A Lizzy ya no le asombraban muchas cosas en el mundo. Con todo lo sucedido, estaba más bien acostumbrada al caos total, pero había algo en aquel lugar que la desconcertaba completamente.
Equior era un palacio de piedra construido sobre la empinada cima de una colina. A su sombra, un poblado rural humano se divisaba a unos pocos kilómetros y un lago de arenas negras delimitaba su espacio al este. El sol parecía siempre apagarse debajo de aquellas aguas oscuras. Desde que había despertado en aquel lugar, tenía la manía de asomarse al balcón de la alcoba solo para ver el atardecer.
—Si esta vista te parece maravillosa, deberías ver las cavernas debajo del castillo de Shesmu —le habló una masculina voz que de inmediato la hizo sonreír.
Reconocería a Lachlan en cualquier lugar del mundo. Tan volátil como un niño pequeño y desconmesurado con sus pasiones como un adolescente. No costaba mucho ver que Elizabeth tenía un tipo: idiotas.
Con un andar paciente, el chico se apoyó en el balcón a unos escasos centímetros de ella, pero sin tocarla o mirarla. Guardaba sus distancias, y si los recuerdos de Lizzy no me fallaban, hacía bien en darle su espacio. Con sus ojos perdidos en el agua debajo de ellos, Lachlan parecía querer decir algo, pero la chica prefería el silencio absoluto de su compañía.
—Veo que estás mucho mejor —le dijo él—. Si sigues recuperándote a este paso, quizás podamos regresar a Norteamérica a finales de la próxima semana.
—Eso sería perfecto —agradeció Elizabeth en una sonrisa aliviada y él se apresuró a tomar sus manos.
—O, quizás pudiéramos quedarnos aquí, Lizzy —se aventuró a decirle. En sus ojos se asomaba la súplica para que ella reconsiderara su postura—. Este lugar es el más seguro para ti en todo el mundo humano y quizás...
—Lach, Alex tiene a Sam en Valley City —sentenció Elizabeth con la absoluta certeza de que él no había olvidado el paradero de su supuesto amigo, sino que, simplemente, no le interesaba—. Jensen hizo un pacto con esa mujer para que pudieran salvar mi vida, ¿no lo recuerdas?
Él le soltó las manos y frunció el rostro con el disgusto propio de escuchar el nombre de Sam en boca de Lizzy.
—Conozco a Sammuel y te aseguro que para estas alturas, ya hace tiempo que le dio la vuelta a su situación —aseveró Lachlan con una cruda frialdad que no era propia de él en su estado más dócil.
—¿Me puedes decir por qué estás actuando así? —inquirió Elizabeth cruzándose de brazos frente al moreno, con una completa expresión de desaprobación en el rostro.
Él parecía renuente a hablar con ella, y ante su prolongado silencio, Lizzy hizo un ademán hastiado con las manos y negó con la cabeza. Ella sabía que las cosas no habían terminado de la mejor forma en Valley City. Hasta lo que sus recuerdos me permitían acceder, ambos se estaban tomando un tiempo de una relación que, quizás, nunca estuvo en su mejor momento. Para Lizzy, sin embargo, lo que le resultaba inentendible era la hosquedad con la que Lachlan se refería a Sam cada vez que su nombre o su actual condición salían a relucir.
—Yo me hubiera quedado con Alex —habló él antes de que la chica lo dejara solo en la habitación—. Lo hubiera hecho sin pensar.
—Pero no lo hiciste, ¿no es cierto? —le reñó ella con algo de cólera hirviendo dentro de su ser. Ver las delicadas fracciones de Lachlan endurecidas por las acusación, le dieron a Lizzy toda la razón mientras se retorcía de la ira.
Parecía que al fin ella conocía las dos caras de Connan Lachlan. El príncipe se había empeñado en ocultar sus imperfecciones de ella por tanto tiempo que creó una imagen poco real pero muy favorecedora de sí mismo. El Lachlan que Elizabeth tenía en frente, era considerablemente diferente del chico impetuoso y aventurero que había conocido en Valley City, y no estaba para nada segura qué lo había hecho cambiar tanto en tan corto período de tiempo.
—Yo nunca fui una opción, Elizabeth —Él pocas veces la llamaba por su nombre completo—. Alexandra solo aceptaría mantener como rehén a la persona que fuera lo suficientemente importante para ti, como para obligarte a regresar a ese lugar tan pronto te recuperaras. Y veo que, otra vez, todo se resume a Sammuel. ¿Cuánto tiempo te vas a tardar en aceptar que ya ni siquiera quieres estar conmigo?
Finalmente lo comprendía todo. No era otra cosa que los celos hablando por encima de su voz, lo que ella escuchaba.
