Capítulo 8: Heridas

1785 Palabras
Los días, para suerte de Lizzy, pasaron rápido. Equior no era un lugar muy hospitalario y Elizabeth estaba deseosa de regresar a América. Tanto Rebecca como ella parecían renuentes a adaptarse a los fantasmas cruzando las paredes, levitando junto a sus cabezas hablantinas y a toda la clase de seres sobrenaturales que se escondían entre los pasillos de piedra de la fortaleza de los dioses caídos. Las únicas dos cosas verdaderamente reveladoras de aquel insólito lugar habían sido el exótico dios del sol y todos los secretos que le reveló a Lizzy gracias a la "bondad de su corazón". Por primera vez, ella podía obtener la historia completa de boca de alguno de los seres sobrenaturales que estaban en su misma posición, y la sinceridad de Freyr prometía ser agradecida de por vida, por parte de la chica. A ninguno de sus otros allegados le hacía mucha gracia que Elizabeth recibiera las visitas de Freyr, siendo Lachlan el principal molesto por las conversaciones con el de los ojos amarillos. Últimamente el moreno estaba tan diferente a como ella lo había conocido, que dudaba plenamente que se tratara incluso de la misma persona. ¿Cómo podía molestarse porque alguien le revelara todas las verdades necesarias para conocer su propia naturaleza? Lizzy recordaba lo que el dios del sol le había dicho en el lago acerca de los profundos siendo extremadamente posesivos, y por el comportamiento que el príncipe había tenido en los últimos días, no lo dudaba en lo absoluto, aunque la pregunta era realmente ¿con quién estaba siendo él así? Era como si ella poco a poco fuera consciente de todas las banderas rojas que se levantaron durante toda relación pasada y que había ignorado por tanto tiempo. Después de todo, era eso lo que siempre sucedía cuando terminaba una relación, y efectivamente, la conexión de la chica con Lachlan comenzaba a disiparse más cada día que pasaban en aquel lugar. Una parte de Lizzy quería culpar a su errático y posesivo actuar, pero la verdad innegable de la que ella estaba total y completamente segura, era que Sam se había abierto un espacio perpetuo en su cabeza y no había forma de sacarlo. Sería yo quien lo eliminaría, entonces. —Supongo que todavía eres incapaz de ver a Sammuel —le habló Jensen entrando a su alcoba. Lizzy estaba haciendo las maletas para regresar a Estados Unidos y estaba doblando las pocas prendas de ropa que habían llevado por ella, para acomodarlas dentro de la bolsa. Si el tiempo lo permitía, podrían abordar el jet privado de Jensen esa misma noche. —No —respondió sin mirar al rubio que se apoyó contra uno de los pilares de la cama—. No sé por qué no puedo verlo, Jen. Siempre lo he hecho; a veces, hasta cuando no quería hacerlo —sonrió intentando no recordar momentos que sabía iban a incomodar a Jensen si andaba hurgando por su cabeza. —Mejor no me relates detalles —rió él estrujándose las cejas. Algo había visto. —Puedo sentirlo —aclaró—, por lo que está vivo, pero solo necesito saber que él va a estar bien —pidió en una súplica inocente como si el vampiro pudiera darle la respuesta concreta que necesitaba escuchar. Él, al igual que Lizzy, solo podía esperar que sucediera lo mejor, aunque no estuviera para nada seguro de lo que pudiera ser de Sam. Menuda sorpresa se llevarían, pensé yo. —Lizzy —le dijo sentándose a su lado y acunándole el rostro entre las manos frías. Sus mejillas cabían a la perfección en las palmas que se ahuecaban a su alrededor—, si hay algo que puedo asegurar con toda la certeza del mundo, es que Sammuel es un luchador de primera categoría. Siempre lo ha sido. —Eso es lo que temo. —No —interrumpió él de inmediato—. Sam no es como nosotros. Él no es desesperado en sus movimientos, sino que lo planifica todo con mucho cuidado. Si no estuviera de nuestra parte, sería de temer y podría llegar a ser mi mayor enemigo, pues sé que puede ser demasiado maquiavélico algunas veces. Elizabeth lo sabía. Por momentos, los vestigios de su crueldad le habían tocado con el dorso de la mano y habían intentado herirle con cierto recelo. —Freyr me dijo todo acerca el vínculo —le confesó a Jensen, quien solo asintió con los ojos cerrados. —Es mucho mejor de esta forma —comentó él—. Si tú y Sam continuaban haciéndose daño mutuamente sin comprender qué era lo que sucedía, iban a llegar a un punto de inflexión donde no iban a ser capaz de estar juntos siquiera en el mismo lugar. Jensen había sabido todo respecto a nuestro vínculo desde que fue a visitarla a la casa poco después del ataque de Sam en el bosque. Anna lo supo después, pero también había optado por no decirle nada al respecto, sino ocultárselo todo debajo de una cortina de mentiras blancas. En el corto tiempo que llevaba hurgando dentro de la cabeza de Elizabeth, había podido notar que ella valoraba la honestidad y la lealtad de los suyos, más que cualquier otra cualidad. —¿Por qué hicieron eso? —inquirió a sabiendas de que Jensen estaba escuchando todas las dudas dentro de su cabeza—. ¿Por qué no quisieron decirme la verdad? Sé que no era del mejor interés para Helena o para el propio Lachlan, ¿pero ustedes dos...? —Anna y yo sabíamos bien poco al respecto. Solo Helena tenía un poco más de noción de los vínculos inmortales, pero se cuidó de no compartirlo con nadie. Todos anduvimos con pies ligeros alrededor de la revelación, porque era una situación que nunca se había dado en el mundo. ¿Una diosa y un mortal? Ni siquiera Sam quería creerlo —confesó el vampiro—. ¿Sabes cuánto tiempo se pasó en su cabaña, aislado luego de tu ataque? Él sabía lo que significaba esa herida y se negaba a que su conexión contigo; la única que se sintió real en toda su vida, no hubiera sido del todo verdadera. A todos los efectos, tu atracción hacia él no es otra cosa más que un capricho de algún dios —aseveró Jensen con una aplastante seguridad. —Freyr también está destinado. —A una diosa. Una gran diosa —recordó de inmediato—. Y ambos son lo mismo, por mucho que Freyr deteste a Selene, era algo inminente que se veía venir. Ella es la diosa de la luna, y él, el dios del sol. Era cierto. La situación de Lizzy y la de Freyr no se asimilaban en lo absoluto. —Yo soy una diosa caída y Sam un humano. —No, Lizzy —le corrigió el vampiro—. Tú eres una de las tres grandes y él no es humano; es un cambia formas que tú creaste. Un lobo solitario, que si ha sobrevivido, es por ser extremadamente fuerte. Las posibilidades son realmente bizarras, y lo que espera todo el universo es que usted dos solos se maten el uno al otro. Elizabeth apoyó la cabeza sobre las piernas de Jensen mientras se cubría los ojos con las manos. Definitivamente, para ella era mejor estar ajena a todo lo que sucedía y continuar creyendo lo que fuera que su mente necesitara para sobrellevar el día, incluso si su corazón estaba consciente de que era una burda mentira. —Tienes que entender que Sam y tú pueden llegar a herirse si alguna vez llegan a estar juntos. Esa es la única cosa de la que todos estamos seguros —se apresuró el hombre a hablar mientras le tomaba de las manos sobre la cama—. Y no estoy hablando solo en el sentido emocional, Lizzy. Será físicamente doloroso para ambos a un punto en el que los dos se lastimarán hasta la médula. —Lachlan tampoco es humano, Jen. —Pero no hay peligro de que él llegue a perder el control cuando está contigo. Él solo se alimenta de vampiros, no de sangre mortal. Estaba abrumada y perdida en un millar de sentimientos encontrados. No era que estuviera considerando seriamente comenzar ningún tipo de relación con Sammuel, pero no era algo que le apetecía escuchar. Una parte de ella siempre se había empeñado en dejar una puerta abierta para el lobo, aunque fuera únicamente de manera platónica. Elizabeth lo había visto antes a él con Helena y la realidad era que Sam no era para nada sutil o delicado. Siempre tenía esa hambre en los ojos, incapaz de saciarse con cualquier cosa y cuando había estado a punto de comenzar su conversión, Helena lo había detenido con un roce de sus dedos en las sienes sudorosas del chico de brillantes ojos verdes. Pero cuando ella lo sintió en su habitación, aquella noche junto a Lachlan que Lizzy se empeñaba en desterrar de sus recuerdos, el chico no había sido para nada invasivo. Ni siquiera fue posesivo con el cuerpo de ella. Que desperdicio... Era demasiado para procesar y mucho de lo que no quería recordar. La mente de la chica se dividía entre el suave roce de la piel de Sam aquella noche y sus continuos comentarios crudos que la habían llevado a darle una cachetada pocas horas antes de que fuera a intentar salvarle la vida de las garras de su hermano en aquel jodido accidente. —Es un esquema complicado, lo sé —asintió el vampiro peinando el cabello n***o de Lizzy con sus dedos—. Es algo similar a cuando un vampiro desea a una humana —suspiró—. Es la receta perfecta para el desastre. —¿Por qué es eso? —preguntó ella mirándolo directamente a los ojos. Era obvio que nuestro querido Jensen estaba en la misma situación de la que hablaba. —Tú viste a Erick y a Anna —asintió el vampiro—. Ella lo deseaba a él y no quería herirlo, pero cuando los lazos son demasiado fuertes, puedes terminar hiriendo al humano en el más ligero de los acontecimientos. Él hablaba con toda la sapiencia del mundo. Cualquiera podría quedarse escuchándolo por horas y horas, completamente en calma y con la convicción de que siempre encontraría un entendimiento de su parte. Patético James. —No somos iguales —intentó resumir Elizabeth y no había mejor forma de explicarlo. —No —asintió él—. No lo somos. El vampiro se marchó para que ella terminara de hacer las maletas. Era definitivo y esa noche regresarían a América, para mi alivio.
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