Capítulo 15

1331 Palabras
Marco —¿No crees que esto ha llegado demasiado lejos? Calev era un tío honesto. Fue la primera persona con la que hablé cuando me matriculé en la universidad, habíamos coincidido en un par de asignaturas y desde entonces éramos inseparables. Es verdad que también influyó el hecho de que estuviese saliendo con mi hermana un tiempo después de conocernos, pero era un tío legal. Por eso no le rompí la cara cuando mencionó lo de Sofía. Nos respetábamos. Y por eso, porque lo conocía mejor que la palma de mi mano, sabía que él tenía razón. Fuese lo que fuese. Era de pocas palabras, pero sabía lo que decir en cada momento y solía equivocarse poco. —¿Lo tuyo con mi hermana? Pues sí, tienes novia, ¿no te da vergüenza? Calev suspiró, rascándose la barba. Eso le tocaba la fibra sensible. —No la he tocado desde que hemos llegado —se excusó, a lo que yo le miré mal—. Bueno, vale, al menos no mucho. Podría haberme acercado a la piscina y estar con ella y en cambio estoy aquí contigo. —Es un halago. —Marco. No me estás escuchando. Me tuve que recordar a mí mismo por qué le había invitado. Mis padres no podían venir, estaba de viaje, y no se me ocurría nadie más. Y era mi amigo. Y..., a lo mejor necesitaba que mantuviese a Sofía ocupada para yo tener vía libre con Rebeca. No le contesté, en cambio seguí sacando sábanas limpias para poner en las camas, ignorándole. No quería responderle porque yo también me estaba esforzando mucho por no ir hacia Rebeca y disfrutar de ella y de lo bien que le sentaría el bikini que seguro llevaba puesto. Porque no había mirado. De verdad, de verdad que quería hablar antes con ella. —He dejado a Carol, ¿vale? No me sorprendió su afirmación. —Creo que era más bien una vía de escape. No he podido sacarme a Sofi de la cabeza. Ella... —Ahórrate los comentarios amorosos sobre mi hermana pequeña, por favor. —Está bien. Pues hablemos de Rebeca. ¿Por qué la has invitado? Sofi me ha dicho que se lo pediste. Esa pequeña metomentodo. Primera y única vez que le cuento algo. —Ya sabes. Álex..., teníamos un trato. No me dejo ningunear. —Los dos sabemos que es más que eso. j***r, Marco, mírala. Miré en su dirección y después hacia la ventana, que daba directamente al jardín trasero, donde estaba la piscina. Y donde estaba ella. Estaba acostada sobre una tumbona, aprovechando las últimas horas de sol que quedaban, con un libro en la mano. Llevaba un bikini fucsia, sencillo, pero que le hacía un pecho bonito. «¿Pecho bonito? Por Dios, Marco». No se había metido a bañarse, aunque el agua estuviese climatizada. Y lo sabía porque podía ver a Sofía llamándola desde dentro de la piscina, y cada vez que lo hacía, Beca sonreía y volvía a su libro. Y qué sonrisa tan bonita. Joder. ¿Veis por qué no quería mirarla? —Te gusta —dijo Calev, sacándome de mis pensamientos. —¿Estás loco? Solo hago lo posible por ganar. —¿Por qué la has invitado, en realidad? —volvió a preguntar. «Porque pasaba de mí. Porque necesitaba una excusa para tenerla cerca y que me hiciera un poquito de caso. Porque solo tenía que mirarla para confundirme y no pensar en nada más». —Si quieres mi opinión... Corta esto. La apuesta. Álex. Y ve a por ella de verdad sin ninguna mierda de por medio. —No te he traído para que me des sermones. —Le vas a hacer daño. Y te lo vas a hacer a ti mismo. Terminé de hacer mi cama y cogí el resto de sábanas para llevárselas a las chicas. Les haría yo mismo la cama con tal de no escuchar más a Calev. Me estaba cabreando y eso solo significaba que tenía razón, pero no me apetecía