Bajo el agua, todo es calma y quietud. Ya comprendía por qué Lachlan siempre se apresuraba a refugiarse en las profundidades cada vez que quería huir de cualquier problema que se cruzará por su insípida existencia. Por eso, y porque desde el lago, podía escuchar hablar a Freyr y a Lizzy con completa claridad.
No cumplía objetivo alguno continuar negando lo que era evidente para todos, incluso para él: no había nada que lo ligara a Elizabeth. Lo que una vez hubo, desapareció con los últimos días de la chica en Valley City. Lachlan trató de hacerse la idea al respecto y nadó hacia las cuevas subterráneas que se escondían bajo Equior, solo a disposición de sus protegidos.
Los posos eran tan profundos que se conectaban al lago y las cavernas albergaban todo tipo de conjuros para proteger los mares de donde todas las criaturas marinas sobrenaturales se alzaban. Incluso allí, a una considerable distancia de la superficie, Lachlan sentía el calor de la piel Freyr.
El príncipe emergió de una poceta y se permitió estirar los brazos alrededor de la roca mientras su mitad humana se curvaba sobre el borde del pozo. Tenía que admitir que sí era agradable un poco de calor en aquel constante invierno, pero no iba a permitir que su agradecimiento se escapara de su boca.
—Es bueno verte otra vez, príncipe —habló una gruesa voz masculina desde el otro lado de la caverna. El profundo tono no me era familiar a mí, pero significó algo para Lachlan.
El chico se volvió y encontró a un hombre, igual de moreno que él, adornado con anillos de oro y reluciendo tatuajes en el mismo dorado. Los ojos, igual de verdes que los de él y el cabello recogido en dreadlocks y adornados con piedras preciosas.
—¿Puedes continuar llamándome así? —sonrió Lachlan—. ¿Acaso madre no prohibió que me llamarán otra cosa que traidor?
—Puede ser.
—Pero sé que tú sabes darle la vuelta a madre —se encogió de hombros Lachlan—. Fuiste siempre el hijo favorito.
—Soy el hijo mayor, Naxos —habló el extraño y Lachlan se revolvió al escuchar el nombre. ¿Acaso era aquel su nombre real?
—Mi nombre es Connan Lachlan ahora —corrigió a su hermano e hizo un ademán para limitar su conversión sobrenatural. Una silueta casi humana hizo su aparición dentro del agua, aunque rasgos de lo que era, todavía se podían apreciar en él.
—Tú siempre serás Naxos.
—Como tú siempre serás Orión —sentenció Lachlan, y endureciendo el rostro, continuó sin rodeos—. ¿Vienes con algún mensaje de madre? Quizás, ¿un soborno para que me convierta en un espía?
Orión río y se hizo evidente que ambos eran hermanos.
—Eres muchas cosas, hermanito, pero no eres un traidor —dijo con condescendencia Orión.
Lachlan expiró con pesar y salió del agua. Sus rasgos volvieron a ser humanos y en su rostro se posó la consternación nuevamente.
—Aparentemente me conoces tú mejor que yo —murmuró Lachlan enredando una toalla borgoña alrededor de su cintura y se acercó a su hermano, quien todavía estaba parcialmente sumergido en el agua.
—Vine con una advertencia, Naxos —habló Orión—. No son palabras de madre, sino de todos los sobrenaturales que sintieron a Elizabeth morir. Escucha mis palabras: esa mortal, no es Artemis. Yo la conozco bien, y ella nunca ha sido la diosa que yo conocí.
Conocía los mitos acerca de Orión y Artemis; pero las mitologías eran cuentos para humanos, así que supuse que no debía tener mucho de cierto: el cazador que se le permitió ser del séquito de Artemis y aún así traicionó a la diosa matando animales... Algo no cuadraba, sobretodo porque nunca se mencionó en ninguna historia que fuera hijo de Nemea, ni mitad sardina.
—Ellos se hacen llamar "dioses caídos", pero realmente ninguno de ellos cayó de la gracia del cielo, hermano —aclaró Lachlan sentándose al lado de la poceta, pero a una distancia prudencial de ella—. Todos hicieron tratos y huyeron al final. Artemis es la única que ha muerto y renacido en una mortal. No esperes que sea divina por completo.
—Solo esperaba que fuera más...
—¿Virginal? —rió Lachlan y Orión no pudo hacer otra cosa que aceptar que parte de su recelo se debía a esa particularidad de Lizzy. Yo, personalmente, no me oponía en lo absoluto—. Ella es lo que es, hermano.
—Ella no es tuya —sentenció con rudeza Orión y la sonrisa se disipó del rostro del joven príncipe—. Las Trīs Laimes han hablado y decretado que Persephone tiene un juego sucio con tu Elizabeth. Ten cuidado, Naxos. Las Laimes nunca se equivocan.
Un escalofrío subió por la espalda del menor de los príncipes y se vio obligado a fruncir el ceño ante algún recuerdo que se me escapaba.
—Freyja no ha visto nada en sus visiones —refutó Lachlan rápidamente.
Orión bufó y frunció el rostro ante la mención de la diosa.
—Confío en las visiones de una volva tanto como en los dientes de un tiburón —sentenció con desdén el mayor de los dos hermanos, y aceptando que no tenía mucho que hacer convenciendo a Lachlan de separarse de Lizzy, continuó—. Ella no es tu destino, Lachlan. Hace siglos encontraste a tu pareja y lo dejaste escapar.
—¿A él? —frunció los labios el menor de los hijos de Nemea y exhaló con pesar mientras cerraba los ojos—. No lo dejé escapar, Orión; me forzaron a dejarlo libre de mí para siempre.
—Sálvate a ti mismo, Nax —se despidió Orión—. Esta guerra de dioses te costará algo más que tu inmortalidad. Lo siento mis huesos.
—Tus huesos me han deparado la muerte mil veces —negó Lach—. Y tus huesos me hicieron traicionar a lo único que he querido en el mundo.
Orión era de alguna forma incapaz de empatizar con su hermano. La forma desmesurada en la que Lachlan sentía, era tan abrazadora que era exasperante para alguien como el mayor de los príncipes, comprender lo mucho que sentía Lach. Todo se intensificaba dentro de él; las pasiones, los deseos, pero también sus miedos y sus inseguridades.
Tenía miedo de que alguien muriera oír su causa. Ahora lo veía claro.
Orión desapareció entre las aguas dejando atrás únicamente el chapoleteo de su aleta y un confundido Lachlan que golpeó las paredes de la caverna hasta que sus nudillos no eran más que hueso y sangre machacados.
Era entrada la noche cuando decidió subir a sus habitaciones en el palacio. No se molestó en ponerse la ropa que llevaba en el brazo, aunque sí fue lo suficientemente meticuloso como para lavarse la sangre y enrollar la camisa en las magulladuras su mano. Estuvo cerca de media hora en la ducha, en un silencio impropio de él y se escurrió en un pijama gris cuando escuchó los toques en la puerta.
—¿Qué mierda sucede ahora? —gruñó Lachlan con brusquedad. Repasó su mirada por los nudillos y la sangre molida aún seguía ahí. Se estaba curando demasiado lento, por lo que volvió a enredarse un pullover en la mano para cubrir el golpe.
—Yo no tengo culpa de la mierda que te sucede a ti —replicó Hans desde afuera y Lachlan creyó verlo arqueando una ceja mientras le hacía un gesto obsceno a la puerta—. Ábreme. Hay muchos oídos aquí afuera.
El príncipe resopló y abrió la puerta. Lo que menos le apetecía era mirar a Hans a los ojos, por lo que enseguida le dio la espalda. Al otro lado del pasillo, Freyr despedía a Elizabeth en el umbral de su habitación y el dios pasó junto a Hans y le apretó el hombro. Lachlan tensó los labios y se tronó el cuello.
—¿Qué te sucedió en la mano? —inquirió Hans tan pronto posó sus curiosos ojos sobre el chico y Lachlan se estremeció de la rabia.
—Estaba tomando un baño —quiso mentir el príncipe, no por no decirle lo que había sucedido, sino para intentar convencerse a sí mismo que Hans no lo conocía tanto hasta el punto de saber cuándo había explotado de ira y cuándo mentía—. Tenía toda la intención de ponerme un pullover para dormir. ¿Por qué? ¿Te gusta más la vista que tienes frente a ti ahora? —tentó.
Era un patético intento de desviar la atención del rojo que jamás había ido tan perspicaz como en aquellos momentos. Hans se limitó a sonreír de manera condescendiente y cruzarse de brazos frente al chico.
—Orión vino a mí —se rindió Lachlan al fin, dejando escapar un suspiro. Hans tragó en seco y retomó su postura anterior, aunque impidió que sobre su rostro se tendiera una sombra, las fracciones delicadas del brujo se tensaron un poco.
—¿Qué dijo esta vez?
Había mucho más que curiosidad en la pregunta de Hans. Había duda y miedo, no por él, sino por Lachlan. ¿Acaso aquello era lo que se suponía uno debía sentir al amar sin ningún motivo ulterior? Si lo era, yo no lo quería.
—Muchas cosas —negó Lach y se obligó a sonreír mientras se sentaba en la cama—. Ninguna referida a ti.
Otra vez apareció la sonrisa clara de Hans y Lach sostuvo la mirada en él.
—Las Laimes han hablado sobre Elizabeth —se sinceró el príncipe—. Hay algo mal con ella, según esas tres brujas, y ambos sabemos que ellas nunca se equivocan.
Hans tragó en seco y bajó la mirada al suelo. Lach se mordió los labios y cerró los ojos con una mueca de exasperación. Ese día en específico, todo se le iba de las manos y la sensación de no tener control de nada y romper cada palmo de seguridad a su alrededor lo tenían a punto de explotar.
—Tienes que dejar de culparte por lo que sucedió, Lach —la voz del brujo rojo amenazaba con romperse—. Se suponía que debía ser así.
—¿Se suponía que yo tenía que alejarte? Por tu propio bien, ¿no es eso lo que dijeron? —se apresuró a replicar Lachlan y Hans tragó en seco.
No tenía ni idea qué había sucedido entre ellos. Quizás, no quería ni saber. Aunque, quizás...
—Y lo hiciste —asintió Hans volviendo a su tono taimado, impersonal—. Fue lo mejor para ambos.
Hans sabía que la inesperada visita de Orión había rasgado algo en el interior del príncipe de los profundos. Un fino velo que delimitaba la persona que quería ser con la debilidad que se forzaba por esconder y solo él conocía.
—¿Por qué estás aquí? —gritó Lach tirando el pullover al suelo en un ataque de rabia desmesurado que no tomó al brujo por sorpresa.
—Para decirte que regresamos a Norteamérica en tres días.
El moreno negó y se paró frente a Hans intentando imponerle con su cuerpo, pues le sacaba varios centímetros de estatura. Lo empujó hacia atrás con un golpe de ambas manos contra su pecho, pero el brujo apenas perdió el equilibrio, aunque apartó su rostro y se mojó los labios con la lengua y algo de desdén. Lach volvió a empujarlo, pero retrocedió al momento y terminó otra vez sentado en el borde de la cama.
—¿Por qué diablos estás aquí? —volvió a preguntar en un gruñido con ambas manos ocultando su rostro.
—Tengo que estar aquí, Naxos.
Era su nombre. Su nombre real y Hans lo sabía.
—Te herí a propósito —gritó Lach—. Estuve con ella frente a tus narices a propósito y tú lo soportarse. Te reíste. Estuviste con alguien más y bromeaste acerca de que solo estuvimos juntos quinientos años.
—No lo intentes...
—¡Solo quinientos años, Hans Roy! He estado a tu lado más que un millar de años. Me he obligado a hacerte daño y a soportar el daño que me has hecho, por unas palabras proféticas cuando aún ni siquiera sabía quién eras.
Lachlan estaba llorando al fin. Había suprimido sus ganas de gritar aquellas palabras desde que Hans apareció junto a Helena en Valley City. Antes, rodo había sido un juego con Lizzy para provocar a Sam, pero en el momento que el rojo puso un pie en la casa de Jensen, el príncipe se decidió a llevar hasta el final su cometido con Elizabeth. No la estaba utilizando, y de ser así el caso, ella también lo utilizaba a él con tal de sacarse de la cabeza a Sammuel, pero Lachlan necesitaba la distracción de Hans. Necesitaba olvidarse que hacía siglos atrás solo Roy lo hizo lo que era; lo quiso como era y obligó a crecer algo dentro de él que se suponía no debía estar ahí. Algo que le era ajeno a los de su especie: sentimientos humanos.
—¿Cuál es el punto de sacar todo esto ahora? Nos dimos por vencidos con nosotros hace muchos años, pero era parte de nuestro trato. Parte de cualquier destino que tus Laimes hayan avistado —hablaba Hans mientras pasaba sus dedos por el cabello se Lachlan y se arrodillaba frente a él—. Cuando Artemis cayó, yo tenía que volver. Cuando nos separamos, eso quedó bien claro.
—Lo hice todo —continuó Lach sin permitir que la pausa entre las palabras del brujo y las de él, se extendiera demasiado—. Incluso intenté sentir por ella. Quererla a ella...
Hans río y escondió el rostro de Lach en su pecho.
—Solo tú serías tan estúpido como para intentar que una diosa caída se enamore de ti —se burló el pelirrojo y el príncipe sonrió acurrucado en su pecho. Luego, acunando el rostro moreno de Lach entre sus manos y levantándolo hasta encontrarse con sus ojos, continuó sonriente—. No eres tan memorable.
Lach hizo un puchero y mantuvo la mirada.
—Todavía te quiero a ti —confesó el príncipe con sus dedos aferrados a la camisa de Hans—. Y tú todavía morirás por mí. La visita de mi hermano fue un recordatorio de eso.
Lachlan volvió a empujar al brujo, pero Hans se aferró a sus manos que le asían el pecho.
—Nunca me importó morir, Lach —sentenció con crudeza—. Si tenía que ser así, estaba bien con pasar el tiempo que me quedara a tu lado. Pero tú elegiste por mí sin tener en cuenta lo que yo quería. Es tu egoísmo lo que te retiene de ser perfecto. Tu egoísmo conmigo, con Elizabeth, incluso con cualquier palabra que tu hermano haya tenido para ti hoy.
Lachlan se estaba rompiendo por dentro. Si Hans lo conocía tan bien como para armarlo de solo un roce, también tenía la habilidad para hacerlo pedazos con sus palabras.
—Orión no pretendía recordarte las palabras de tus profetas acerca de mi final, sino a alertarte de lo que es Lizzy ahora y que se escapa del entendimiento de cualquiera. Si lo único que pudiste captar de sus palabras fue lo que te atañaba a ti, entonces no has cambiado en absoluto, Naxos.