—¡Ay! ¡Mi niña se ha enamorado!
—Mamá, no...
El problema no es ese. Es que me hace caso, pero no todo el que me gustaría.
—¿Quién es? ¿Un chico de tu clase?
Por Dios. Casi prefiero la etapa en la que no hablaba más de dos palabras seguidas. Ahí, al menos, no me hacía estos interrogatorios que tan poco me gustaban.
Suspiré. No se iba a rendir sin contarle aunque sea la mitad de lo que pasaba. La conocía; era muy insistente.
—Es complicado.
—Oh, cariño... —me acarició el brazo— ¿Y qué, en esta vida, no lo es?
Su mano estaba tan fría que me sobresalté, provocando que ambas nos olvidásemos del cotilleo por un segundo.
—Estás helada.
—Perdona.
Fruncí el ceño.
—¿Quieres tú contarme algo, mamá?
Eso consiguió distraerla de mi problema llamado Marco Santana. Incluso me alegré un poquito por ello.
—Es...
Se limpió una lágrima que cayó distraída por su mejilla, y un trocito dentro de mí se rompió. Ese que llevaba su nombre y que estaba recomponiéndose hasta hace apenas unos minutos.
—Mamá... —la miré. Me miró. Ya intuía la pregunta que iba a hacerle a continuación— ¿Has vuelto a recaer?
Mi madre sufría de bulimia nerviosa desde hace tantos años que ni me acuerdo. La última vez que vine a visitarla al hospital, hace un mes más o menos, estaba pasando por una de sus peores etapas. Absolutamente todo lo que comía lo vomitaba, provocándoselo ella misma, y se pasaba el día en el pequeño gimnasio que tenían aquí, según ella intentando bajar el peso que no le sobraba. Eso hizo que perdiese seis kilos de golpe. Viéndola ahora, diría que ha recuperado al menos dos kilos, pero sabía que algo no iba bien cuando, a pesar de estar sonriendo y de haberse vestido como solía hacerlo antes de que su vida se torciese, seguía muy pálida. Mucho más que de costumbre. Eso solo pasaba cuando acababa de vomitar, igual que sus manos frías a pesar de estar sosteniendo una bebida caliente.
—No, cielo, yo...
—Dime la verdad. Por favor.
Suspiró bruscamente. Seguía llorando, y yo podía notar cómo me escocían los ojos, que querían hacer lo mismo que estaba haciendo ella.
—Ha sido solo hoy. Todos tenemos un mal día.
—¿Qué ha pasado?
Contestó que nada, pero yo sabía que no era verdad. Igual que sabía que la sentencia de mi padre llegaría a su fin dentro de nada si así lo decidía el juez.
Era obvio que lo había recordado (o se lo había recordado su abogada, más bien) y se había venido abajo.
Oh, iba a tener una charla con esa mujer tan inoportuna.
Tragué saliva. Y palabras. Tragué muchas palabras de odio y resentimiento hacia mi padre porque no quería ponerla peor diciéndoselas.
Al final opté por hacer lo que no quería: hablarle de Marco para distraerla.
—Es Marco.
—¿Cómo dices?
—Marco, mamá... El mayor de los Santana. Hemos estado... viéndonos.
Por suerte, surtió el efecto que esperaba. Mi madre volvió a sonreír, aunque ahora un poco más triste, y esperó a que le diese más detalles.
***
Salí del hospital unas horas después, cuando casi estaba anocheciendo. Tenía un regusto amargo en el estómago, y solo quería que el autobús pasase pronto y me dejase en la residencia lo antes posible para poder darme una ducha caliente, pedir comida basura para cenar y comérmela mientras veo una película que me haga llorar hasta deshidratarme.
El mejor remedio para la tristeza.
Pero qué sorpresa la mía cuando salí y me encontré con Marco y Sofía apoyados en el coche del primero.
¿Qué estaban...? ¿Me esperaban a mí?
Pues claro que me estaban esperando a mí. Vaya pregunta.
Marco fue el primero en verme. A diferencia de su hermana, él estaba escudriñando la puerta como si le fuese la vida en ello, mientras que Sofía miraba distraídamente su móvil. Supuse que fue por eso, porque ella no se daba cuenta, que Marco me sonrió. Parecía aliviado por verme. ¿Había visto un atisbo de acercarse a mí o me lo ha parecido?
No. Seguramente hayan sido imaginaciones mías.
Evité mirarle una vez estuve frente a ellos. Pero no porque me intimidase, sino porque estaba tan guapo con esa chaqueta vaquera que llevaba que era demasiado para mi libido. Además, la sonrisa de antes me había descolocado sobremanera.
Y, j***r, que yo quería seguir enfadada con él y así no me lo estaba poniendo fácil.
—¿Qué hacéis aquí?
Fue entonces cuando Sofía se percató de mi presencia. Me sonrió (mucho más ampliamente que su hermano) y me dio un abrazo apretado.
—¿Todo bien? —me preguntó bajito, para que Marco no la escuchase.
Ella sabía toda la historia sobre mis padres. Se la había contado en un momento de bajón en el que estaba realmente agobiada y en el que necesitaba soltar toda la mierda. Me gustó saber que no le había contado nada a su hermano, con lo que le gustaba el cotilleo.
—Sí. No te preocupes.
Cuando me soltó (no muy convencida con mi respuesta, tengo que decirlo) miré a Marco. Él también me estaba mirando. Pero ninguno de los dos se atrevió a decir nada.
—¿Qué hacéis aquí? —volví a preguntar.
—Oh, creíamos que no te apetecería volver a coger el autobús de vuelta. Ha sido idea de Marco. ¿Verdad? —admitió, dándole un codazo a su hermano para que reaccionase.
Alcé ambas cejas, sorprendida, mientras él se pasaba una mano por el pelo, repentinamente nervioso.
—Verdad.
Eso fue lo único que necesité escuchar de su boca para que mi corazón se ablandase y acelerase a partes iguales. Porque otra cosa no sé, pero Marco no decía las cosas porque sí.
Y yo, en ese momento, solo quise creer que le importaba lo suficiente como para ir a buscarme a cualquier parte.
Como dice la vecina rubia: me estaba haciendo ilusiones y me estaban quedando preciosas.