Capítulo 20: Nemea

1411 Palabras
El hechizo en el umbral de la puerta de la mansión pasó por Elizabeth sin arrastrar tanto de su fuerza de vital como lo había hecho la primera vez que había estado en aquel lugar. Sin duda, cualquier habilidad sobrenatural que tuviera después de que Persephone la había regresado a la vida, contribuyó en gran medida a ello. Un vampiro los condujo hasta el vasto comedor, adornado a la perfección con las más innecesarias galas. Iluminado por candelabros de oro, las sombras de las llamas de las velas danzaban sobre las cortinas rojas que parecían retazos de sangre cayendo del techo como de ébano y la estrambótica vista de la lámpara de araña colgada del techo, pero peligrosamente pegada a la mesa, no hacía más que inquietar a la chica, que endurecía su rostro al oler el hedor a sangre fresca. La realidad era que no había nada en aquel lugar que no surtiera ese efecto en ella. Diez sillas brunas estaban dispuestas a la mesa, y a la expectativa de ser convocados por la desagradable anfitriona de Alexandra, ninguno de ellos tomó asiento hasta tanto no se anunció su entrada al salón. —Por favor —habló la vampira cuando asomó su rostro en el comedor—, no sean tímidos y tomen asiento donde deseen. Mi única condición será ver a James frente a mí. No de muy buena gana, el rubio asintió a su pedido con un silencioso movimiento de cabeza y se sentó a la cabeza de la mesa mientras Alex hacía lo propio en el otro extremo. —¿Podemos ir directo al punto? —exigió Elizabeth con toda la falta de paciencia que la caracterizaba. No agradecía ninguno de sus juegos y le apetecía reducir al mínimo el forzado civismo que a la vampira le gustaba aparentar—. Estoy viva y estoy aquí. Tu maquiavélico plan de liberar a un maldito asesino se mantiene en pie y tus secuaces te deben un hurra. Ahora deja a Sammuel en paz y permíteme vivir los pocos días que me quedan sin la necesidad de ver tu rostro, o el de los vampiros y brujos que te lamen las botas. Lizzy se había convertido, al fin, en aquella chica arrojada que siempre había querido ser, y la oportunidad de hacerlo se le había dado en el momento en punto que comprendió que la maldición y la solución para todo era ella misma. Su vida era la que regía todo el actuar de las personas y los monstruos a su alrededor, incluso el mío. Los vampiros de Alexandra estuvieron a punto de perderlo todo cuando Lizzy exhaló su último aliento en aquella carretera junto a Sam y Jensen; y sus aliados habían hecho todo lo posible para revivirla. Elizabeth era la llave para romper todo maleficio y ni siquiera la propia diosa de los muertos la quería en su infierno. Si sus enemigos la necesitaban, haría todo lo posible para explotar su poder sobre ellos en pos de salvaguardar el bienestar de los que le importaban; muy independientemente de si ellos estaban de acuerdo o no con su actuar. —Ya comprendo a la perfección el motivo por el cual Lachlan fue a parar entre tus piernas. Tienes todo el brío de humana que te faltaba como diosa, Artemis —habló una mujer de cabellos blancos cuyo rostro no olvidaría en mi vida. Ella llevaba un vestido de tul transparente que dejaba ver a la perfección toda su anatomía, y su cabello caía en dreadlocks plateados sobre su pecho y espalda. Su piel escamada brillaba en tornasol dorado debajo de la luz de las velas y sus ojos rojos se combinaban con sus labios, en un contraste absoluto con sus filosos dientes nacarados que enmarcaba en una macabra sonrisa. Lizzy se estremeció ante su presencia e hizo lo posible por que la conmoción no se le reflejara en el rostro, pero su esfuerzo fue completamente ineficaz. La reacción de Lachlan al verla fue igual de intensa y el chico palideció frente a ella. —Madre —habló el moreno luego de tragar en seco bajando su mirada al suelo. —Reina Nemea para ti, traidor —le requirió la sirena de pies descalzos que tomó