Capítulo 13

1224 Palabras
Marco No sabía qué hacer. ¿Llamaba a su puerta? ¿Me iba? ¿Esperaba a que ella saliese? Suspiré, apretándome el puente de la nariz con fuerza. Estaba muy confuso, pero, ¿por qué? Solo era Rebeca, me recordé. La mejor amiga de mi hermana. Solo eso. Oh, qué demonios. Di un pasó hacia delante y llamé. Solo dos toques, despacio, como si temiera que me oyese o algo parecido. Por Dios. Me sentía un idiota. Rebeca abrió tras unos segundos que se me hicieron eternos. En el tiempo que había estado en el pasillo dando vueltas, le había dado tiempo a hacerse un moño del que le sobresalían dos mechones muy graciosos. —Pensaba que nunca ibas a llamar. —¿Qué? —pregunté, medio atontado. Me había quedado absorto pensando en su pelo y en cómo sería meterle uno de esos mechones detrás de la oreja. —¿Qué hacías dando vueltas por el pasillo? Alzó una ceja. Una sonrisa burlona escapó de sus labios, lo que calmó un poco mis nervios. —¿Te estás riendo de mí? —No soy yo la que tiene miedo de hablar con el otro. Pensé que era mentira. Eso no podía ser cierto, sino, me habría mandado algún mensaje en estos cinco días. Aunque yo tampoco lo había hecho, es verdad. Pero quería. Creo que por eso le insté a Sofía en ir a buscar a Rebeca al hospital. Por eso y porque estaba jodidamente preocupado por ella, de hecho, aún lo estaba. —¿Vas a pasar o te apetece dar otra vuelta? Volví a apretarme el puente de la nariz para no decirle alguna barbaridad y entré. Los nervios habían vuelto a hacer acto de presencia. —Tú dirás. Me senté en su cama. Ella se quedó de pie, muy cerca de la puerta. Como si quisiera mantener cierta distancia entre nosotros. Eso no me gustó; yo quería tenerla cerca. —¿Qué te pasa? Estaba claro que no se esperaba esa pregunta. —¿Que qué me pasa? —Sí —chasqueé la lengua—. ¿Estás bien? Esa segunda pregunta la descolocó aún más si cabía. Jugueteó con sus dedos, nerviosa. —Perfectamente. —Rebeca, cielo... —¿Qué pretendes, Marco? ¿Qué sabes? Fruncí el ceño. Abrí la boca para volver a preguntarle, pero ella me interrumpió. —Mira, no sé qué te ha contado Sofía, pero olvídalo. Estoy bien. Yo... Eso captó mi atención. —¿Qué tenía que contarme Sofía? Ella abrió los ojos como platos, rascándose la nuca a su vez. j***r. Estaba más nerviosa que yo, y me moría de curiosidad. —Marco. Déjalo. —¿El qué? —¡Y para de hacer preguntas! Tú no hablas tanto. Casi me hecho a reír. —¿Qué tengo que dejar, Rebeca? —Esto —señaló, moviendo la mano entre la distancia que nos separaba—. No tienes que fingir que te preocupas por mí. —¿Que no...? —entonces, exploté. Me levanté, y también lo hice con mi tono de voz— ¿Por qué te crees que he recorrido tres malditos cuartos de hora en coche hasta el pueblo de al lado? ¿Porque no me importas? Porque te aseguro, Rebeca, que no me gusta hacer de chófer y que si me dieses igual, me habría quedado en mi puta habitación. ¿Me oyes? Así que deja de ser tan terca y habla conmigo. Por unos momentos, no dijo nada. Solo me miraba, seguramente tan atónita como me había quedado yo después del mini discurso que acababa de soltarle y que no sabía de dónde había salido. Y, entonces, habló: —No. Parpadeé varias veces. —¿No? —No hasta que me lo repitas sin gritar. Oh, así que era por eso. —He recorr... —No —repitió—. Lo otro. Y no lo dijo, pero sabía exactamente a qué se refería. —¿Que me importas? —ni siquiera sé por qué lo pregunté. Rebeca respiraba entrecortadamente. Podía notar que estaba tan nerviosa como yo, pero ya dudaba de si era por las preguntas o por mi cercanía. Porque estábamos muy cerca. Estaba tan eufórico hace unos minutos que no me había dado cuenta de que me había acercado a ella tanto que nuestra ropa se rozaba. —Sí... —gimió— Ahora dilo sin dudar. Apoyé las manos en la puerta, justo al lado de su cabeza. Y dudé. Mucho. Y ella se dio cuenta. —¿Ves? No pue... —Me importas —le confesé. Ya ni siquiera sé si lo hacía por la apuesta o porque de verdad lo sentía así. Mi corazón iba a cien por hora—. Por supuesto que me importas. Estaba jodidamente preocupado por ti. No le hizo falta más. Agarró el cuello de mi chaqueta con los dedos y tiró de mí para besarme. Fue un beso corto, sin lengua, pero con mucha rabia e intensidad. Se separó sin darme tiempo a saborearla como quería. —Lo siento —dijo de repente. Intentó escapar, pero la tenía atrapada entre mis brazos y la puerta. —¿Por qué lo sientes? —Porque no debería haberte besado después de que me dejases a medias. Siento que no me deja en buen lugar. Además, estoy enfadada contigo. Solté una carcajada. —Pues entonces yo también lo siento. —¿Por qué? —Por esto. Volví a besarla. Este tampoco fue nada del otro mundo, pero necesitaba devolvérselo. Además, había sido ella la que había dado el primer paso y eso me repateaba. O me gustaba... No sé. Cuando se trataba de ella no sabía nada. —Y por haberte dejado a medias. Yo lo sentí más que tú, créeme. Me dio un pequeño empujón en el hombro que ni siquiera me movió del sitio, juguetona. —Mentira. Sonreímos a la vez, y algo dentro de mí se sintió en paz. Ya no estaba enfadada. Por más que intentase detener su sonrisa, que cada vez era más grande. —j***r, Rebeca... ¿Tú sabes lo que es oírte gemir y sentirte tan mojada en mis...? —¡Basta, Marco! —me interrumpió. —Solo quería enumerar las razones por las que me arrepiento de no haber terminado con aquello. Silencio. La cabeza de Rebeca pensando a toda velocidad, sus labios entreabiertos. Lo que dijo a continuación me sorprendió y me excitó más de lo que admitiría en voz alta. Creo que fue por lo segura que sonó, recordándome a la otra vez, cuando me dijo que hiciese lo que quisiese con ella. Mierda. Mi pantalón iba a reventar. —Podrías callarte y enseñármelo... —Mmm... No sé cómo terminamos así, con su mano guiando a la mía hasta su sexo y conmigo tocándola por encima de la ropa. Conmigo llevándola a su cama y desnudándola de cintura para abajo. Conmigo masturbándola con los dedos y besando sus muslos. Con ella corriéndose en mi mano. Con ella haciéndome una mamada. Conmigo corriéndome en su boca. No lo sé. Solo sé que me olvidé de la verdadera razón por la que había llamado a su puerta, pero tampoco me importaba mucho. Ya se lo preguntaría en otro momento, cuando el olor de su excitación no estuviese distrayéndome ni yo guardándolo muy dentro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR