Capítulo 19: Vacío

2212 Palabras
La fiesta resultó ser todo un fiasco de proporciones cósmicas. Al final, no todos los planes habían sido en vano: los chicos sí lograron dispersar el misterio de Dylan y sus nuevos amigos, más los intentos de Lizzy solo habían servido para añadir más leña al fuego. —Digamos que pudo haber sido peor —se encogió de hombros Lachlan mientras Hans deshacía los estragos causados por los chicos en la casa. El brujo no tenía muchas ganas de hablar al respecto de lo sucedido. Había estado en su habitación toda la noche intentando buscar alguna forma segura de hacer portales, completamente aislado de lo que sucedía abajo. Erick y Anna habían llevado a Lizzy arriba. La vampira decidió quedarse con ella esa noche y Erick decidió ayudar a poner algo de orden en la mansión. Cualquiera podía palpar la preocupación en el rostro del chico, pero Hans y Lachlan prefirieron no preguntar. —Por supuesto que pudo haber sido peor —asintió finalmente el pelirrojo cuando Erick subió a la alcoba donde dormiría solo esa noche y cerró la puerta—. Elizabeth pudo haber empalado a esa niña con la misma facilidad que la enredó en matalobos. Hans también estaba preocupado. —Me aseguraré de que no se salga de control —dijo Lachlan—. Pero tú, al igual que yo, sabes lo que ella necesita... La mirada del pelirrojo se endureció y sobre su rostro se tendió una sombra de dolor. Los labios se curvaron en una fina línea y cerró los ojos para alejar lo que pasó por su cabeza. —Edvard no puede llegar a Elizabeth —negó Hans intentando buscar otra solución, a pesar de no encontrarla—. Él la despedazaría sin pensarlo. —Ella necesita ser quien está destinada a ser —exigió el príncipe—. Ni Helena ni tú serán de ninguna ayuda si Lizzy continúa sin reclamar su verdadero poder. Estos "poderes" son un engaño de Persephone; una prueba de que ella tiene que... —¡No se va a enfrentar a Edvard ella sola! ¡No lo permitiré! —gritó Hans haciendo que estallaran en llamas unos vasos plásticos en la cocina. —¡Entonces empújala a la mejor opción que tenemos delante! —correspondió Lachlan tomando al brujo por los hombros—. Dejen de protegerla y hagan que ella y Sammy finalmente peleen. Hans negó e intentó desligarse del príncipe, pero su agarre era demasiado fuerte como para dejarlo ir. —Yo traté de alejarlos todo lo que pude y ni aun así funcionó —continuó Lach—. Salvamos a Sam por una razón. Él marcó a Elizabeth por una razón. Dejen de suponer que la respuesta no es que ellos dos se enfrenten el uno al otro. —Por mucho que me gustaría que esa fuera la respuesta, Sammuel no es más que un Lobo Solitario —negó Hans y el príncipe lo dejó escapar—. Como mínimo, necesitamos un Alfa. En algún momento de la noche, Anna regresó a su habitación y Elizabeth intentó hacer lo posible por dormir sola sin tener pesadillas acerca lo que pudo llegar a hacerle a Crystal, o lo que Persephone le llegó a hacer a ella. El sábado, quiso obligarse a pasar todo el día con Helena, quien regresaba de su salida momentánea de Valley City y centrar toda su frustración en controlar lo que fuera estuviera pasando por su cabeza. Lizzy sabía que podía dominar las plantas. No tenía problema con ello, más era mucho más complicado con los animales. De momento solo los cuervos respondían a su llamado y no había forma para que ella pudiera hacer el fuego n***o que una vez invocó junto a Helena en medio de un ataque en el bosque. Según la bruja roja, aquel era el verdadero indicio de que volvía a contar con los poderes divinos de Artemis. —¿Y por qué pude conseguirlo entonces? —preguntó Lizzy intentando hacer que el pedazo de suelo de patio marcado con tiza blanca. —Porque yo te ayudé —se encogió de hombros Helena y le pidió a la chica que uniera sus manos a las de ella en un gesto—. Repite las palabras otra vez. La secuencia de palabras que Lizzy había aprendido a la perfección no había sido suficiente para hacer aparecer una llama decente, más con la ayuda de Helena, un fuego de lengüetas negras y otro de color rojo consumió el