asiento a la mano derecha de Alexandra, quien lo observaba todo con una soberana sonrisa en su rostro. Elizabeth recordaba a Nemea a la perfección desde que, con ayuda de Lachlan y Helena, se había colado en su mente para probar su sangre a los pocos días de haber llegado a Valley City. De alguna forma, era necesaria la confirmación de la madre de Lach acerca de la condición de la chica como diosa caída antes de tomar alguna posición con respecto a ella, pero nunca había visto a la matriarca de los profundos en carne y hueso, y mucho menos con su apariencia humana. —Creo que debía haber avisado que contaríamos con algunos invitados a nuestra cena —aclaró Alexandra con una sonrisa torcida. —Mi petición se mantiene —terció Lizzy sobreponiéndose a su sarcasmo otra vez. —¡Oh, por Selene! —rogó la vampira—. No seas una aguafiestas. ¡Incluso ordené preparar comida decente para ti y tus moralmente cuestionables amigos! —No estamos interesados —sonrió la chica con la pesadez reflejada en el rostro—. Y con todo el respeto debido, su Majestad, Lachlan no es más que un perfecto caballero del que usted debería estar orgullosa —intervino tomando la mano del príncipe que, a su lado, se aferró a sus dedos con la absoluta necesidad de afecto continuo que lo caracterizaba. —Pero ya no están juntos, ¿no es cierto? Es de sus costumbres el dejarlo todo a medias —sentenció la sirena—. ¿Recuerdas cuando abandonaste a tu propia cultura por aquel brujo que te engatusó en sus costumbres? Hans Roy, ¿no es cierto? —rememoró Nemea haciendo que el rostro de Lachlan se endureciera ante la mención del nombre del rojo—. ¿Cuánto duró el romance, Naxos? Lizzy se estremeció al escuchar el nombre real de Lachlan. —Al menos dime que ella conoce tu nombre. Aquella mujer estaba haciendo todo lo posible por desacreditar a su propio hijo y sus intentos se veían frustrados por la mano de Elizabeth entrelazada con la de él sobre la mesa, junto a su expresión completamente inamovible en su postura. —¿Qué puedo decir, Nemea? —interrumpió Alexandra—. Los niños de hoy en día son así de desagradecidos con sus mayores. Tú le diste a Lachlan la inmortalidad y te pagó con deslealtad. Yo le di a James una hija, no deseada para mí en lo absoluto, y en cambio se negó a concederme la libertad que ansiaba para pasar el resto de mis días con William. Nuestra Elizabeth... ¡Oh! Nuestra querida y preciosa Lizzy regresa a su segunda opción, Lachlan, olvidando por completo el hecho de que el impulsivo de Sam sacrificó mucho más que su cuerpo y su propia voluntad para mantenerla a ella en la cama de otro. Lizzy quiso hablar y anteponerse a sus venenosas palabras, pero el severo, y hasta cierto punto adolorido mirar de Sammuel en el umbral de la puerta del comedor la dejó sin palabras. Me atrevía a decir, que, incluso, la dejó sin aliento. Ella había encontrado muchas formas para camuflar cada una de sus emociones. Sobreponía la rabia y la ira que tenía contenida en su interior a cualquier dolor que pudiera sentir, pero con él, no podía mentir. Había extrañado aquellos implacables ojos verdes que se posaban sobre ella al otro lado de la habitación. Bajo su mirar, Lizzy se deshacía y se recomponía al instante, sin ningún tipo de vacilación o recelo. Era una realidad perpetua e inamovible que se había escrito en el tiempo desde el momento en punto que lo había visto por primera vez en la biblioteca, durante aquel maldito primer día en Valley City. Si él la odiaba, si la amaba, si la aborrecía o la adoraba, le daba igual en tanto pudiera mirarla con aquellos ojos suyos, tan cargados de toda la dualidad del universo. Elizabeth se estremeció en el lugar, pero Sam endureció el rostro al verla, no por dolor, sino por vergüenza. Él, que conocía tan bien cada una de las fracciones de la chica, quería que no posara sus ojos sobre él.
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