oírlo. --- Las chicas iban a dormir juntas, en la habitación de Sofía. Íbamos escasos de camas, y yo no pensaba compartir habitación con Calev, quien dormiría en la habitación de mis padres, así que ellas mismas se ofrecieron. Ya habían dejado sus maletas encima de sus camas, y cuando reconocí la de Beca, fui directo hacia allí. Era un colchón en el suelo, y a pesar de que no me gustaba la idea de que tuviese que dormir allí tirada, le hice la cama a regañadientes. Sé que Calev tenía razón. j***r, hasta mi hermana se había dado cuenta de que algo pasaba. Hasta yo tendría que haberme dado cuenta entonces, cuando ya no parecía que Rebeca me odiase y cuando yo la buscaba. Sobre todo por lo último. Yo no buscaba a nadie, y ella... Ella era mi perdición. Me apreté las sienes con fuerza. Me estaba empezando a exasperar. Abrí el cajón de la mesita de noche con la esperanza de encontrar una libreta que Sofía usaba como diario de vacaciones. Por suerte seguía allí, con toda la tapa pintada, pero me serviría. Arranqué una hoja en blanco, cogí un bolígrafo y empecé a escribir. “Si el suelo es muy incómodo, mi habitación es la última. Ven. Quiero verte”. La revisé mil veces. Añadí un “podemos hablar” para no sonar tan desesperado. Después, la doblé y la metí en su maleta, dejando que sobresaliese un poco y así pudiera verla. Tal vez Calev tenía razón. Tal vez acabaría destruyéndonos a los dos. Pero mientras disfrutaría del camino. --- Respiré profundamente y volví a mi habitación, donde seguía Calev, esperándome. Sentía el pulso acelerado. ¿Había hecho bien con lo de la nota? ¿Qué le diría a Rebeca exactamente cuando la encontrase? «Mierda», pensé. ¿Por qué cojones estaba tan nervioso? —¿Qué has hecho? —preguntó con una ceja enarcada. —Nada que te interese —contesté de mala gana. Me empezaba a hartar de tener que contar todos y cada uno de mis pasos. —Marco, en serio, deberías dejar de complicarte la vida con estas apuestas y juegos absurdos. —No necesito tu consejo, Calev. No ahora. Salí al jardín un rato después. Ya estaba anocheciendo y empezaba a hacer frío fuera, y quería asegurarme de que las chicas estaban bien. Y, de paso, tomar un poco de aire. Fui directamente hacia donde Rebeca estaba sentada. Ya había dejado el libro, no había muy buena luz para seguir leyendo, y miraba a Sofía, quien seguía en la piscina como si no estuviésemos en pleno enero e hiciese un frío que pelaba. —Vas a coger una hipotermia. Beca se sobresaltó al oírme. —Eso díselo a tu hermana. Porque por muy climatizada que esté, no creo... —Marco, ¡ven a nadar! —gritó Sofía al verme, interrumpiendo a Rebeca. La ignoré. Me preocupaba más la chica que tenía al lado y su piel de gallina. —No es Sof la que me preocupa. Toma —le tendí una sudadera que ya no usaba y que había encontrado en el armario—. Tienes pinta de necesitarla. —¿Por qué? —¿Cómo que por qué? —Tú no sueles ser tan amable. Suspiré. Esta chica iba a acabar con toda mi paciencia en menos de una semana. —¿Quieres, por favor, cogerla y ponértela? No quiero tener que ir de entierro el día de mi cumpleaños por tu cabezonería. Beca frunció el ceño, pero acabó cogiéndola. Mi intento de broma no había causado el efecto que esperaba, pero solo quería que estuviese bien. —Gracias..., supongo. Es un detalle. Asentí, dispuesto a marcharme. Ni siquiera sé por qué había salido, había sido una mala idea. —Marco. —¿Sí? —Que... lo siento —sonrió de medio lado, tímida. No descubrí por qué me estaba pidiendo perdón hasta esa misma madrugada.
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