círculo. —Yo canalizo el poder que tienes adentro porque sé cómo utilizarlo —asintió Helena—. Pero no te engañes: este es tu poder. Lizzy estaba exhausta, pero quería presionarse hasta desfallecer. Una parte de ella se lo pedía a gritos para así poder descansar en la noche y no verse obligada a soñar con lo que le deparara la cena con Alexandra. El domingo en la mañana, Lizzy ni siquiera se molestó en apagar el despertador del reloj cuando sonó a las ocho, para avisarle que debía prepararse para la anunciada cena en casa de Alexandra esa noche. Rebecca y Jensen se habían quedado en la casa en los suburbios de la ciudad la noche anterior. Ya no era ningún tipo de secreto que aquellos dos estaban juntos en todos los sentidos de la palabra. En cierto punto de la noche, incluso se fueron al dormitorio principal, que una vez les correspondió a los padres de Lizzy. Ella, por su parte, necesitaba hablar con Jensen acerca de cuál sería su plan para esa noche y cómo dividirían sus fuerzas. Para aquellas alturas, era evidente que Christian estaba pisándoles los talones y había puesto a los lobos novicios bajo su control y en contra de Lizzy, incluyendo al propio Dylan. Era un frente que tenía que valorar y, como Jensen le había dejado saber mil veces en el pasado, los hombres lobos constituían un peligro para ella incluso mayor que los propios vampiros, por rencillas entre los de su especie y la diosa contenida en su interior. ¿De qué otra forma tenía que explicar que yo no era y nunca sería Artemis? Se exasperaba la chica cada vez que alguien le recordaba que había tendido la maldición a los lobos. —Quizás podemos utilizar la cena de esta noche a nuestro favor —se encogió de hombros Rebecca mientras desayunaba un bowl de cereal con leche—. Piénsalo, Lizzy. Tal vez no es una idea tan descabellada después de todo, y no tengamos que ser nosotros los que vayamos detrás de Chris. Alexandra, sus vampiros y sus brujos se pueden hacer cargo de él. Becky hablaba con toda la convicción de que sus palabras eran una buena idea. A su sobrina le asombraba como en tan poco tiempo, ella había podido mantenerse al tanto de todas las estrategias y los juegos que había sobre aquel pueblo que cada día se parecía más a un tablero de ajedrez. —Creo que puedo escuchar a Jensen en cada una de tus palabras —le sonrió la chica, ante lo que Becky se sonrojó tan pronto escuchó el nombre del vampiro—. ¿Cuándo planean formalizar toda la su relación? —preguntó Lizzy atrevida con una sonrisa altanera para molestarla un poco. La verdad era que ella también necesitaba una distracción tan mundana con un buen romance de bajo perfil para levantar un poco las tensiones que se acumulaban en su cuerpo. —No creo que sea necesario, Lizzy —respondió ella casi atragantándose con el cereal al escuchar la arrojada suposición—. Además, creo que es un secreto a voces entre nosotros y no es de nuestro mejor interés que Alex se entere o se sienta celosa en cualquier forma retorcida. En su suposición, estaba completamente en lo correcto. Ellos sabían que aquella vampira era territorial y posesiva en su máxima expresión, por lo que quizás, si sentía que de algún modo había perdido lo que le restaba de poder sobre Jensen, podría arremeter contra Becky. —Entonces ¿ya empezaron a utilizar el plural? —cambió el tema Lizzy divertida, mientras ayudaba a limpiar la vajilla sucia por el escueto desayuno. La mueca confundida de su tía la hizo reír y terminó explicándole a lo que se refería—. Nosotros no vamos a ir a cenar esta noche. Nos preocupa demasiado la opinión de los otros. Vamos a irnos de vacaciones a una isla desierta y nos vamos a olvidar de este pueblo y el desastre que representan los mellizos Shendfield en nuestra vida... —reía Lizzy. Ella inundaba la cocina con sus carcajadas y su reír era tan contagioso que terminaron ambas sumidas en una hilaridad que parecía no disiparse. —Es bueno ver que algunos de nosotros amanecieron de buen humor —saludó Jensen bajando las escaleras—. Y definitivamente, cuando se acabe todo