—Lachlan, tengo que regresar a Valley City porque alguien que se sacrificó por mí, está con una vampira que no vacila en asesinar inocentes —intentó tranquilizarlo, pero sus manos estaban ariscas al tacto.
—Sam dista mucho de ser inocente.
—En este contexto, lo es.
—¿Hubieras hecho lo mismo por mí? —preguntó el príncipe y su sola suposición la desesperó.
—¿Acaso te estás escuchando, Connan Lachlan?
Elizabeth detestaba aquella completa falta de amor propio y sus celos. Definitivamente, no era el mismo chico que se había ganado su interés desde el día en el que atravesó en aparcamiento del Valley Pub entre amenazas y coqueteos constantes. Yo, por otro lado, lo iba comprendiendo todo; quién era ella y qué quería a su lado.
Puedo jugar ese juego, pensé para mis adentros y quise creer que la comisura de mis labios muertos se curvó en una sonrisa.
—¡No me llamaste a mí, Lizzy! —finalmente gritó él aquello que le estaba hincando en el pecho como una espina enterrada—. ¡Cuándo estuviste en peligro, no me llamaste a mí! ¡Lo llamaste a él!
De nuevo la saturada desconfianza en su voz la enfermaba. Lachlan sobreanalizaba cada pequeño detalle y se centraba en acciones que Lizzy ni siquiera tuvo la oportunidad de pensar por lo desesperado de la situación. ¿Cómo demonios iba a detenerse a reconsiderar qué número de teléfono marcar, mientras el auto en el que estaba se doblaba como una hojalata por la fuerza de un cambia forma?
—No pensé en ti, ni en nadie —soltó con una crudeza propia solo de aquella oscuridad que se escondía en su ser. La simplicidad del príncipe era algo que lo alejaba a cada segundo de ella—. Tenía un jodido pulmón perforado y no podía respirar. Mi teléfono estaba hecho añicos y entre toda la sangre en el suelo del carro fue que pude encontrar el celular de Jensen. Lo único que hice fue una marcación rápida, Lachlan, y ni siquiera recuerdo el número que presioné. No podía ver nada. Discúlpame, si en medio de todo aquel desastre, y mientras yo moría, no tuve el tacto de pensar en cómo tú te sentirías al respecto.
Sus palabras salían sin ningún tipo de reparo y se estrellaban contra el rostro amilanado del príncipe. Si aquello no era suficiente como para hacerlo despertar de su patética preocupación, Lizzy no estaba de humor para hacerlo cambiar de opinión en aquel preciso momento.
Mi instinto era seguir pegado a Elizabeth; no quería dejarla ir, pero fue imposible no notar que parte de mí podía entrar a Lachlan. Nadie en sus cinco sentidos escogería a Lachlan por encima de Lizzy, pero de alguna forma, saltar a su mente se sentía como estirar los pies. Si podía acceder a todos alrededor de Elizabeth, (no solo a ella y a su lobo vinculado), no había secreto que se escondiera de mí. El secreto que siguió a Lachlan era tan jugoso y oscuro que sería un crimen no compartirlo, pero, momentáneamente, me permití estar junto a Lizzy.
Luego de que el príncipe salió de su habitación con la cola entre las patas, ella vagó por los pasillos del castillo en completo silencio mientras la frustración de los vanos reclamos de Lachlan aún retumbaba en su cabeza. Poco le importaban que los fantasmas se pasearan a su alrededor con las cabezas degolladas o completamente separadas de sus cuerpos, cargándolas entre las manos en bandejas de plata. No le prestaba atención a los elfos oscuros que se escondían a su paso por el jardín interno, entre las ramas más bajas de aquellos árboles de extraña corteza blanca y negra, procurando que no posara sus grises ojos sobre ellos. Ellos temían a la diosa que se suponía que Elizabeth era, cuando la realidad era que ni siquiera estaba segura de su propia realidad luego de regresar a la vida. Solo quería dirigirse al lago y observar la tranquilidad del agua negra creando pequeñas ondas sobre la superficie mientras se tragaba al sol.
Necesitaba regresar a casa. Tenía que volver a Valley City. Y yo quería tenerla cerca de mí.
Su pensamiento volaba a aquella pequeña ciudad y se quedaba deambulando allí a pesar de todos sus intentos de obligarse apreciar las maravillas que tenía en frente. Estaba abrumada por una red de sentimientos y emociones que ni siquiera llegaba a comprender y la discusión con Lachlan llegaba a revolver todo lo que prendía de un hilo en sus adentros.
—Es un vacío que no puedes comparar con nada, ¿no es cierto? —escuchó aquella voz grave de la que su oído no había bebido más de una veintena de palabras y a la que ya reconocía.
Yo lo conocía mejor que nadie: Freyr.