este infierno, nos iremos a una isla desierta —bromeó el rubio tomando a Becky de la cintura y obsequiándole un dulce beso en los labios que era la confirmación de que, efectivamente estaban juntos. —¡Ugh! —se mofó Lizzy con una mueca graciosa en la cara—. Becky, creo que es un buen momento para decirte que estás con un viejo de ciento cincuenta años. La risa de Rebecca volvió a extenderse por la casa y se agravó cuando Jensen respondió de la forma más contundente posible al comentario. —Te das cuenta que Lachlan es siglos más viejo que yo, ¿no es cierto? El solo detener el pensamiento de Lizzy en él era suficiente para sentir un sabor agridulce en la boca. Era degustar la desilusión y el desengaño a la vez. Jensen sabía exactamente cómo se sentía y tan pronto vio la sombra posarse en su rostro, fue a la chica y la acurrucó en un abrazo como un padre a una niña a punto de llorar. —Lo resolverán y quedarán de la mejor manera, Lizzy —le dijo—. Encontrarás una forma de hacerlo. A medida que pasaban las horas y se acercaba la tarde, Elizabeth comenzaba a desesperarse y la alegría de una mañana con una agradecida normalidad pareció esfumarse tan pronto el reloj dio las seis de la tarde. Anna, Erick, Helena y Lachlan hicieron su entrada triunfal a su casa a esa hora, avisándole que ya era tiempo de reunirse con Alexandra bajo las condiciones que ella misma había planteado a través de Sienna. Nada nunca era informal cuando se trataba de la vampira, y Elizabeth lo sabía a la perfección, por lo que eligió presentarse con la sobriedad que la caracterizaba, pero con un toque de elegancia. Escogió un vestido ajustado y de mangas largas de encaje de color borgoña y lo acompañó con unos stilletos negros de tacón. Una elección que sin duda se vería mucho mejor cuando yo fuera el encargado de quitársela. Para su tranquilidad, Becky se quedaría bajo el cuidado de Hans en la mansión de los Amell, en el lado contrario de la ciudad a donde se encontraba Alexandra. Era la decisión más inteligente y la más acertada de su parte. No podían arriesgarla a la furia de aquel nido de vampiros y definitivamente, a ella no le convenía acercarse a aquella madriguera. El camino a la mansión robada de Alex se les hizo eterno. Todos dentro del auto estaban sumidos en un silencio sepulcral que era interrumpido solo por las ráfagas de aire frío rompiendo contra las ventanas. Erick y Anna estaban tomados de las manos y ella le pedía a él en una súplica silenciosa que le diera algo de fuerzas para enfrentarse a lo que estuviera esperando dentro de aquella casa. Helena intentaba esconder los nervios bebiendo whisky de un matraz n***o que escondió en su bolso. Jensen monitoreaba a todos con sus ojos a través del espejo retrovisor desde el asiento del conductor y Lachlan se limitaba a mirar hacia afuera en un intento por ni siquiera toparse con Lizzy. Cuando la chica puso un pie frente a la gran escalera de la entrada, su mente viajó de inmediato a la noche del baile de fin de año junto a Sam y toda la nostalgia se reflejó en su rostro con una agonía estrepitosa. —Lo verás dentro de poco, Elizabeth —le aseguró Lachlan ofreciéndole su brazo para apoyarse al subir las escaleras. Ella tragó en seco, pues incluso sabiendo que su sentir estaba con alguien más, a Lach le era imposible dejarla a su suerte. —Lo siento —se disculpó dejando la inmensidad de su pesar en aquellas dos palabras, detrás de las cuales, todo un mundo de recuerdo se escondía en los cortos meses que vivieron juntos. El sinnúmero de las emociones, los besos, las caricias y la complicidad que compartieron regresó cuando Lachlan le sonrió con aquella honestidad que le había hecho enamorarse de él en un tiempo pasado. Con un suave beso en la fría mejilla de Lizzy, cerró todos los conflictos entre ellos, y todos los sentimientos también. Finalmente, él le habló separando el cabello de su rostro. —Todo fue real —dijo—. Pero viéndote temblando por él, me doy cuenta que todo terminó ahora, Lizzy.
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